Debate por un tuit: eléctrico de 40.000€ y 11 horas
Un tuit viral de @Carlos-C-R pone cifra al malestar: 80 km/h de media, 11 horas y 32 minutos para cubrir el trayecto Bilbao-Sevilla y un desembolso de 40.000 euros. El mensaje, replicado con sorna, habla de «ritmos de viaje que ni en un SEAT 600 de 1970» y de la «estafa eléctrica». La discusión que se dispara después no es sobre el tuit, sino sobre lo que revela: que el
coche eléctrico de batería grande sigue sin resolver el viaje largo, y que su defensa pública choca con la experiencia de quien lo usa.
El reproche central es el tiempo. Un participante afirma que un utilitario diésel de 2004 hace ese recorrido del tirón con un depósito de 50 euros. La comparación se repite: 900 kilómetros en 11 horas no es un récord, es una penitencia. Y el precio no ayuda: 40.000 euros por un coche que, en carretera, obliga a planificar cada parada.
Por qué un Tesla a 80 km/h no es una excepción
La escena que más se repite es la del Tesla de 300 caballos circulando a 80 por hora para no quedarse sin carga. No es una leyenda: los cálculos que se comparten en la conversación apuntan a que la autonomía real en carretera ronda los 300 kilómetros utilizables, muy por debajo de lo publicitado. Un trayecto de 887 kilómetros con cuatro recargas intermedias arroja una media de 397,75 kilómetros por carga completa, según una hoja de cálculo que se reproduce paso a paso. El consumo no es constante: sube en ascenso y baja en descenso, lo que rompe cualquier regla de tres simple.
La defensa del eléctrico se apoya en otro uso. Para trayectos diarios y recarga nocturna en casa, el coste por kilómetro es imbatible. El problema aparece cuando se convierte en el único coche de la familia y toca cruzar España. Ahí el comprador descubre que ha pagado una prima por una limitación.
El coste real de recargar en ruta
Los números que se manejan en la discusión desmontan la idea de que viajar en eléctrico es barato. Un consumo de 15 kWh a los 100 kilómetros con supercargador a 62 céntimos da 9,3 euros por cada 100 kilómetros. Traducido a gasolina a 1,40 euros el litro, equivale a un coche de combustión que gastara 6,6 litros a los 100. No es un ahorro, es un empate. Y eso sin contar el tiempo: media hora por carga, con la incertidumbre de si el cargador funciona a la potencia anunciada.
Hay quien rebaja la cifra: los 80 o 90 céntimos por kilovatio de hace un par de años han caído a 40-45 céntimos en algunas redes. Otros replican que Tesla cobra 58 céntimos y que Zunder y Endesa se van a 55. El resultado es el mismo: el ahorro depende de recargar en casa, no en la carretera.
La brecha entre el discurso oficial y el garaje
El malestar no es solo técnico. Se señala que quienes promocionan el coche eléctrico desde la televisión no lo usan para sus desplazamientos. La acusación de «Agenda 2030» aparece una y otra vez, mezclada con la sospecha de que el objetivo no es electrificar el parque móvil, sino reducir la movilidad privada. No hay prueba de eso en la conversación, pero la hipótesis circula con fuerza.
Frente a ella, el argumento práctico: el eléctrico pequeño para ciudad sí tiene sentido. El error es venderlo como sustituto universal. Quien hace dos o tres viajes largos al año puede asumirlo; quien los hace cada semana, no.
El cuello de botella que nadie quiere mirar
La infraestructura es el punto ciego. Un cálculo que se comparte en la conversación lo deja claro: si los 6.000 vehículos que pasan cada hora por la autopista Madrid-Valencia fueran eléctricos, no habría puntos de recarga suficientes ni con años de ventaja. Las colas en operación salida no son un fallo puntual, son aritmética.
La comparación con el repostaje tradicional es brutal. Un diésel llena un depósito para 900 kilómetros en tres minutos. Un eléctrico necesita diez veces más tiempo para cubrir la tercera parte. La proporción de puntos de carga puede ser razonable hoy, pero el parque eléctrico es minúsculo. Cuando crezca, el embudo aparecerá.
La conversación no cierra el asunto. Unos ven en el eléctrico una herramienta útil para el día a día; otros, un producto a medio terminar vendido a precio de lujo. Lo que nadie discute es que el viaje largo sigue siendo su talón de Aquiles. Y que 40.000 euros es mucho dinero para seguir pendiente de un cargador.