Gaza: dos millones atrapados y una empatía que se agota
Un plazo de
24 horas para desplazar a más de dos millones de personas hacia el sur de la Franja. Sin carreteras practicables, sin gasolina, con heridos que no pueden moverse porque moverlos es matarlos. La orden, dictada tras el ataque que dejó
200 rehenes, no abrió un debate sobre geopolítica. Abrió otro bastante más incómodo: por qué una parte de la gente ha decidido, sencillamente, dejar de mirar.
La pregunta no es retórica. Hay quien admite, sin ningún pudor, que ya no siente nada.
El horror que ya no sorprende
El argumento más repetido no es la indiferencia: es la
saturación. Irak, Siria, Libia, Yemen, Afganistán, Ucrania, Armenia. La lista se estira hacia atrás hasta Vietnam o la Segunda Guerra Mundial. Quien ha visto suficientes matanzas por televisión deja de procesar la siguiente. «No es que no nos conmueva, al fin y al cabo somos humanos, se trata de que ya estamos habituados al horror de la guerra», resume una intervención.
Hay una segunda capa: la sospecha de que la indignación es selectiva. Se sostiene que la violencia que llega envuelta en el relato correcto se tolera, y la que no, se condena sin matices.
La empatía, en ese marco, no depende del daño sino de quién lo causa.
Otra corriente coloca el foco en la distancia. Lo que no toca la vida propia no activa nada: solo importa lo que afecta directamente. Y una tercera apunta a la costumbre, al ruido de fondo que convierte una guerra lejana en paisaje.
«Votaron Hamás, tienen Hamás»: la culpa colectiva
Buena parte del rechazo a conmoverse se apoya en la responsabilidad de la población. La fórmula que resume esa corriente es que Gaza disfruta de lo que votó. Sobre esa base se construyen argumentos más duros: que
la mitad de la población sean niños no se lee como tragedia, sino como una tasa de
4,2 hijos por mujer y, por tanto, como una fábrica de futuros combatientes.
Es una tesis que se enuncia sin matices y que ignora un detalle que otro sector sí señala: desde aquella convocatoria no ha vuelto a haber elecciones, y votar distinto tiene un precio. Hay incluso quien lleva la conclusión al extremo —que ambos bandos se aniquilen sería un bien—, y esa posición se queda sola en cuanto alguien la mira de frente.
El contraargumento: un bebé no es un terrorista
La réplica llega por dos vías. La primera es de sentido común: dos millones de personas, la mitad menores, encerradas en un territorio comparable a una ciudad media no caben en la categoría de culpables. La segunda es causal: se sostiene que el bloqueo y los bombardeos fabrican precisamente lo que dicen combatir. ¿Va a ser terrorista un bebé?, pregunta una intervención antes de añadir que con una condición digna el resultado sería otro.
También hay quien rechaza el marco entero. No es incompatible conmoverse por los muertos de un lado y del otro, ni estar en contra de los terroristas de ambos.
De Gaza a Bruselas: la guerra que sí importa
Un tramo notable de la conversación abandona Gaza a los pocos mensajes. La atención se desplaza a lo doméstico: la inmigración, el desempleo, el suicidio masculino, las residencias durante la pandemia, el aniversario del asesinato de una niña de doce años en Francia. Yo ya tengo mi propia guerra en casa, zanja una intervención.
El razonamiento tiene su lógica incómoda: si la indignación se comparte por mensajería pero no llega a lo que ocurre a cinco kilómetros, el llanto por lo lejano suena a
coartada. En paralelo, la conversación se enreda en digresiones —el número de bases militares estadounidenses repartidas por el mundo, una cifra que se cita sin verificación— que terminan por diluir el asunto original.
Los datos que se discuten y los que no
Sobre el terreno, el cuadro que describen los mensajes es de agua entrando a cuentagotas, combustible bloqueado, hospitales que no pueden operar y un aviso sanitario claro: trasladar a los heridos es matarlos; dejarlos, también. A eso se suma que el sur, teóricamente seguro, también recibe bombardeos, incluida —según denuncia una intervención— una iglesia de quince siglos donde se refugiaban civiles.
La disputa estalla con las cifras. El bombardeo de un aparcamiento de hospital y su cifra de
500 muertos se convierte en el ejemplo de manual de que quien se cree todo lo que le cuentan acaba creyendo cualquier cosa. Y una puntualización que reaparece cada pocas respuestas: quien cierra la frontera por el sur es Egipto.
El punto donde el análisis se atasca
Al final nadie discute ya los hechos. Discuten qué significa conmoverse. Unos defienden que la mente tiene mecanismos de defensa y que la sobreexposición los activa. Otros responden que eso es precisamente el
alibi, la forma elegante de decir que no se está dispuesto a pagar ningún precio.
Es el lugar exacto donde el análisis se atasca: no en los hechos, que son atroces, sino en el umbral a partir del cual alguien deja de considerarse responsable de mirarlos. La conversación no resuelve nada. Se cierra, de hecho, con una pregunta que desarma el resto: cuánto dinero ha enviado cada cual para ayudar a quienes dice que le conmueven.