Badajoz marca 46 grados y el asfalto se convierte en el termómetro del verano
El 4 de agosto de 2018, a las 17:10 de la tarde, el termómetro de Badajoz capital alcanzó los 46 grados. Era el registro más alto desde 1920, cuando empezaron a anotarse las temperaturas de la ciudad. Ese mismo día, El Granado, un municipio onubense de 550 habitantes, se llevó el título nacional con 46,6 grados. La noticia, publicada por Europa Press y recogida por medios como El Mundo y La Sexta, encendió una discusión que va mucho más allá de la anécdota meteorológica: ¿es esto cambio climático, es verano de siempre o es que hemos talado los árboles que nos daban sombra?
De la rebequita al edredón: cómo ha cambiado el verano en Badajoz
La hemeroteca es tozuda. Un participante rescata los datos de Sevilla Tablada de agosto de 1977: aquel mes no se alcanzaron los 40 grados en ningún día y solo hubo tres noches tropicales, todas en septiembre. La mínima más alta fue de 20,4 grados el día 7. Cuatro décadas después, Badajoz encadena jornadas con mínimas que no bajan de los 23 y máximas que superan los 42. La comparación no es menor: en los años setenta, salir por la tarde en agosto en la capital pacense requería, según la memoria popular, una rebequita. Hoy, ni de noche.
El registro de 2018 no fue un pico aislado. Ese mismo verano, Montoro (Córdoba) marcó 42,7 grados; Mérida, 42,6; Bailén, Fuentes de Andalucía y Almadén rondaron los 42,5. La segunda ola de calor de aquel agosto parecía no tener fin. Y la discusión sobre si esto es normal o excepcional sigue abierta.
¿Por qué las ciudades se convierten en hornos? El papel del adoquín
Una de las corrientes más repetidas en el análisis no apunta al cielo, sino al suelo. La tesis es sencilla: los ayuntamientos han ido eliminando parterres, arbustos y árboles maduros para sustituirlos por adoquines y cemento. Menos sombra, menos evapotranspiración, más superficie que absorbe calor durante el día y lo libera por la noche. El resultado es una isla de calor urbana que agrava cualquier episodio meteorológico.
«Primero los deja morir o los mata directamente y luego los elimina y pone adoquines para que nadie se acuerde de como era antes la zona», resume un participante con grafía propia del foro. La queja no es exclusiva de Badajoz: se repite en otras ciudades españolas. Hay quien sostiene que estas decisiones urbanísticas responden a un criterio estético —el adoquín como símbolo de modernidad— y quien añade una sospecha más incómoda: que el aumento de temperatura medido en los termómetros urbanos sirve para reforzar el relato del cambio climático. Esa segunda parte no está respaldada por pruebas; se trata de una opinión que circula sin verificación.
El negacionismo climático y sus argumentos de siempre
No todos los mensajes aceptan la relación entre el calor y el clima. Una parte de los participantes minimiza el fenómeno: «una ola de calor en verano... lo nunca visto», ironiza uno. Otro apunta que «aquí siempre ha hecho calor desde que yo recuerde». La alerta roja, según esta corriente, sería una herramienta política más que meteorológica.
Frente a ellos, los datos. La AEMET confirmó que Badajoz batió su récord histórico desde 1920. La ola de calor de agosto de 2018 fue la segunda del verano y afectó a buena parte de la península. Que haga calor en verano en Extremadura no es noticia; que se rompan récords centenarios, sí. La discusión, sin embargo, no se cierra: hay quien recuerda que en los años setenta también había veranos duros y quien responde que la frecuencia e intensidad de las olas de calor ha cambiado.
Badajoz, ¿una ciudad para vivir? El debate sobre el secarral
Más allá del clima, el asunto deriva hacia una pregunta incómoda: ¿tiene sentido vivir en una ciudad con estas temperaturas? «Hay que ser triste para vivir en ese secarral», sentencia un mensaje. La respuesta no se hace esperar: «Estoy en Badajoz. Y haciendo vida normal». La defensa de la vida en la capital pacense convive con la constatación de que el Guadiana, a su paso por la ciudad, lleva cada vez menos agua.
El perfil demográfico también juega. Una intervención apunta que la población española envejece y que los mayores toleran peor las temperaturas extremas, lo que multiplicará las quejas y los problemas de salud en los próximos años. No es una predicción descabellada: Badajoz tiene 150.570 habitantes y una de las tasas de envejecimiento más altas del país.
El termómetro de Badajoz marcó 46 grados aquel 4 de agosto. El Granado, con 550 habitantes, llegó a 46,6. La diferencia entre ambos registros es de seis décimas. La diferencia entre el verano de 1977 en Sevilla y el de 2018 en media España es bastante mayor. Y la discusión sobre qué parte de culpa tiene el clima y qué parte el adoquín sigue sin resolverse.