Pujol advierte de que los catalanes caerán en «gran marginalidad»
El expresidente de la Generalitat Jordi Pujol sostiene que los catalanes caerán en «una situación de gran marginalidad» ante la llegada de inmigración. Lo afirma quien pilotó durante más de dos décadas el proyecto nacionalista y quien se ha mostrado partidario, además, de que el Govern asuma las competencias en materia de inmigración. La advertencia no procede de un observador cualquiera. Procede del arquitecto de la Cataluña autonómica, la misma que ahora ve cómo su censo le juega una mala pasada.
Un detalle redondea la escena. Aznar desveló que, en su primera legislatura, Pujol le propuso «poner barreras» a la inmigración hispanoamericana y priorizar la llegada de trabajadores procedentes de países con lenguas distintas del castellano. El motivo se decía sin rodeos: quien no hablaba castellano nativo resultaba más fácil de catalanizar desde la infancia. Tres décadas después, el mismo dirigente avisa de que la
inmigración en Cataluña empuja a los autóctonos hacia el margen. La política que él mismo contribuyó a diseñar aparece ahora bajo sospecha.
Por qué el nacionalismo catalán teme el dato demográfico
El diagnóstico no es exclusivo de Pujol. Oriol Junqueras lo formuló con más crudeza: «Sin estabilidad demográfica no hay estabilidad cultural y, por lo tanto, se hace muy difícil cualquier proyecto nacionalista». Ahí está el nudo del asunto. El independentismo levantó su relato sobre una comunidad cultural homogénea; el padrón, en cambio, cuenta otra historia.
Los informes que circulan por las consejerías apuntan en la misma dirección. El número de jóvenes de 16 a 29 años que se sienten «solo catalanes» cae en picado, según un estudio de la Agencia Catalana de la Juventud, y ese grupo se autoubica más a la derecha que la media de su edad. Òmnium Cultural, por su parte, defiende la inmigración masiva y califica a Sílvia Orriols de «peligro social». El aparato del nacionalismo y su base joven empiezan a caminar por rutas divergentes, y esa grieta no se tapa con un comunicado.
La catalanización del inmigrante, una estrategia con fecha de caducidad
Durante años funcionó una lógica que apenas se discutía en voz alta: traer población que no tuviera el castellano como lengua materna para reforzar el peso social del catalán. La idea era moldear lingüísticamente a los recién llegados desde pequeños y que el idioma acabara jugando a favor del proyecto nacional. Sobre el papel, encajaba.
El resultado es más ambiguo de lo que prometía aquel diseño. Publicaciones catalanas han recogido testimonios como el de una joven nacida en Vic que asegura que solo se sentirá en casa «en un país islámico». Es el reverso exacto de la catalanización: la identidad de acogida no siempre cala, y a veces la que emerge es otra. La disyuntiva entre integrar y asimilarse sigue sin una respuesta oficial que nadie quiera escribir con su nombre debajo.
Qué dicen los datos oficiales sobre delincuencia en Barcelona
La otra pata del asunto es la seguridad ciudadana. La Generalitat admite que el
80 % de los delitos en Barcelona son cometidos por extranjeros, y el desglose por tipo de denuncia muestra que el 91 % de los detenidos por hurtos eran inmigrantes. Son cifras de la propia administración, no de un panfleto de barra de bar.
El resto del cuadro tampoco mejora. Los hurtos en el metro de Barcelona subieron un
47,3 % en 2023, más del 73 % de los delitos quedan impunes y en Cataluña se denuncian cinco violaciones al día. En una sola semana se registraron veinte apuñalamientos. Los Mossos, según el informe «El Mercat de la marihuana a Catalunya» entregado a la Fiscalía, temen que las mafias del cannabis corrompan a los poderes públicos: el fraude eléctrico asociado a esos cultivos equivale, por sí solo, al consumo anual de Girona, Tarragona y Lleida juntas.
Poner estos números sobre la mesa no resuelve nada por sí solo. Falta el denominador —cuánta población extranjera hay, con qué tasa por mil habitantes— y sobra la tentación de leer el dato como una sentencia sobre un colectivo entero. Con lo que hay, la discusión seria empieza, no termina.
Illa, la Comisión Islámica y el pulso por la integración
Mientras Pujol avisa de marginalidad, el discurso institucional va en sentido contrario. Salvador Illa defiende que los musulmanes no necesitan integrarse en Cataluña, en la misma línea que ya sostuvo Aragonés. La Comisión Islámica, por su lado, exige más profesores de religión islámica y menús especiales en todos los colegios. Cada pieza encaja en un relato, y todos los relatos chocan entre sí.
Hay quien sostiene que estos gestos aceleran la fractura en vez de cerrarla; en contra pesa el argumento de que la integración no se impone por decreto y de que la convivencia se construye desde el reconocimiento, no desde la sospecha. Ambas corrientes conviven, incómodas, dentro de una misma administración que un día patrocina congresos islámicos y al siguiente expulsa a un imán de Olot por proclamar el salafismo.
Quién gestiona la inmigración: el pulso por las competencias
Pujol no solo diagnostica; también reclama poder. Su tesis es que la Generalitat debe asumir las competencias de inmigración, un movimiento que otras comunidades observan con interés. El PNV ya ha pedido «dar cobertura y espacio vital» a los inmigrantes porque serán, dice, «vascos de nueva generación». En Madrid, el discurso oficial es el opuesto: se admite un problema «muy serio» y se habla de colapso.
Entre medias, la Generalitat se vuelca con líderes de la comunidad marroquí a los que el Ministerio del Interior pretende expulsar, y aprueba amnistías para 30.000 hogares vulnerables. Cada gesto se lee en clave electoral. Cada cifra, también.
El cálculo que nadie quiere firmar
Aquí el análisis se atasca. Unos miran los datos de criminalidad y concluyen que la capacidad de absorción del mercado laboral —catalán y español— está agotada, que no hay empleo de alto valor ni para los autóctonos y menos para los que llegan. Otros responden que asociar migración y delito es confundir causa con coyuntura, y que sin relevo demográfico no hay ni pensiones ni caja.
Lo que ninguna de las dos corrientes explica del todo es por qué el mismo dirigente que diseñó la política migratoria durante dos décadas aparece ahora como su primer crítico. Puede ser lucidez tardía. Puede ser que el censo haya dejado de cuadrar con el relato. O puede ser, simplemente, que nadie quiera firmar el cálculo completo.