La Sexta contra el bulo: 'Conspiranoicos' divide a su propia audiencia
La Sexta emitirá 'Conspiranoicos', un formato presentado como herramienta «contra las teorías falsas, el miedo y los intereses ocultos», según el anuncio recogido por 20minutos. Sobre el papel, nada que objetar: desmontar bulos es un servicio público. En la práctica, el nombre del espacio coloca al espectador ante una disyuntiva incómoda: o acepta el guion de la cadena o entra en la categoría de los que creen en marcianos. Esa trampa, más que el programa en sí, es lo que ha hecho saltar las alarmas.
El caso del jefe que hundía a los que más vendían
Hay una experiencia que aparece en las primeras líneas y que resume el malestar: un mando intermedio que, según el relato de quien lo vivió, se dedicó a hacer la vida imposible a los empleados más productivos y, en concreto, a los vendedores que más vendían. La explicación razonable era que aquello servía para quebrar el proyecto, marcharse a otra empresa y llevarse el contrato. La respuesta que recibió fue siempre la misma:
no seas conspiranoico, una empresa no tiene motivos para no querer vender más, y lo que pasa es que no lo podemos saber.
Al final, el proyecto acabó en otra compañía, participada por un socio capitalista. El que se equivocó, se sostiene en ese relato, fue el responsable último, que no vio nada. La conclusión que se extrae es incómoda: si las conspiraciones existen a escala de oficina y nadie las persigue, negar que haya intereses oscuros arriba suena a fe, no a análisis.
Es el mercado, amigo funciona a la vez como explicación universal y como excusa.
¿Dónde acaba el bulo y empieza el conflicto de interés?
Ahí está el nudo. En la misma conversación convive la crítica a decisiones de
salud pública tomadas durante la pandemia con afirmaciones que no cuentan con respaldo probatorio: estructuras extrañas en las vacunas, mascarillas obligatorias por motivos que nada tendrían que ver con la sanidad, tratamientos retirados y explicaciones oficiales que cambiaron de signo. Mezclar lo verificable con lo indemostrable es, precisamente, lo que un espacio de este tipo promete desmontar. El problema es que también es el método con el que se despacha cualquier duda.
En los comentarios se anticipa que el programa arrancará por los casos fáciles: terraplanismo, chips, chemtrails. Ese es el terreno donde el consenso es máximo y la carcajada, gratis. El salto a materias donde hay decisiones políticas y dinero de por medio es otro cantar, y es donde una parte de la audiencia da por hecho que el formato meterá la pata.
Por qué un programa contra el bulo dispara la desconfianza
La paradoja se formula rápido: cuesta creer en la neutralidad de quien monta un espacio sobre «intereses ocultos» sin explicar antes quién financia su cadena, quién controla el grupo y qué intereses tienen los que deciden qué es verdad. La pregunta sobre los accionistas y sobre la concentración de medios aparece una y otra vez, no como prueba, sino como sospecha razonada.
También se señala el doble rasero dentro del propio sector: un canal exprime el misterio y el fenómeno paranormal en horario de máxima audiencia mientras otra cadena se presenta como ariete contra la conspiración. Dos productos, dos públicos, la misma industria. Que el misterio venda y el escepticismo también es, en el fondo, un dato de mercado.
El precedente de Salvados y la coherencia de la casa
A la desconfianza se suma un argumento de coherencia: se recuerda que el mismo grupo emitió un reportaje de 'Salvados' en el que se atribuía a Meta —Facebook e Instagram— haber montado una supuesta estrategia para promocionar la pedofilia y el suicidio de adolescentes con el fin de aumentar su beneficio. La pregunta que circula es inevitable: quién audita a los auditores y cuánto paga la competencia por este tipo de piezas.
El resultado es un patrón reconocible: la desinformación se denuncia con entusiasmo cuando apunta a un objetivo rentable y se ignora cuando toca a un anunciante o a un aliado. Nada de eso demuestra que 'Conspiranoicos' vaya a mentir. Solo explica por qué una parte del público ve el envite como una operación de imagen y no como periodismo.
Las reacciones: del tuit al rechazo frontal
Fuera del plató, la respuesta pública llegó por redes. Un dirigente político calificó el espacio de «flipada» montada para demonizar y generar odio contra unos cuantos. Un periodista que dijo haberlo visto un rato lo describió como un totum revolutum sin sentido, hecho a medida de un público poco exigente. También hubo quien celebró el estreno como una oportunidad para hablar por fin de lo que le interesa, y quien recordó, más socarrón, que el aparato contra el negacionismo lleva décadas funcionando: ya antes de las películas en los cines se proyectaban piezas contra los incrédulos.
El doble rasero que se cita como prueba
En la lista de agravios aparecen también las concentraciones multitudinarias previas a la declaración del estado de alarma, la gestión de la pandemia en otros países y las medidas que se relajaron para eventos concretos. Se cita incluso el caso del expresidente argentino Alberto Fernández, a quien se atribuye haber afirmado que los confinamientos se mantuvieron casi un año por el rédito político que generaban. Son asuntos que el programa, si quiere ser tomado en serio, tendrá que tratar con el mismo rigor con el que trata una nave extraterrestre.
Y ahí está el atasco: no existe una frontera técnica entre teoría de la conspiración y conflicto de interés mal documentado. La traza cada medio, cada gobierno y cada audiencia. Mientras no se aclare con qué criterio se dibuja, seguirá ocurriendo lo de siempre: los convencidos seguirán convencidos y los demás, también.