Maldiciones: exorcismos, amuletos y el poder de la mente
Un hombre encadena dos años en los que, según su propio relato, los problemas se han vuelto casi semanales: la vivienda, la salud, los estudios, el dinero. Todo empeora a la vez. La causa que él baraja tiene veinte años: una discusión en una terraza de un chiringuito frente al mar, en Valencia, cuando era un crío, y una señora que se cabreó porque le habían quitado la mesa que guardaba. Desde entonces, sostiene, le pasan cosas malas. Antes una o dos al año. Ahora, dice, casi cada semana. Y teme por su integridad física.
La pregunta que lanza —cómo quitarse una maldición— tiene más respuestas de las que cabrían en un confesionario. Y ninguna coincide.
¿Existe la maldición o es la profecía autocumplida?
La corriente que gana peso en la conversación es la psicológica. Si te crees maldito, estás maldito; si no, no. La idea se repite con distintas palabras: el cerebro busca confirmar lo que ya teme y acaba leyendo cada contratiempo como una prueba del castigo.
Creas lo que crees, resume uno de los mensajes más citados. Otro lo llama directamente autosugestión y propone un ejercicio de exposición: volver mentalmente al momento de la supuesta maldición y reírse de la escena. Nadie puede maldecir a quien no le concede legitimidad a la maldición.
Hay una variante más filosófica. Lo que ocurre no es bueno ni malo en sí; es la respuesta de cada uno la que le da sentido. Perder a un padre y heredar son dos caras del mismo hecho. La actitud decide si eso se convierte en desgracia o en simple circunstancia.
Oraciones, exorcismos y el libro que la asociación de exorcistas desaconsejó
La vía religiosa ocupa buena parte del intercambio. Se recomienda rezar a San Miguel, confesarse, comulgar, el rosario y la unción de enfermos. Un mensaje pide hacerlo
en voz alta, porque, sostiene, tiene más poder que hacerlo mentalmente. Otro propone consagrarse a Jesucristo y rezar el Padre Nuestro. Y aparece un título concreto:
Las seis puertas del enemigo, del exorcista español Javier Luzón, presentado como manual de auto-exorcismo con oraciones descargables. El detalle llamativo: según uno de los mensajes, la asociación internacional de exorcistas lo desaconsejó hace poco. La interpretación que se da a ese dato es que existe una campaña contra los exorcistas y contra la formación de los fieles en estas materias.
La advertencia contraria también está: los rituales no cristianos, los amuletos y los curanderos pueden aliviar en apariencia y abrir puertas peores. La recomendación es acudir al exorcista de la diócesis, que actúa con autoridad del obispo.
El poder de la atracción y el consejo de no juzgar
Otra línea de respuesta es la del control mental. La propuesta es radical: dejar de pensar en lo malo, pensar en blanco, no juzgar lo que ocurre durante una temporada. Tarde o temprano, dice quien lo defiende, las cosas malas dejan de suceder o se reducen a lo corriente: perder las llaves, llegar tarde. El argumento de fondo es que la atención sostenida sobre el problema lo alimenta.
El mensaje inicial responde a esa vía con un dato incómodo: tiene en casa
mil iconos de vírgenes, santos, esculturas y crucifijos, y asegura que es como si estuviera bailando con el mal las veinticuatro horas. También reconoce, más adelante, una mejoría parcial: desde que se arrodilla, reza y se duerme rezando, está más relajado en casa, donde antes sentía que se hundía.
Amuletos, cartas astrales y el solar que fue zona de guerra
Aparecen los remedios populares: dos ojos turcos o nazar mirando a la entrada de casa, limpias de huevo, baños de ruda. Uno de los mensajes cuenta que colocó dos nazar en la puerta y la racha paró. Otro recomienda consultar qué amuleto protege según el signo zodiacal, con el águila como tótem para Leo. La carta astral, matiza alguien, solo da pinceladas de personalidad y no determina nada.
El propio autor del mensaje inicial añade un elemento que reorienta el diagnóstico: el solar de su edificio fue zona de guerra antes de construirse, así que especula con que allí hubo violaciones, asesinatos y bombardeos. La respuesta que recibe es que si el piso se usó para prácticas ocultas, el asunto se complica; si no, ignorar y rezar con devoción debería ir atenuando el problema.
El consejo que nadie discute: revisa tu propio comportamiento
Hay un punto de consenso incómodo. Antes de buscar culpables externos, mira cómo te comportas tú con los demás y si lo que te pasa se lo has hecho antes a alguien. La mayoría de lo que se recibe, dice esta corriente, es lo que uno genera, aunque se admite la posibilidad de karmas de vidas pasadas. La tendencia a ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio se cita como el error de base.
El cierre del relato original no resuelve nada. El hombre sigue arrepintiéndose de todo, bromea con acabar de penitente eterno y con necesitar un flagelo, y agradece la mejoría parcial. La maldición, si existe, sigue sin nombre técnico. Y las respuestas, veinte días después, siguen sin ponerse de acuerdo.