Medio millón de ictus que la ciencia atribuye al termómetro
Un estudio publicado en la revista
Neurology sostiene que las variaciones de temperatura podrían estar detrás de 521.031 muertes por ictus en 2019 y de 9,4 millones de años de vida perdidos. El dato, presentado como una relación estadística y no como una causa probada, ha caído en un contexto donde cualquier mal contemporáneo busca su casilla climática. La mayoría de esos decesos —474.002— se asocian a temperaturas por debajo de lo normal, no a las olas de calor.
Qué dice exactamente el estudio sobre el ictus y la temperatura
El autor principal, Quan Cheng, del Hospital Universitario Xiangya en Changsha (China), analizó tres décadas de información médica de más de 200 países y territorios. La conclusión: los infartos cerebrales se disparan cuando la temperatura cae en picado, porque el frío constriñe los vasos sanguíneos y eleva la presión arterial, un factor de riesgo conocido. En el otro extremo, el calor extremo deshidrata, altera los niveles de colesterol y reduce el flujo sanguíneo, lo que también puede desembocar en un ictus.
Los autores insisten en que la asociación no implica causalidad y piden seguir investigando. Entre las medidas que sugieren está limitar el uso de combustibles fósiles o la deforestación. La letra pequeña importa: el estudio mide muertes y discapacidad atribuibles a temperaturas fuera de la norma, no a un supuesto calentamiento global como causa directa.
Asia Central concentra la mayor mortalidad
Por regiones, Asia Central acumula 18 muertes por ictus relacionadas con la temperatura por cada 100.000 habitantes, la cifra más alta del planeta. Macedonia del Norte lidera el ranking por países con 33 decesos por 100.000. En el reparto por sexo, de cada 100.000 muertes vinculadas al mercurio, 8 corresponden a hombres y 6 a mujeres.
Ese patrón geográfico desvía la atención hacia factores que el titular climático deja en segundo plano: dietas ricas en carne roja y grasas saturadas, sistemas sanitarios desiguales y poblaciones envejecidas. El propio Cheng admite que las zonas con más desigualdad en servicios médicos son las más castigadas.
El escepticismo: del «cambio climático» a la correlación universal
La reacción no se ha hecho esperar. Buena parte del análisis crítico señala que los descensos bruscos de temperatura siempre han sido malos para el corazón, algo que en Rusia se sabe desde hace décadas: si hoy estás a cero grados y mañana a menos veinticinco, cuidado. La novedad no sería el hallazgo, sino el envoltorio.
El argumento más repetido es el de la correlación universal. Una vez que el cambio climático se da por hecho como variable omnipresente, cualquier fenómeno que haya empeorado en los últimos años puede colgarse de él. Hay quien lleva el razonamiento al absurdo: si todo se explica por el clima, también podrá explicarse que suban los intereses o los seguros. La sospecha de fondo es que el clima funciona como comodín para no hablar de las causas que incomodan.
La paradoja de los pantanos y el clima como explicación total
En paralelo al debate sanitario, la conversación derivó hacia la sequía y la gestión del agua. Un sector sostiene que las restricciones responden a decisiones políticas y no a la falta de lluvia, mientras otro recuerda que los embalses llegaron a rozar el 10% de su capacidad y que las lluvias de marzo solo han supuesto un balón de oxígeno. El cruce de acusaciones ilustra el mismo mecanismo: cada bando elige la variable que le conviene.
La discusión también dejó un rastro más incómodo. Varios mensajes describen un goteo de infartos e ictus en el entorno cercano, con personas que no han muerto pero ya no son las mismas. Ese testimonio, imposible de verificar, apunta a una percepción social del problema que ningún estudio recoge.
Con estos mimbres, lo previsible es que el ictus siga apareciendo en titulares climáticos y que la presión arterial siga subiendo cuando baja el termómetro. La diferencia entre ambas cosas es la que separa un factor de riesgo de una consigna.