La teoría que convierte a Jesucristo en Julio César
Jesucristo no existió nunca como figura autónoma: es Julio César, reescrito y disfrazado. La tesis suena a desvarío de sobremesa, y sin embargo llega de la mano de un lingüista italiano afincado en Alemania,
Francesco Carotta, que ha impartido un curso sobre la materia en la
Complutense y ha publicado su investigación en alemán e inglés —en español, cómo no, nada—. La teoría se sostiene sobre una rejilla de paralelismos textuales y simbólicos que, a juicio de sus defensores, explica casi todo lo que los evangelios cuentan. A juicio de sus críticos, es un castillo de coincidencias cogidas con alfileres. Las dos cosas pueden ser ciertas a la vez, y eso es precisamente lo incómodo.
Qué dice exactamente la teoría de Carotta
El núcleo es la llamada
traslación diegética: la vida y el funeral de César se cuentan con otro escenario, otros nombres y otros personajes, del mismo modo que el
Ulises de Joyce traslada la Odisea a Dublín sin reproducir un solo verso de Homero. No hay copia literal; hay adaptación. Los legionarios romanos asentados en Israel tras las campañas del propio César habrían llevado consigo el culto al
Divus Iulius —la misma abreviatura, insisten, que la de Jesucristo—, y ese culto se habría ido transformando, generación tras generación, en la historia que hoy conocemos. La clave, sostienen, es que el símbolo pervive aunque se olvide su origen: la tradición se transmite en la legión mucho después de que nadie recuerde de dónde sale.
Galia y Galilea, el Rubicón y el Jordán
Los paralelismos arrancan en el mapa. César inicia su ascenso en la
Galia; Jesús, en
Galilea. Dos regiones del norte. Ambos cruzan un río que marca una frontera: el Rubicón separaba la Galia de Italia; el Jordán separaba Galilea de la Decápolis. Tras el cruce, cada uno encuentra a un protector que acabará siendo rival —Pompeyo y Juan el Bautista— y a sus primeros seguidores, emparejados uno a uno: Antonio y Curio frente a Pedro y Andrés. Ambos recorren un camino que termina en la capital —Roma, Jerusalén—, donde primero triunfan y después sufren la pasión. La estructura narrativa, sostienen, es la misma pieza con distinto decorado.
El cometa, la cruz y la tumba del Vaticano
Aquí entra la simbología, que es lo que más impresiona a quien se asoma a la investigación. Dos meses después del funeral de César se documenta —también en fuentes chinas, lo que para los defensores lo hace verificable— el paso de un cometa. Augusto lo interpreta como el alma de César ascendiendo a los cielos y lo acuña en moneda. Es el
Sidus Iulium, un símbolo divino que se extiende por todo el imperio. El parecido con el crismón cristiano es, afirman, notable. Y hay más: la cruz no sería tal, sino un
tropheum, el artilugio donde Marco Antonio paseó un muñeco que imitaba a César acuchillado. Los romanos, recuerdan, crucificaban en aspa y clavaban entre cúbito y radio, no en las manos. Las procesiones que hoy llenan las calles serían, leído así, la herencia directa de un funeral romano del año 44 antes de Cristo.
Por qué los críticos no se lo creen
El rechazo es mayoritario y viene con argumentos.
Tertuliano, ciudadano romano que vivió entre el año 160 y el 220, distinguía con claridad a las dos figuras, lo que sitúa una separación temprana entre ambos relatos. Para que la tesis funcione, hay que asumir que San Pablo era idiota y que decenas de referencias bibliográficas y tradiciones mesiánicas judías —perfectamente integradas en las profecías— no existían antes. Y no queda un solo documento contemporáneo que registre esa metamorfosis. La comparación que más se repite: es como sostener que Napoleón nunca existió y era en realidad una reencarnación de Apolo.
Apolonio de Tiana se parece más
Si de buscar parecidos se trata, hay candidatos mejores. A Apolonio de Tiana, taumaturgo griego del siglo I, se le atribuyen milagros y una vida que se solapa con la de Jesús mucho más que la de un general romano muerto en el Senado. Las coincidencias entre figuras religiosas de la Antigüedad son un género en sí mismo: Mitra, Dioniso, Buda. Encontrar paralelismos, apuntan los escépticos, no demuestra causalidad: demuestra que quien busca, encuentra. La cuestión no es si existen, sino si son causa o casualidad. Y ahí el expediente sigue abierto.
Carotta no ha entrado en ningún plan de estudios y la academia, fuera de su propia obra, no ha adoptado la tesis. Si algún día se publica en español, el asunto volverá a encenderse. Con reservas: es más probable que se quede donde está —en un puñado de webs y en la cabeza de unos cuantos curiosos— que en los manuales de historia.