De Comillas al pueblo del interior: un vecino vuelve harto de la multitud
Según cuenta quien vivió dos años en Comillas, el turismo de agosto no solo llena la costa: también la vacía de residentes. Quien vivió dos años en Comillas, en la casa familiar, acabó volviendo al pueblo del interior donde reside ahora, a menos de 20 kilómetros, y lo despacha sin adornos: «el verano pasado Comillas fue un infierno». No hubo un incidente concreto. Hubo una acera imposible, gente con la que tropezarse cada día durante semanas. Este año, con más días nublados, la presión ha bajado. La anécdota es mínima, aunque hay quien sostiene que el patrón se repite en toda la cornisa cantábrica.
¿Cuánto se tarda de Comillas a un pueblo del interior de Cantabria?
El trayecto cabe en una mañana de bici. Comillas-Cóbreces, Cóbreces-Novales —el pueblo anterior— y desde ahí un
mini puerto de 4,5 kilómetros hasta el alto, con parada en el mirador desde el que se ve Torlavega al fondo, y descenso final hasta casa. En total, menos de 20 kilómetros. El recorrido incluye lo que el visitante considera uno de los cementerios más bonitos que existen y una playa con poca gente: día nublado,
21 grados y el Cantábrico calmado.
Dos mundos a esa distancia. En la costa, la multitud; en el alto, silencio. La elección del vehículo también se discute: hay quien defiende que pedalear esos 20 kilómetros en lugar de conducirlos no tiene sentido teniendo motor de explosión. Y hay quien sostiene que la solución pasa por elegir fechas y no por mudarse: entre semana y fuera de agosto, la provincia cambia de piel.
El mapa del veraneo cántabro: 200.000 euros por un piso con piscina
La costa se reparte por origen y por cartera. Una tesis que circula entre quienes veranean allí sostiene que el visitante con más recursos elige el tramo occidental, de Comillas a San Vicente de la Barquera, con madrileños y vallisoletanos como clientela dominante, mientras que los vascos que se concentran en Noja, Castro Urdiales o Laredo responderían a un perfil de menor renta. La clasificación es discutible y no viene acompañada de datos, pero dibuja una geografía del verano que se repite cada temporada.
Los precios van en la misma dirección. Un piso en una urbanización con piscina, comprado hace unos quince años, costó casi
200.000 euros; quien lo visitó describe el inmueble como un desastre del que solo se salvaba la piscina. En ese entorno se habla de medio pueblo en venta. Y las opiniones sobre Noja se parten entre la saturación y el rechazo, con alternativas como Meruelo, tranquilo y con Noja y Santoña a tiro de piedra.
¿Por qué hay 5 grados de diferencia entre Selaya y Santander?
Porque Cantabria no tiene un clima, tiene varios. No todos los valles comparten temperatura: entre Selaya y Santander la diferencia puede llegar a
5 grados. En agosto se duerme con manta en algunos valles, sobre colchones de lana de oveja, y se pasa frío de verdad. Tampoco todas las casas rurales están preparadas para alquilarse fuera de temporada: hay relatos de noches con tal humedad que hicieron falta dos calefactores para secar las mantas.
Esa variabilidad decide dónde se veranea. Quien busca sol garantizado y movimiento se va al Mediterráneo; quien aguanta la niebla se queda en el Norte. La masificación, en cualquier caso, ya no distingue: hay quien sostiene que incluso con tiempo nublado hay días de agobio en la costa.
Comer en Comillas un sábado de agosto a las 2:30
Se puede, pero no improvisando. El problema no es la falta de restaurantes, sino la falta de previsión: según uno de los participantes, con un teléfono y una reserva, la dificultad es prácticamente cero; sin ella, un sábado de agosto a mediodía, el asunto se complica. La villa arrastra además una fama incómoda, la de albergar el peor restaurante de España, según un forero que cita los rankings de opiniones de clientes.
La cocina de la zona tiene su propio campo de batalla. Un comensal pidió cocido montañés y recibió una sopa de patatas con berza; se quedó sin segundo y sin ganas, mientras unos portugueses de la mesa de al lado rebañaban el plato. La fama gastronómica de una región no se sostiene en cualquier barra.
Con estos mimbres, lo predecible es que más residentes de la costa hagan las maletas hacia el interior en cuanto puedan permitírselo. También sería un error darlo por hecho: la distancia es corta, la casa familiar sigue ahí y el verano son tres semanas. La costa no se abandona, se gestiona.