El parricida de Sueca habría llamado a la madre para que oyera morir al niño
El caso del menor asesinado en Sueca a manos de su padre ha reabierto una discusión que va mucho más allá del suceso. Según el relato que circula, el hombre habría permitido que su hijo hablara por teléfono con la madre y habría matado al niño durante esa llamada, de modo que ella escuchara el grito final antes de que la comunicación se cortara. El dato, difundido a través de un tuit de la periodista
Ana Bernal-Triviño, es el detonante de un cruce de acusaciones que mezcla el horror del caso con la guerra cultural de siempre.
Qué se sabe del caso del niño Jordi en Sueca
El núcleo de los hechos que se maneja en la discusión es el siguiente: un padre, conocido como el parricida de Sueca, habría acabado con la vida de su hijo Jordi y habría utilizado el teléfono como herramienta de crueldad añadida. La llamada no fue un descuido. Fue, según esa versión, la forma de que la madre escuchara en directo lo que estaba ocurriendo. El grito del niño pidiendo a su madre y el corte posterior de la línea son los dos elementos que más han circulado.
A partir de ahí, el material se divide. Una parte de los intervinientes sostiene que el caso debería juzgarse por lo que es, un crimen atroz, sin más lecturas. Otra parte lo utiliza para discutir el tratamiento mediático y político de la violencia intrafamiliar. Y una tercera, la más ruidosa, convierte el suceso en munición de trinchera.
El resultado es un debate donde el niño casi desaparece detrás de las siglas.
La acusación de que se defendió al asesino
El mensaje que abre la discusión afirma que en este espacio se defendió al autor y que algunos llegaron a decir que el maltrato no era para tanto. Es una acusación grave y, como tal, se ha contestado con dureza. Hay quien responde que
nunca se defendió al asesino y que lo único que se discutió fue el derecho a la presunción de inocencia o la falta de pruebas sobre un maltrato previo al hijo.
En esa línea se cita el testimonio de una familiar de la madre, que habría declarado que el padre nunca había mostrado mala acción hacia el niño, sino lo contrario, y que no era cierto que hubiera amenazado con matarlo. Ese matiz, el de si hubo señales previas, es el que separa a quienes ven un crimen anunciado de quienes ven un estallido imprevisible. La discusión se encona justo ahí.
El uso político del crimen: violencia vicaria y estadísticas
El segundo frente es el marco. Un sector sostiene que los filicidios cometidos por mujeres no reciben el mismo tratamiento mediático ni aparecen igual en las estadísticas oficiales, y que eso responde a un interés por sostener el relato de la violencia vicaria. Se citan casos de madres que habrían matado a sus hijos, incluido uno en el que la mujer habría actuado tras perder la custodia.
Frente a eso, otra corriente responde que
juzgar por el sexo del autor es precisamente el error que se critica cuando lo hace el otro bando. Y una tercera posición, la más incómoda, señala que el sistema falla en ambos sentidos: ni protege a los niños antes ni castiga con la contundencia que la opinión pública reclama después. La pena de muerte aparece mencionada en varios mensajes, casi siempre como desahogo más que como propuesta.
El cansancio del relato y la sospecha sobre quien lo plantea
Hay un tercer hilo, menos visible pero constante: la sospecha sobre la intención de quien abre el tema. Varios mensajes acusan a la autora del planteamiento de actuar por motivación política, de generalizar a partir de casos aislados y de usar el dolor como ariete. Se llega a decir que el asunto se instrumentaliza para culpar a todo un espacio de opinión.
Esa desconfianza mutua es, quizá, el dato más revelador.
El caso concreto importa menos que la posición que se le atribuye al otro. Cuando eso ocurre, cualquier debate sobre un crimen termina siendo un debate sobre quién tiene derecho a hablar de él. Y el niño, otra vez, queda fuera del encuadre.
La discusión se detiene en un punto que nadie cierra: si hubo o no señales previas que hubieran permitido intervenir. Las versiones se contradicen y ninguna prueba definitiva aparece en el intercambio. Con ese material, cualquier conclusión sobre el caso es, a día de hoy, una hipótesis.