El bitcoin no tiene valor, según esta tesis: el debate que se cae por cuatro lados
Un participante de un foro sostiene que Christine Lagarde acierta al decir que el bitcoin no vale nada, y lo argumenta con una clasificación de cuatro tipos de valor. La afirmación, repetida en foros económicos y en los pasillos del BCE, esconde una trampa lógica que conviene desmontar antes de que la próxima corrección de mercado la deje en evidencia. Porque el problema no es si el bitcoin sube o baja: es que, según esta tesis, se confunde
precio con
valor, y esa confusión tiene consecuencias.
El análisis más repetido en los círculos escépticos parte de una clasificación sencilla: todo bien tiene valor utilitario, impuesto, percibido o especulativo. El bitcoin, según esta tesis, solo tendría el cuarto. Y el cuarto, por definición, se desvanece.
Qué es el valor utilitario y por qué el bitcoin no lo tiene
El valor utilitario es el más primitivo: una manzana alimenta, unos zapatos protegen. Una cadena de ceros y unos en un servidor no abriga ni quita el hambre. Un billete de papel, al menos, enciende un puro. El bitcoin, ni eso. Hasta ahí, la crítica tiene razón.
Pero el argumento se agrieta cuando se aplica el mismo rasero al dinero fiduciario. Un euro tampoco alimenta. Lo que lo sostiene no es su utilidad física, sino el
monopolio legal, el control fiscal y la capacidad del Estado de imponerlo por la fuerza. Si quieres comer, necesitas euros. Y para conseguir euros, trabajar.
Ese es el segundo tipo: el valor impuesto. Y aquí el bitcoin, efectivamente, pierde. Ningún Estado con dos dedos de frente va a sustituir su moneda por un algoritmo que no controla. Sería suicida.
El valor percibido: de la uña de Lady Gaga al primer bloque minado
El tercer tipo es el más escurridizo. Una uña postiza usada no vale nada, salvo que sea de Lady Gaga: entonces alguien paga
9.000 euros. Sellos antiguos, camisetas sudadas, monedas romanas. El valor del fetiche, del objeto cargado de relato.
¿Tiene el bitcoin ese valor? La respuesta escéptica es no. Una cadena de unos y ceros sin cuerpo ni historia física no emociona, no fetichiza. El primer bloque minado nunca será una reliquia digital.
Aquí conviene detenerse. Porque si el valor percibido depende del relato, y el relato del bitcoin —su origen cypherpunk, su escasez programada, su resistencia a la censura— es uno de los más potentes del último medio siglo, la conclusión no es tan obvia. Lo que ocurre es que ese relato no lo compra quien mira una uña de Lady Gaga: lo compra quien desconfía de los bancos centrales.
El valor especulativo y la sombra de Terra
Queda el cuarto. El valor especulativo se basa en la expectativa de que alguien pagará más mañana. Llueve en Madrid, los bazares suben el precio de los paraguas. Cuando escampa, vuelve a su sitio.
El bitcoin, según la tesis dominante entre los críticos, solo tiene esto. Su precio se sostiene porque hay quienes creen que otro pagará más. Y el valor especulativo es inestable por naturaleza: depende de la fe, de la moda, del momento. Cuando esa fe se disipa —como ocurrió con las acciones de
Terra, que pasaron de valer miles a casi cero— el precio se desploma hasta su verdadero valor.
Ese será, dicen, el destino del bitcoin. En cuanto desaparezca la creencia en un futuro donde se use como moneda, el precio caerá a cero. Porque no hay nada detrás. Solo fe. Y la fe, cuando se agota, no deja valor. Deja humo.
La contra: el valor que le da quien lo usa sin pedir permiso
La respuesta a esa tesis no se hizo esperar. El bitcoin lleva cayendo a cero desde que valía un céntimo. Tiene el valor que le reconoce la gente que lo usa libremente, sin pedir permiso a nadie. No como el fiat, que puede multarte si sacas tu propio dinero del cajero.
El argumento tiene una pata débil y una fuerte. La débil: los niños en el recreo también comercian con cromos y canicas sin pedir permiso, y el mundo sigue girando con euros, dólares y tarjetas. La fuerte: a lo largo de la historia se han usado monedas sin que ningún poder las respaldase. Granos de café en Etiopía, monedas de cuero en varios continentes. Las monedas del Imperio Romano de Occidente siguieron circulando después de su caída, aunque ya ningún poder las respaldaba.
La objeción escéptica es que aquellos medios tenían valor intrínseco. No eran símbolos de valor: eran valor. El café se tostaba, el cuero se curtía. El bitcoin no se tosta.
El día que los gobiernos se pongan de acuerdo
Aquí el análisis se atasca. Porque el escenario que ambos bandos contemplan —y ninguno descarta— es el mismo: varios gobiernos de países grandes prohibiendo las transacciones con criptomonedas por servir para el blanqueo de capitales. Ese día, dicen los críticos, los entusiastas sabrán lo que es imponer una divisa por la fuerza. Todavía no lo imaginan: creen en el relato de la adopción multitudinaria y de la aceptación pasiva de los Estados.
La contra es que la historia no registra ningún protocolo descentralizado con estas características, invulnerable a la censura y a la coacción estatal. Nunca se ha intentado. Y el que va a valer cero, dicen, es el dólar, el euro, cualquier moneda que se intercambia por cero kilos de arroz. El respaldo del bitcoin es el de personas físicas que huyen de la coacción. Eso también es valor utilitario.
El punto exacto donde el análisis se atasca
Nadie discute que el bitcoin no alimenta ni se impone por decreto. La discrepancia es si eso lo condena o lo define. Para unos, sin utilidad, sin imposición y sin fetiche, solo queda la fe especulativa, y la fe se agota. Para otros, la utilidad está precisamente en no depender de nadie, y eso no se mide con los cuatro tipos de valor de un manual.
Lo que sí admite poca discusión es que el activo lleva años de conversación sin que ninguna de las dos partes haya movido un ápice. El bitcoin sigue ahí. La pregunta sigue abierta. Y Lagarde, de momento, no ha rectificado.