Alemania encadena calor extremo y los Verdes ya mandan en los sondeos
Una ola de calor sin precedentes en
Alemania y, por primera vez, el partido Verde encabezando las encuestas por delante de la democracia cristiana. Ese cóctel —verano asfixiante más auge electoral ecologista— es el que disparó un debate que sigue coleando años después: cuánto de ese calor es culpa del CO2 y cuánto se traduce en impuestos, subvenciones y negocios forzados. Porque el termómetro, al final, siempre acaba pasando factura a alguien.
La tesis de partida era rotunda: Alemania transita hacia un clima mediterráneo y España, hacia una prolongación del Sáhara.
Dos años seguidos de sequías brutales y temperaturas desconocidas alimentaban el relato, al que se sumaba otro ingrediente incómodo: buena parte de la migración africana se explicaba por cosechas arruinadas. Una corriente del análisis liga el deterioro agrícola del continente al desplazamiento de población; otra lo discute y apunta a factores de otra índole. Ninguna de las dos se impuso.
Cuando la anécdota meteorológica tumba la tesis del clima
El contraataque llegó desde el termómetro doméstico.
León amanecía lloviendo en pleno agosto del «nuevo Sáhara», con un verano nublado y una borrasca otoñal a finales de mes. El argumento se repetía: si el clima se desboca, ¿cómo se explica el agua? En la misma línea se rescataban inviernos recientes con canales helados en Ámsterdam —
algo que no ocurría en décadas— o nevadas en puntos del Mediterráneo que no las veían desde hacía un siglo.
El problema, apuntan otras voces, es confundir tiempo con clima. Un chaparrón de agosto no refuta una tendencia de décadas, del mismo modo que un día tórrido no la confirma. La discusión, sin embargo, rara vez sube a ese nivel.
El dilema del que deja de emitir mientras otros queman carbón
Aquí el cansancio es casi general. ¿Para qué recortar emisiones en Europa si el grueso del problema está a miles de kilómetros? Los números que se manejan en la discusión son estos:
Alemania aporta en torno al 2% del CO2 global, Europa en su conjunto un 10%, y China, India y Estados Unidos se reparten la mitad. El razonamiento del efecto llamada es mecánico: si uno deja de quemar combustible, el sobrante abarata el litro para el vecino.
De ahí sale la acusación más repetida contra el capitalismo verde: blanquear el sistema sin tocar el fondo. Y la constatación de que el esfuerzo recae sobre el contribuyente europeo mientras los grandes emisores siguen a lo suyo. Frente a eso, se responde que la transición crea empleo, desarrolla tecnología puntera y reduce la dependencia de comprar energía fuera. Es el choque entre quien mira la factura de hoy y quien mira el balance de la próxima década.
Los datos de lluvia que no cuadran con el relato
Frente a las proclamas apocalípticas, un puñado de cifras.
Berlín cerró 2018 con 938 litros por metro cuadrado, muy por encima de lo habitual, y solo en agosto cayeron
104 litros. El dato sirve para pinchar tanto la euforia climática como el pánico por la sequía.
Hay quien recuerda, además, que los expertos vaticinaban hace una década que en 2018 ya no nevaría por debajo de los 2.000 metros. No fue el caso. La conclusión de esta corriente es incómoda para todos: el clima cambia, siempre lo ha hecho, y la discusión sobre su velocidad se ha convertido en un campo de batalla donde cada cual elige los datos que le convienen.
Del CO2 como «contaminante» al negocio del coche eléctrico
El salto del termómetro al bolsillo fue rápido. Una parte sostiene que el
CO2 no es un contaminante —es esencial para la vida, alegan, y sus niveles atmosféricos están en mínimos históricos—, mientras la otra replica que esa no es la cuestión. Donde casi todos parecen coincidir es en el rastro del dinero: la reconversión del automóvil como gigantesco negocio, con puntos de recarga, baterías y subvenciones.
Se cita el rescate de la industria automovilística alemana, cifrado por algunos en
50.000 millones de euros, y el tirón comercial de los SUV eléctricos de dos toneladas. Una corriente más dura sostiene que, si de verdad hubiera preocupación medioambiental, los directivos implicados en el escándalo del diésel ya estarían juzgados. Conviene precisar que se trata de una opinión vertida en el debate, no de una resolución judicial firme.
Los Verdes como amenaza electoral y el coste de la transición
La pata política del asunto tiene su propia lectura. Hay quien interpreta que los partidos tradicionales, en lugar de desmontar el relato, se han apuntado a él para frenar el ascenso ecologista: cuanto más verde el discurso, menos espacio cede el rival. Es una hipótesis, no un hecho probado, pero explica por qué la agenda climática ha colonizado programas que hace una década la ignoraban.
El temor de fondo es económico: cargarse la industria con costes energéticos y regulatorios en nombre de un objetivo global que nadie más respeta. La contra replica que quien se quede atrás en la tecnología limpia perderá el tren de la próxima década. Nadie ha cerrado la ecuación.
Siete años después: embalses llenos y el desierto que no llegó
El tiempo terminó de desactivar el tono profético. Releídas años más tarde, las alertas de desertificación chocan con lo observado entonces:
Sevilla encadenaba tres meses con casi tantos días de lluvia como sin ella y aún quedaban dos semanas de agua. Los embalses, se ironizaba, aparecían llenos justo cuando tocaba «vivir en un desierto». La
amnesia climática —ese olvido interesado de los episodios extremos del pasado— se usó en los dos sentidos según convenía.
De lo que casi nadie duda es de que el tema dejó de ser meteorología para convertirse en combate político, factura eléctrica e impuesto. El calor de Alemania mutó en programa electoral.
Con estas piezas, el puzle sigue sin cerrarse. Las predicciones más catastrofistas no se cumplieron en el plazo anunciado, pero la discusión sobre el clima como excusa fiscal —y sobre quién paga la transición— no ha hecho más que empezar.