Viajar a Nueva York: 2.650 € por persona y la duda de si compensa
Siete días en Nueva York en agosto. Vuelo, hotel, comidas, transportes, entradas, seguro y tarjeta SIM. Total:
2.650 euros por persona. El desglose, hecho con precios de temporada alta, deja una cifra que frena a más de uno antes de reservar nada. Sobre esa cifra se monta la pregunta de fondo: ¿duele gastarse ese dinero en un viaje que se acaba en una semana?
El argumento que abre el asunto no es solo el importe. Es la comparación. Con ese dinero, se sostiene, se compran cosas que se disfrutan durante años: un Kindle cuesta
90 euros nuevo y lleva cinco años de uso, con los que le quedan. La maleta, en cambio, se queda en fotos.
El desglose del viaje, partida a partida
El presupuesto reparte los 2.650 euros así: 700 € de vuelo por persona, 675 € de alojamiento (1.350 € entre dos),
350 € de comidas, 150 € de transportes, 650 € de actividades, 102 € de seguro de viaje y 30 € de tarjeta SIM. Todo, viajando en agosto, que es cuando quienes plantean el cálculo pueden hacerlo.
La partida de comidas es la primera que salta al ojo:
50 euros al día para desayuno, comida y cena en una de las ciudades más caras del mundo. «Con 50 al día para desayunar, comer y cenar en Nueva York yo creo que no lo haces», resume uno de los reproches más repetidos. El otro punto discutido son las actividades: 650 euros de entradas, cuando hay quien recuerda que caminar una semana por la ciudad no cuesta un céntimo.
El mismo viaje por la mitad: la letra pequeña del presupuesto
Frente a ese cálculo aparecen versiones bastante más baratas. Un vuelo del 11 al 18 de marzo por
358 euros por persona, un hotel de cuatro estrellas para dos en Times Square a 478 euros por persona, la tarjeta de metro para siete días por 30 euros y comer en sitios baratos por 140 euros a la semana. A partir de ahí, el resto se recorta o se elimina: seguro para una semana, ninguno, discuten algunos; tarjeta SIM, ninguna, con el wifi de la ciudad basta.
Hay quien aprieta más el lápiz y sostiene que el vuelo se encuentra por
100 o 120 euros en oferta y 170 en tarifa normal, y que montándolo por cuenta propia el viaje baja a unos 1.000 euros por persona en mayo, mejor mes para ir, con el hotel en Astoria en lugar de Manhattan. El cálculo completo, con sus meses y sus precios, arroja una diferencia que deja corto cualquier ajuste de fin de semana.
¿Por qué viajar en agosto dispara el precio?
Porque es cuando coinciden las vacaciones de medio planeta y el alojamiento y el transporte se cobran a precio de temporada alta. Las fechas que la mayoría no puede elegir concentran la demanda en unas pocas semanas, y quien no puede moverse de ahí paga la diferencia. La alternativa que se repite es simple: si se puede, ir en primavera u otoño. Quien no puede, asume el sobrecoste o se queda en casa.
El precio sube y el turismo no se frena
El dato que entra en la conversación para zanjar si el dinero duele o no: el puente de diciembre batió récords de gasto, un
36% más que en 2022, con el alojamiento y la hostelería un 28% más caros. El precio sube y la gente sigue viajando. Para unos, eso demuestra que el gasto en viajes no se recorta ni en la parte alta de la factura. Para otros, es la prueba de que se viaja por inercia y de que la escapada se ha convertido en un bien de primera necesidad.
El ladrillo contra la maleta
Debajo del cálculo económico asoma otra discusión: qué se hace con el dinero. Una parte del análisis sostiene que viajar es el consuelo de quienes no tienen otra cosa, que hay quien se funde el sueldo en vuelos y luego vive de alquiler sin un euro ahorrado. La conclusión que se repite:
primero la casa y lo básico, y después los viajes.
La respuesta llega rápido. Hay quien recuerda que no todo el mundo hace cuentas: hay meses en los que millones de personas ingresan más de 4.000 euros, y para ellas 2.650 no son una tragedia. Y hay quien admite lo contrario sin pudor: la tacañería se describe en la misma conversación como una enfermedad, la de quien acumula seguridad en lugar de placer y acaba con ropa gastada sin gastar un euro en nada.
La edad también cambia la cuenta
Con los años, el problema deja de ser el dinero. Entre los 28 y los 38, muchos viajaron por Europa, África y América sin arrepentirse de lo gastado. Ahora, dicen, puede más la pereza: aguantar colas, masificación y aglomeraciones no compensa. Viajar solo tendría sentido para hacer algo único, una ruta a pie, cruzar un país en coche o visitar ruinas con calma, y en fechas en las que no vaya nadie. Frente a la fiebre por los destinos lejanos, otros reivindican lo de casa: Soria, Asturias, Burgos o León, o playas del norte donde no hay nadie ni en verano.
De ahí sale la frase que resume el dilema mejor que cualquier hoja de cálculo: «La vida debería vivirse al revés. Porque cuando eres joven y tienes salud para hacer viajes y emprender aventuras, no tienes dinero ni tiempo libre».
Con esos mimbres, la cuenta no se cierra. ¿Se viaja para tener algo que contar o para no tener que contar lo que no se ha vivido?