Ribera abre el debate del decrecimiento: «Quiero que crezca el bienestar»
La vicepresidenta y ministra para la Transición Ecológica,
Teresa Ribera, ha pedido abrir «de forma clara y bien argumentada» el debate sobre el decrecimiento, y ha rechazado que el desarrollo se mida por un mayor consumo de materias primas. Lo dijo en el contexto de las negociaciones climáticas de Dubái, donde, según ella, el asunto «ya está implícito en muchas de las discusiones». La frase que resume su tesis: «Yo quiero que crezca el bienestar pero no medir el crecimiento sobre la base de un mayor consumo de materias primas que me detrae la riqueza disponible para generar esa prosperidad».
Qué ha dicho exactamente la ministra
Ribera sostiene que el cambio de paradigma ya está en marcha y que afecta a «lo primero que cambian»: los conceptos de crecimiento y prosperidad. Su objetivo declarado es
vincular el bienestar social con una economía que perdure y que no «se muera porque esté liquidando la base que hace posible esa riqueza». Rechaza la idea de que para crecer haya que hacer sacrificios sociales y ambientales, porque, avisa, eso tiene «las patas muy cortas».
El marco donde sitúa todo esto es el
Pacto Verde Europeo, el plan de la UE para ser neutra en emisiones en 2050 transformando la economía y protegiendo la naturaleza y la salud. Ahí encajan, dice, los paquetes de economía circular, economía ambiental y restauración de la naturaleza. La ministra admite que «hemos tardado mucho» y que gestionar ese cambio «de forma transversal, eficaz y generalizada» es difícil, pero sostiene que ya está ocurriendo.
El decrecimiento como problema físico, no ideológico
La discusión derivó rápido hacia el
pico del petróleo y la disponibilidad de energía barata. Una parte del análisis sostiene que el decrecimiento no es una elección política, sino una consecuencia de la física: si el petróleo escasea, el coche privado se encarece, los combustibles suben, las ciudades restringen el tráfico y el avión pasa a ser un lujo anual. El corolario es que el diésel hará falta antes para cosechadoras, barcos de pesca y defensa que para el particular.
Frente a esa tesis, otra corriente replica que la escasez no es el motor principal. El argumento alternativo es geopolítico:
Occidente y Europa han perdido poder frente a Extremo Oriente, no hay botín para todos y aquí se lleva décadas viviendo de las rentas. Quien defiende esto añade que el pico del petróleo se creerá del todo cuando el resto del mundo opte también por decrecer.
El coche eléctrico y la trampa del litio
El hilo dedica buena parte a la electrificación. Los defensores del vehículo eléctrico apuntan a las mejoras prácticas: aplicaciones que avisan cuando un cargador queda libre, recargas gratuitas en los primeros años, barcos híbridos ya en servicio. La respuesta escéptica es una batería de preguntas sin contestar:
¿de dónde sale la electricidad, cuánto aguantará la red y a qué precio se pagará cuando el coche eléctrico se popularice? A eso se suma el coste material: litio, tierras raras y el diésel necesario para mover camiones y barcos en minas y canteras.
Hay un dato que se repite como ejemplo del giro industrial:
SEAT dejará de vender coches para fabricar patinetes a partir de 2030. Para unos es la prueba de que el modelo se descompone; para otros, la constatación de que el automóvil tal y como se conoció tiene fecha de caducidad.
Quién decrece primero: el Estado o el ciudadano
La crítica más repetida no va contra el decrecimiento en sí, sino contra el orden de las prioridades. El argumento:
que decrezca primero el Estado —administraciones, asesores, cargos públicos, sindicatos y toda la estructura que vive de lo público— antes de pedir sacrificios al ciudadano. La queja de fondo es que quienes predican la contención no la aplican a su propio sueldo ni a su propio chiringuito.
En paralelo aparece la sospecha sobre el método. Se mencionan la
identidad digital, la
moneda digital del banco central y la huella de carbono como las herramientas con las que se aplicaría el racionamiento. Es una hipótesis, no un hecho probado, pero circula con fuerza en el descontento.
Las clases medias, en el punto de mira
Uno de los análisis más desarrollados del hilo sostiene que las clases medias existieron durante
setenta años porque al sistema le interesaba: evitaban conflictos sociales y sostenían el consumo que alimentaba el crecimiento. Cuando el crecimiento deja de interesar y las máquinas y la inteligencia artificial sustituyen trabajo cualificado, esas clases pasan de ser útiles a ser un coste. La conclusión que se extrae es incómoda: a corto plazo, serían prescindibles.
Otro diagnóstico apunta a la asimetría del relato. Subir la luz un 8% con un gobierno era «morir de frío»; subirla un 150% con otro es «optimizar el consumo y ser ecoresiliente». El mismo hecho, dos marcos. Esa es, para muchos, la clave de por qué el debate del decrecimiento no se plantea en términos de pérdida, sino de oportunidad.
El turismo y el primer aviso del decrecimiento
El decrecimiento ya tiene un ensayo concreto: el turismo. La normativa que limita los pisos turísticos en Cataluña ha provocado que el sector hotelero avise de que
peligra la mitad del turismo en la comunidad. Para unos, es la prueba de que el pastel se encoge y los actores compiten por una tarta menor. Para otros, es simplemente el lobby hotelero usando a los políticos para cerrar el paso a los anfitriones particulares.
La pregunta de fondo sigue sin respuesta: si el crecimiento se detiene, ¿quién decrece primero, el turista, el hotelero, el anfitrión o el ciudadano que paga la vivienda?
Con estos mimbres, la predicción razonable es que el debate del decrecimiento no se resolverá por argumentos, sino por facturas. Si la energía barata no vuelve, la contención llegará sola, sin ministra que la anuncie. Si vuelve, el discurso quedará en un párrafo de una comparecencia en Dubái. Lo que no está claro es cuánto tardaremos en saber cuál de los dos escenarios es el real.