El examen de Selectividad de Mates II que divide a los ingenieros
Un ingeniero ha resuelto el examen de Matemáticas II de la Selectividad de Madrid y ha sentenciado que es «algo para echarse a llorar». Su veredicto final —«lo siento mucho por los chavales»— ha reabierto la polémica clásica de cada junio. Pero la respuesta no es unánime ni dentro de la propia profesión: varios técnicos han replicado, con el enunciado delante, que el ejercicio estrella es un problema de matrices resuelto en dos pasos. Y ahí empieza el lío.
¿Qué se preguntó realmente en el examen de Matemáticas II?
La prueba constaba de
cuatro ejercicios, de los que
tres ofrecían alternativa A o B para escoger. Según el análisis más repetido en el hilo, en cada uno de esos tres una opción era claramente asequible y la otra, manifiestamente difícil. El sentido de colocar una opción imposible no era castigar al alumno, sino que este la descartara en dos minutos de lectura en diagonal y se fuera a la fácil. Si las dos alternativas hubieran tenido dificultad similar, el tiempo perdido en decidirse habría sido letal.
El ejercicio señalado como escándalo pedía desarrollar un
determinante de orden 3 con un parámetro por una fila con dos ceros y resolver después un sistema de ecuaciones homogéneo. Ni polinomio característico, ni diagonalización completa. Quien lo defiende lo resume así: el método sirve para obtener los valores propios, pero está explicado en el propio enunciado, paso a paso.
¿Entra la diagonalización de matrices en el temario de Bachillerato?
Aquí la respuesta deja de ser binaria. El
Real Decreto 243/2022, de 5 de abril, que ordena las enseñanzas mínimas del Bachillerato y fue actualizado en marzo de 2023, es el texto que se cita para dirimir qué debe haberse estudiado y qué no. Autovalores y autovectores son materia de álgebra lineal de primero de carrera, pero aparecen en algunos manuales de ciencias como ampliación. En la
Comunidad Valenciana, según un testimonio, no figuran en los libros ni se explican en clase.
El reproche que más se repite no es que el concepto sea difícil, sino la forma de preguntarlo: hay quien señala que un alumno puede sacar puntuación en el apartado sin tener ni idea de lo que es un endomorfismo. Buena parte del alumnado puede clavar los números y no tener idea de lo que acaba de hacer. Eso, argumentan, es educación maquinal, no matemáticas.
El agravio entre colegios públicos y privados
La sospecha más incómoda, lanzada por un forero, apunta a que cierto temario de primero de carrera se imparte en determinados colegios y programas de excelencia, y que esas preguntas acaban colándose en la prueba para dar ventaja a sus alumnos en la elección de carrera. En colegios de barrios con menos recursos, según esa misma sospecha, no habría margen para extender el programa. La conclusión que se extrae es amarga: o pagas, o vives en la zona adecuada.
A eso se suma el peso del expediente. Según este análisis, como la nota de Bachillerato cuenta un
60 por ciento de la calificación de acceso, se genera inflación de notas en los centros y corruptelas difíciles de rastrear. El cálculo más duro sostiene que lo más justo sería que el examen pesara casi el cien por cien. Y hay quien avisa de alumnos que con un 6 de media confían en arreglar su nota con un 9 en la prueba.
El alumno que no se frustra: abre ChatGPT
Un profesor particular lo cuenta sin paños calientes: cuando a sus alumnos no les sale un ejercicio, no releen los apuntes, no buscan la fórmula, no se atascan cinco minutos. Se rinden y le piden a la inteligencia artificial que lo resuelva. La herramienta es buena, el atajo es el problema: la capacidad de aguantar la frustración se está cayendo.
Plazas, criba y médicos: el debate que desborda el examen
El fondo del asunto no es un determinante. Si hay
100 plazas de fisioterapia y 200 aspirantes, algo tiene que discriminar. Quien defiende la dureza lo tiene claro: si no se filtra, el 95 por ciento de los estudiantes acabaría matriculado en las mismas carreras, con Medicina e Informática a la cabeza. El contrapunto llega desde el otro lado: hay quien sostiene que faltan médicos, que se contrata a profesionales formados fuera y que no se paga lo suficiente a los mejores, ni en Medicina ni en Ingeniería.
¿Por qué se repite la misma queja cada año?
Porque cumple una función. Hay quien describe el ruido de cada junio como un
lloro preventivo: presión pública para que la corrección de la semana siguiente sea más benévola. Con ese prisma, el titular catastrofista no informa de un desastre educativo, sino que negocia a la baja el rasero del corrector.
El punto exacto donde el análisis se atasca es este: los defensores del examen no han demostrado que la pregunta estuviera en el temario de todos los centros, y los críticos no han demostrado que fuera imposible de resolver con lo impartido. Nadie acabará imputado por ello, ni falta que hace. El diferencial entre lo que dice la norma y lo que llega al aula continúa sin cuantificar.