El Estado contra el padre de Noelia: violencia vicaria en nombre de la eutanasia
«Noelia gana a los ultras» y «muere». Con ese titular, Eldiario.es resumía el caso de Noelia Castillo, una joven que solicitó y obtuvo la eutanasia tras una larga depresión. Pero la noticia no era su muerte, sino el golpe mediático y judicial contra su padre, quien se negó a costear el entierro. El Estado, lejos de mediar, se alineó con la madre –que azuzó públicamente contra el progenitor– y utilizó los medios para criminalizarlo. La paradoja: una ley diseñada para aliviar el sufrimiento se convierte en instrumento de castigo familiar.
El padre, rehén de la corrección política
El vídeo viral muestra a la madre de Noelia criticando al padre: «Tan cristiano que es…». La entrevista fue emitida –según fuentes próximas– porque Noelia quería que su padre la viera. Un acto de violencia psicológica que el Estado no solo permitió, sino que amplificó. Por su parte, el padre había mejorado su relación con su hija en los últimos años, según testimonios en redes, hasta que ella pidió la eutanasia. Entonces se distanció. «Ese “pues yo no pago el entierro” suena a última llamada de atención», apuntan algunos análisis. Pero el discurso oficial lo convirtió en un insensible. El País, en uno de sus artículos, escribió que el padre estaba «estirando el chicle». Una humillación pública difícil de superar.
El negocio de la muerte: la incineración no incluida
Otro punto que ha generado indignación: la eutanasia no cubre los gastos de incineración o entierro. El padre, que ya había perdido a su hija, se vio obligado a pagar por el sepelio o enfrentarse a la presión social. «¿Le asesinan a la hija y encima tiene que pagar el entierro?», se preguntó un usuario. La respuesta de la Administración fue dejarle solo, mientras la madre, que apoyó la decisión de Noelia, se lavaba las manos. Semanas después, la propia madre publicó un vídeo pidiendo a Feijóo que derogara la ley de eutanasia: «No quiero que haya más Noelias». Un giro que muchos interpretan como una maniobra para distanciarse del daño causado, pero que no borra la violencia ejercida contra el padre.
La normalización del suicidio asistido como arma política
La rapidez con que se tramitó la eutanasia de Noelia (meses en lugar de años) ha levantado sospechas de que el caso fue utilizado para asentar un precedente. Varios participantes en el debate señalan que «se aprovecha para elevar la eutanasia a derecho humano» y, de paso, «azuzar la cristianofobia» en vísperas de Semana Santa. Incluso se ha comparado el proceder del Estado con prácticas como «hacer pagar la bala al fusilado» en regímenes autoritarios. La pregunta que queda en el aire: ¿es la eutanasia un acto de libertad individual o una coartada para que el Estado se atribuya el poder de decidir quién vive y quién muere, y además, quién paga los platos rotos?
La madre, los medios y el Gobierno han actuado como un solo cuerpo contra el padre. Mientras tanto, el debate sobre la eutanasia sigue abierto, pero con un sesgo: quien se opone es automáticamente un «ultra». Y el padre de Noelia, sin su hija, sin apoyo institucional y con una factura de entierro que nadie le va a perdonar, es el último eslabón de una cadena de violencia vicaria.
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