La heroína del kibutz Nir Am y las 25 bajas que se atribuyen
Veinticinco milicianos abatidos. Cinco de ellos, por ella sola.
Inbar Lieberman, una joven israelí de 25 años, habría coordinado el equipo de seguridad del kibutz
Nir Am y repelido el asalto de Hamás hasta convertirse en la heroína que su comunidad aclama. El relato, difundido entre otros por
20minutos, llega con todos los ingredientes de una leyenda de guerra: juventud, sangre fría, cifras redondas y un vecindario agradecido. Y justo por eso ha activado el resorte escéptico de cualquiera que haya visto antes una película parecida.
No es que la historia resulte imposible. Es que resulta demasiado bien contada.
¿Qué se sabe del asalto al kibutz Nir Am?
Poco, y todo procede de la misma versión. La difundida sostiene que Lieberman organizó la defensa de la comunidad, coordinó a un equipo de seguridad y que en el intercambio de disparos murieron 25 miembros de la milicia de Hamás, cinco de ellos por su propia mano. No aparece un desglose independiente de esas bajas: ni identificación, ni parte oficial detallado, ni contraste con otras fuentes. Solo una cifra que se repite igual en cada titular.
Hay un detalle que encaja con el contexto y que suele pasarse por alto. En los kibutz del sur de Israel la seguridad comunitaria es una estructura preexistente, con miembros armados, turnos y protocolos. Una persona con formación, un arma y una buena posición defensiva puede causar un daño considerable a un grupo que ataca a campo abierto. Eso no vuelve el número falso ni verdadero. Lo deja en el terreno de lo posible, que no es lo mismo que lo acreditado.
Por qué las guerras fabrican leyendas con cifras imposibles
Cada conflicto genera su propio mito de precisión. En los primeros meses de la guerra de Ucrania circuló el del francotirador canadiense que habría abatido a centenares de soldados rusos, y el del combatiente capaz de derribar aviones con una escopeta. Se les puso nombre, apodo y hasta boceto, y durante semanas funcionaron como un relato de resistencia más eficaz que cualquier parte oficial.
Aquí ocurre algo parecido. La misma conversación que despacha a Lieberman como «la fantasma de Kiev» ha rescatado el caso de
Elkana Federman, un asistente a un festival de música que, según la versión que circula, habría recogido armas de combatientes caídos y abatido en solitario a 17 milicianos. La estructura es idéntica: un civil, una cifra alta, una hazaña limpia, un nombre propio y un apodo listo para el cartel.
Y hay una lógica detrás.
Una guerra necesita leyendas tanto como munición: levantan la moral propia, humillan al adversario y caben en un titular de ocho palabras.
Dos lecturas de la misma noticia
En un extremo, la lectura es sencilla: una joven con entrenamiento, en su casa, con un arma y el terreno a favor, planta cara a un grupo armado y su comunidad la convierte en símbolo. En el otro, la cifra es el problema: veinticinco bajas sin contraste tienen más de cartel que de parte de guerra.
Entre ambas posturas queda un terreno enorme y poco visitado, el de comprobar antes de aplaudir o de reírse. Nadie discute que hubo un ataque, que hubo defensa y que hubo muertos. Lo que se discute es cuántos, y quién los cuenta.
La misma cifra no pesa igual si la firma un hombre
Una de las objeciones más repetidas apunta al doble rasero. Si un hombre abate a cien milicianos, es rutina informativa; si es una mujer y mata a uno, la cifra se convierte en veinticinco y salta a portada. La formulación puede ser gruesa, pero el fondo no es descabellado: los relatos de heroísmo femenino en combate se engrandecen o se ridiculizan con la misma facilidad, según lo que convenga a quien los cuenta.
Las comparaciones con figuras históricas —Agustina de Aragón, María Pita— aparecen una y otra vez, casi siempre para rebajar a la recién llegada. Es un recurso cómodo: si el mito antiguo ya era dudoso, el nuevo no necesita ni análisis.
El papel de los medios y la maquinaria de propaganda
Toda guerra moderna se libra también en la pantalla. Los bandos difunden hazañas porque mueven opinión, financiación y moral; los medios las replican porque rinden clics sin exigir una verificación costosa. El resultado es un ecosistema en el que la cifra llamativa viaja en horas y la corrección, cuando llega, lo hace semanas después y en un rincón de la página.
Conviene separar dos cosas. Que un número no esté contrastado no significa que sea inventado. Y que una historia sea útil a una causa no la vuelve falsa. Pero confundir lo posible con lo probado es exactamente el terreno donde crece la propaganda, la propia y la ajena.
A eso se suma otra queja, menos épica y más pegada al suelo: el caso ocupa portadas mientras la información de fondo sobre el conflicto escasea. La anécdota tapa el mapa.
Alguien tendrá que contar algún día cuántos de estos relatos de guerra aguantan una verificación tranquila y cuántos se apagan sin ruido cuando dejan de servir a alguien. La pregunta no es si Inbar Lieberman disparó aquella mañana. Es cuántas de las cifras que hoy suenan a gesta seguirán en pie cuando se apaguen las cámaras.