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Himbersor
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Los madridistas seguís tan ciegos…
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La crítica sostiene que el Real Madrid ganó al Barcelona por los errores del rival y que Mbappé vive de goles fabricados por sus compañeros. El texto mezcla datos reales del partido con una inquina personal hacia el delantero.
Hay una forma de contar el fútbol que consiste en mirar el marcador y otra que consiste en mirar quién hizo qué. El clásico entre el Real Madrid y el Barcelona dejó un resultado cómodo para los blancos y, sin embargo, la lectura que se hace desde fuera del Bernabéu es bastante menos amable. Un aficionado del PSG, de esos que siguen al equipo parisino con la fe del converso, aprovechó el partido para ajustar cuentas con el delantero francés y, de paso, con el entrenador portugués. Su tesis es sencilla: el Madrid gana a pesar de Mbappé, no gracias a él.
El relato de los dos tantos del francés es el núcleo de la polémica. En el primero, según esta versión, Diomande se marcha del defensor, mete el pase al área y el defensa del Barcelona despeja mal; el balón rebota en la pierna de Mbappé y entra. Un gol de rebote, fortuito, de los que se celebran con una sonrisa incrédula. En el segundo, Bellingham arranca con un taconazo, se va de dos, abre a Camavinga, este se interna y pone el pase atrás para que Mbappé empuje a puerta vacía. El remate final es fácil; el trabajo, de otros.
La conclusión que se extrae es que el delantero no genera nada por sí mismo. Falla ocasiones claras, se coloca en fuera de juego y, cuando el rival saca el balón jugado, ni se mueve. La crítica va más allá del partido: habla de un jugador que estorba la posición de sus compañeros y que no da un pase simple. Es una descripción dura, y como toda descripción hecha desde la grada, tiene algo de ajuste de cuentas.
El diagnóstico del equipo blanco no es más benévolo. Se dice que no hay ataque, que apenas se generan ocasiones y que el juego es pobre. El partido se ganó, según esta lectura, porque el Barcelona atraviesa uno de sus peores momentos en décadas. La comparación con la Roma sirve para reforzar la idea: el equipo italiano habría merecido un 3-1 e incluso un 5-1 si no llega a ser por Courtois. Es decir, el portero sostiene al equipo y los delanteros no rematan la faena.
Hay un detalle que se subraya con retintín: Endrick y Espí remontaron el encuentro y, sin embargo, el entrenador los tiene marginados, con minutos contados. De Espí se llega a decir que marca un gol cada 10 minutos, un dato que suena a exageración de aficionado pero que sirve para ilustrar el argumento: hay recursos en el banquillo que no se aprovechan.
El texto no perdona al técnico portugués. Se recuerda su etapa en el Madrid: tres años, una Liga y una Copa del Rey, con un equipazo a disposición. Le echaron, y desde entonces el autor lo considera un entrenador de retiro, más chulería que resultados. La comparación con Luis Enrique es inevitable: el asturiano ha llevado al PSG a ser campeón de todo, aunque con algún amago de frenar al equipo contra el Barcelona que no termina de gustar.
La ironía llega cuando se habla de los entrenadores blancos: Zidane, Ancelotti, meros alineadores según esta visión. Y Mourinho, un bluf. Todo ello aderezado con la satisfacción de quien se ha quitado de encima a un jugador al que considera un destructor de vestuarios. El PSG, dice, está en éxito permanente, con dos Champions consecutivas y camino de la tercera. El Madrid, con Mbappé, juega con diez.
La última estocada va al bolsillo. Los millones del francés, sostiene, tendrían que haber ido a centrocampistas y defensas. En su lugar, están invertidos en una estrella que no corre. Es la vieja discusión del fútbol moderno: el jugador franquicia que consume el margen salarial y deja cojo el resto del proyecto. La afirmación es opinión, no dato contable, pero conecta con una preocupación real de cualquier aficionado.
El artículo no pretende resolver el debate. Solo constata que hay dos formas de ver el mismo partido: la del marcador y la del detalle. Y que, en el fútbol, la segunda siempre encuentra un culpable.
Los madridistas seguís tan ciegos…