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Madmaxista
¡Qué bello es vivir!: James…
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El forero medio, ese personaje de barra de bar que opina de todo y no hace nada, encajaría en el cine clásico como villano ridículo: especulador de casas de hobbit, casero explotador o matón que se raja en el último momento. La gracia está en que sus miserias pequeñas desmontan el drama de las películas.
Hay una corriente de humor en internet que consiste en meter al ciudadano de a pie, con sus manías y sus contradicciones, dentro de las tramas del cine clásico. El resultado suele ser un espejo incómodo: el protagonista heroico se convierte en un tipo mezquino y el villano acaba teniendo más dignidad. No es casualidad que muchas de estas versiones giren en torno al dinero, la propiedad y el miedo a perder lo que se tiene.
En ¡Qué bello es vivir!, el clásico de Frank Capra de 1946, el bueno de George Bailey se enfrenta a un agujero de 8.000 dólares que le puede llevar a la cárcel. La película original convierte ese apuro en una lección sobre la comunidad. La versión forera lo retuerce: los vecinos se ríen de él y le llaman progre por haber ayudado a su pueblo, mientras corren a adular al señor Potter, el banquero sin escrúpulos. El mensaje es que la solidaridad solo se practica hasta que toca rascarse el bolsillo.
El salto a la Tierra Media no mejora las cosas. En El señor de los anillos, el anillo que recibe el forero no es un artefacto de poder oscuro, sino una baratija de plástico. Lo que corrompe no es la magia: es la tentación inmobiliaria. Comprar casas en Hobbiton y Delagua, dividirlas en habitaciones y cobrar un pastizal a orcos y trasgos recién llegados es una operación que Gandalf no logra explicar con hechicería. La conclusión del mago, tras investigar, es que el anillo no tiene nada que ver: el forero es así por naturaleza.
En El apartamento, de Billy Wilder (1960), el protagonista presta su vivienda a sus jefes para que tengan encuentros amorosos. La versión forera lleva la sumisión al extremo: el forero no solo cede la llave, sino que justifica al patrón porque "debe estar estresado" pagando el SMI. La escena del abanico durante la cópula es el retrato perfecto de una dignidad vendida a plazos. El jefe, eso sí, prefiere que le barra la nave todas las mañanas.
La película original ganó cinco Óscars, incluido el de mejor película, y su retrato de la soledad urbana sigue vigente. La parodia forera no necesita exagerar mucho: el miedo a perder el puesto de trabajo ya estaba en el guion.
Centauros del desierto (John Ford, 1956) es un western crepuscular sobre un hombre que busca a su sobrina secuestrada. El forero, en esta versión, iguala el racismo de John Wayne pero sin su puntería: cuando encuentra a Debbie, la mata a tiros por "haberse mezclado". La película original ya era incómoda por su retrato del odio; la parodia solo añade la torpeza.
En Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976), el forero arenga sobre limpiar la ciudad de "escoria" y se compra armas, pero cuando llega el momento de enfrentarse a los proxenetas, se raja y abandona a Jodie Foster. Y en Alien, el octavo pasajero (Ridley Scott, 1979), el forero se burla de Ripley por salvar al gato y le suelta que acabará sola con felinos. El alien, en un giro de guion involuntario, lo mata con especial crueldad. En el espacio nadie oye sus tonterías.
La versión forera de Love Story (Arthur Hiller, 1970) no tiene nada de romántica. El protagonista llega al encuentro carnal esperando una sorpresa que no llega: descubre que su pareja es una mujer biológica y que no hay tranca de 30 centímetros. Se marcha llorando. La película original, con Ali MacGraw y Ryan O'Neal, fue un fenómeno de taquilla y una de las historias de amor más lloradas del cine. Aquí el drama es otro: el choque entre la fantasía y la realidad.
¡Qué bello es vivir!: James…