La vida en soledad: entre la libertad absoluta y la muerte en vida
Un hombre de 51 años, divorciado, sin familia y con la salud frágil, estudia una oferta que le han dejado sobre la mesa. No es un fondo de inversión ni un plan de pensiones. Es un
seguro de decesos de 17 euros y pico al mes que, además de cubrir el entierro, incluye acompañamiento hospitalario y posthospitalario por si algún día necesita reposo y no hay nadie que se quede a su lado. Amigos tiene, dice, pero no quiere molestar a nadie. La escena plantea la pregunta de fondo sin rodeos: ¿vale algo una vida que se sostiene sin nadie alrededor?
El punto de partida es radical: personas sin relaciones familiares, sin amigos y sin pareja.
Soledad pura. Y una duda que no admite respuesta fácil: dónde acaba gente así.
La soledad elegida y la soledad que te cae encima
Hay una corriente que vende la soledad como conquista. Quien la defiende sostiene que, teniendo amigos y familia, su mejor versión aparece justo cuando no queda con nadie: no aguanta a nadie, no se preocupa por nadie y llama a eso
la auténtica libertad. Es un argumento sólido mientras la soledad sea reversible, es decir, mientras uno pueda levantar el teléfono y volver al mundo cuando le apetezca.
El problema aparece cuando deja de ser una opción. Otra parte lo describe sin adornos: la soledad como
muerte en vida, una agonía lenta en la que los días se escurren y uno arrastra la sensación permanente de estar desaprovechando algo. No es lo mismo elegir la ausencia de compañía un viernes que comprobar que llevas una década sin que nadie te espere al llegar a casa.
La línea que separa ambas cosas es fina y, sobre todo, cambiante. Un refrán viejo —mejor solo que mal acompañado— circula por la conversación, pero convive con la constatación de que compartir la vida con quien te trata como segunda opción tampoco es vida.
¿Por qué la soledad es más dura a partir de los 40?
La edad reordena todo. De joven, la soledad es un juego y una opción: hay energía, hay salud y existe la sensación de que las posibilidades son infinitas. Con los años, la relación se invierte. Lo resume una frase que se repite: ya no tienes a la soledad,
la soledad te tiene a ti.
El testimonio más duro llega de alguien que se define como un introvertido de 16 años atrapado en un cuerpo de 40. Su queja no es la falta de fiesta, sino no haber vivido nunca una juventud: ni amores, ni recuerdos, ni haber sido deseado. Con ese vacío detrás, envejecer se vuelve insoportable. Otra voz admite periodos de felicidad en soledad, pero solo en compañía de su perra: la complicidad con un animal, sostiene, supera a la que se logra con las personas.
A partir de cierta edad —hay quien fija el umbral en los 45 años— las aficiones en soledad pesan más que la vida social. Leer un libro con música de fondo se convierte en un placer mayor que cualquier cita.
El amor, la pareja y los años que duran las cosas
El pesimismo sobre el amor recorre buena parte del intercambio. Una tesis que se lanza sin matices: una relación sentimental dura de media
tres años, el tiempo que tarda uno en hartarse del otro o viceversa. Los casos que se citan como prueba no ayudan a la esperanza: una relación de año y medio con seis meses buenos y el resto toxicidad; otra de siete años, seis razonables y un último tramo en decadencia.
La conclusión a la que llegan varios es que la pareja para toda la vida es un invento sostenido a fuerza de aguantar. Frente a eso queda la amistad, que tampoco sale bien parada: hay quien asegura que solo los egoístas conservan amigos, que quien da sin pedir acaba solo el día que deja de dar.
Los datos que descolocan
El intercambio deja cifras incómodas. Se afirma que una parte nada desdeñable de hombres lleva
15, 20 o incluso más años sin ningún tipo de relación afectivo-sexual, y que hay quienes no la han tenido nunca. A eso se suma el cálculo sobre la duración media de las parejas y la constatación de que, en según qué entornos, encontrar a alguien con quien compartir ideas se antoja una posibilidad astronómica.
El caso que activó muchas de estas reflexiones fue una muerte reciente: la del actor de
Dawson crece, fallecido a los
48 años y con una familia visible. Ver esa imagen, admiten varios, dispara la pregunta que nadie quiere hacerse. También se cita a Lope de Vega —«A mis soledades voy, de mis soledades vengo»— como bandera de quienes reivindican el aislamiento, y a un empresario conocido por sus proyectos fuera de lo común como ejemplo de que la soledad, bien gestionada, no tiene por qué ser una derrota.
Queda un dato para la reflexión. Quienes defienden la vida en soledad como forma superior de libertad suelen tener la puerta abierta para volver a la vida social cuando quieran. Los que la padecen, no. Y entre ambos, una certeza incómoda: hay quien sitúa lo mejor de su vida entre los 10 y los 20 años. Lo que vino después es otra cosa.