Vejez con propósito: mito del estado de bienestar o lujo en extinción?
La discusión sobre si es posible una vejez noble y con propósito en el mundo contemporáneo no es un ejercicio filosófico barato. Detrás hay datos tozudos: un sistema de pensiones que funciona como un esquema Ponzi, una tasa de natalidad en caída libre y una cultura que ha sustituido la trascendencia por el consumo. La pregunta no es retórica: cuando los anuncios de planes de pensiones muestran jubilados sonrientes montando en bici por la playa, la realidad es que muchos ancianos se enfrentan a una vida sin rumbo, sostenidos por transferencias del Estado y viviendas en propiedad que ya no pueden traspasar.
El espejismo de las pensiones
El argumento central de quienes ven el sistema inviable es que el estado de bienestar ha creado una ilusión: los mayores de hoy reciben pensiones muy superiores a lo que cotizaron, alimentadas por el trabajo de generaciones más jóvenes. Esto no es una opinión, sino una constatación actuarial. Cuando se desvanezca el último baby boomer —y con él el colchón de la vivienda en propiedad—, la vejez digna dependerá de la solidaridad familiar o de un milagro demográfico que nadie ve llegar. Mientras tanto, la publicidad sigue vendiendo una "tercera edad activa" que para la mayoría es una quimera.
La vejez sin propósito: de Breaking Bad a la sombrilla en la playa
El hilo conecta con un clásico moderno: Walter White, el protagonista de Breaking Bad, encuentra un propósito catastrófico cuando el cáncer le arrebata el futuro. La pregunta que subyace es si, sin una amenaza existencial, la sociedad contemporánea es capaz de proporcionar un horizonte de sentido a sus mayores. La respuesta, a juzgar por los datos demográficos y la vacuidad del culto al consumo, es pesimista. Carlos Soria, escalando ochomiles a los 84 años, es la excepción que confirma la regla: para la mayoría, el horizonte es madrugar por la sombrilla en la playa, como ironiza un participante.
El futuro de la vejez noble no está en las series ni en los anuncios. O se reconstruye un tejido social que dé propósito —familia extensa, comunidad, redes de cuidado— o el estado de bienestar no será más que una prótesis que retrasa el vacío. La predicción, con reservas, es que el modelo actual no aguanta otra década sin un reajuste doloroso.