Vox y el espejo de Ciudadanos: el futuro de Abascal, en duda
Un partido con menos de 50 diputados no puede presentar recursos de inconstitucionalidad ni forzar mociones de censura. La aritmética deja a Vox como un actor más silencioso en el Congreso, y eso, para una formación que ha cimentado su presencia pública sobre el ruido mediático, no es una buena noticia. Tras unas elecciones en las que la derecha sumó votos pero no gobierno, buena parte del análisis se ha desplazado del resultado a la pregunta incómoda: ¿qué pasa ahora con Abascal y con su partido? La respuesta no está escrita, pero el diagnóstico del fracaso ya se discute en voz alta.
El postelectoral: menos escaños y más preguntas
El diagnóstico del batacazo no es unánime. Una parte del análisis señala errores de campaña del PP, que vendió el miedo a Vox pensando que le robaría votos y acabó movilizando a la izquierda y generando abstención en su propio electorado al difuminar las diferencias con el PSOE. Se habla incluso de confianza excesiva, de creerse ganador antes de contar los votos, y de un partido que se pasó la campaña hablando pestes de su socio natural.
Hay quien sostiene lo contrario: que el problema es de Vox.
Si se va Abascal se acaba Vox, resume una de las tesis más repetidas, que compara la formación con Ciudadanos y con Podemos. Sin el líder carismático, según esta lectura, ambos se desintegraron. La duda no es baladí cuando la marca se ha personalizado en Santiago Abascal y desde el propio espacio de la derecha se pide recambio. Frente a eso, la defensa del partido es tajante: sin Abascal no hay Vox posible.
El PP y la tentación de eliminar al socio
La crítica a la estrategia popular es más aguda. Según varios análisis, el PP habría puesto más energía en alejar a su socio natural que en atacar al adversario real. La oferta de gobernar con Sánchez si sacaba un voto más aparece en la conversación como prueba de ese error de principiante.
Pareciere como si el objetivo principal del PP y PSOE fuera eliminar a VOX, resume una de las hipótesis más repetidas.
Detrás late una paradoja numérica que descoloca: PP y Vox sumaron más votos que PSOE y Sumar, pero el reparto por provincias y el vuelco en Cataluña dejaron la mayoría parlamentaria en otro lugar. La diferencia entre ganar en urnas y ganar escaños es el nudo de todo el desencanto, y explica por qué el mismo electorado que ve sumar votos a su bloque no ve sumar gobierno.
La factura económica del relato oficial
Aquí el tono cambia. Una corriente sostiene que el socialismo gana porque compra voluntades con lo que llama derechos sociales, y que cuando se acabe el dinero la base electoral se quedará en casa. El escenario que se maneja es que Sánchez reciba cerca de 100.000 millones de euros en los próximos tres años, según esta lectura vía deuda y no vía crecimiento real, con el consiguiente aumento de precios y deuda.
En la otra orilla la respuesta es rotunda: se ha sacado pecho del gobierno de coalición y de los avances sociales acordados, y el electorado no es tonto del todo. Si acaso, el reproche es que la derecha no ha sabido conectar con el votante trabajador al que dice representar. Y hay también quien tira de hemeroteca fiscal: más IRPF, más IBI, más IVTM, subida del seguro del coche, la cesta de la compra casi al doble, la energía casi al doble. Es la lista de la compra convertida en argumento contra el relato de los avances sociales, y funciona porque no necesita traducción.
¿Qué pasa con Vox y con Abascal?
La comparación con Ciudadanos es el recurso más usado. Con menos de 50 diputados, Vox pierde herramientas parlamentarias clave y, según esta tesis, mucho de su capacidad de hacer ruido.
Tic, tac, se lee,
the time is over.
Otros análisis, en cambio, creen que se ha abierto una ventana para Vox: con la izquierda gobernando y el PP sin aclarar su rumbo, el espacio de la frustración sigue intacto. El problema no sería la demanda, sino el producto: un liderazgo cuestionado por unos y blindado por otros. La defensa más repetida es que Abascal está amortizado como activo electoral y que el partido no sobrevive sin él. La ironía recorre ambas posturas: unos dan por acabado al líder, otros al partido.
Mientras tanto, el PP sigue sin aclarar qué hará su electorado con la abstención: si se movilizará de nuevo ante el miedo a la ultraderecha o si se instalará la resignación de quien ve a los dos grandes parecerse cada vez más. Ese cálculo es tan importante como el de los escaños.
La pregunta que queda abierta
El escenario es incómodo para todos. Un Gobierno con menos escaños que el bloque contrario, un Vox obligado a reinventarse sin las herramientas que daban volumen a su discurso y un PP que no ha explicado del todo su derrota ni su futuro. ¿Se ha pasado el cabreo, o solo acaba de empezar la cuenta atrás para la próxima cita electoral?