Bebidas energéticas: el café de los adolescentes que nadie regula
Un participante cuenta que entró en una papelería a media mañana y vio a dos adolescentes pidiendo una bebida energética fría. Eran las nueve y pico. Ese detalle, repetido en cualquier barrio con institutos cerca, es el punto de partida de una discusión que toca fibra sensible: qué le ven los chavales a un producto que, según sus defensores, no sabe a nada y, según sus críticos, es una droga legal con envoltorio de colores.
La primera tesis que se lanza es la del sabor.
«Saben a medicamento», resume la apertura del asunto, y añade que ni siquiera tienen una sustancia interesante que justifique el precio, a diferencia de un refresco de cola o de naranja, que al menos
aparentan. El contraargumento llega rápido: el sabor es lo de menos. Lo que se busca es el
chute de cafeína, y ahí la conversación se vuelve química, económica y hasta antropológica.
¿Cuánta cafeína tiene realmente un Monster?
La pregunta planea durante todo el intercambio sin una respuesta cerrada. Un participante sostiene que
un Monster equivale a tres tazas de café y que hay quien se toma tres latas en un solo día, lo que a su juicio se parece bastante a meterse un tiro de coca. Otro matiza que la taurina, lejos de ser un estimulante, actúa como relajante, y que para un subidón real rinde más el té que el propio café. La discusión deriva hacia la demonización: hay quien ve en el rechazo a estas bebidas la misma pulsión regulatoria que persigue a los vapers, con el argumento de que
está comprobado que son más sanos y aun así se quieren controlar.
El dato que sí aparece, aunque sin verificación externa, es el de la cápsula de cafeína:
200 miligramos bastan para provocar taquicardia en quien lo cuenta, que reconoce abrirla y tomarse la mitad. El efecto tarda unos 45 minutos, dura lo suficiente para escalar una montaña y cae de golpe después, con un cansancio que obliga a dormir como un bebé. La anécdota más extrema del asunto: esnifarla por una urgencia de mantenerse despierto, con subidón rápido y dolor de nariz a juego.
El desayuno de las nueve y pico
El escenario se repite. Adolescentes que han dormido mal, que han estado hasta las tantas con el móvil, que necesitan mantener los ojos abiertos en clase.
Madrugar, aguantar la chapa por horas, necesitar energía rápida: los ingredientes están servidos. La lectura generacional añade otra capa: antes los chavales tenían coche y se iban a la discoteca a tomar una copa; ahora van con patinete a comprarse una lata y se la toman en un banco del parque. El poder adquisitivo se ha estrechado y el ritual se ha abaratado.
Frente a eso, la tesis del abuso. Hay quien avisa de que el consumo temprano de estos productos pasará factura en forma de
problemas de hígado y patologías propias de cuarentones a partir de los 24 o 26 años, cuando las células ya no están tan potentes. La respuesta desde el otro lado es la misma que se da con el café, la cerveza o el whisky: el problema no es la bebida, es la dosis. Nadie se pregunta por qué a unos les gusta la ginebra y a otros les parece un jarabe.
La diabetes que no es solo hereditaria
El hilo se enreda en un asunto sanitario de fondo. Se afirma que la diabetes no es para nada hereditaria y que su incidencia es directamente proporcional a cómo te hayas cuidado de joven. La corrección llega con datos:
con un progenitor diabético la probabilidad de heredarla ronda el 50%, y si la padecen ambos, se acerca al 80%. El ejemplo que se pone es el de un padre diabético que cuidó su dieta toda la vida, en una época en la que las bebidas azucaradas y los procesados no eran moneda común. La conclusión que se extrae: la genética pesa, pero el entorno y los hábitos también.
El caso concreto que se cuenta es el de una persona con un soplo cardiaco que reaccionaba mal a una lata concreta y, sin embargo, toleraba sin problema una taza de café. La anécdota sirve para ilustrar que no todas las bebidas estimulantes afectan igual, y que generalizar a partir de una experiencia individual es un deporte de riesgo.
El negocio: ¿de dónde sale la pasta de Red Bull?
La pregunta económica aparece sin respuesta. Alguien se pregunta de dónde ha salido la fortuna de Red Bull si no se ve tanto consumo como para amasar semejante patrimonio. ¿Diversificación? ¿Herencia? Las cuentas no salen a simple vista. Lo que sí se constata es el precio:
las latas han subido bastante, y hay quien ha migrado a la cápsula de cafeína, que sale a unos
0,08 euros la unidad. La comparación es implacable para el fabricante de refrescos.
También se cuela la política en la conversación, como suele pasar. Un sector defiende que el Estado no debería prohibir nada y que cada adulto es responsable de lo que se mete; otro recuerda que la industria lleva décadas patrocinando eventos deportivos para asociar la lata con el rendimiento. La misma promoción que hace medio siglo vendía cigarrillos con dibujos animados.
El punto exacto donde el análisis se atasca es el de siempre: nadie discute que la cafeína es una droga, pero casi nadie acepta que la solución sea prohibirla a los menores de 18. La escena de la papelería a las nueve y pico seguirá repitiéndose, con o sin ley, porque el sueño adolescente no se arregla con un prospecto.