Madrid planea jornada partida y 1º y 2º de la ESO en los colegios
¿Tiene sentido meter a un crío de 12 años en el mismo edificio hasta los 16, con jornada partida, comedor y clase por la tarde? El plan que la Comunidad de Madrid ha puesto sobre la mesa para los nuevos colegios de infantil y primaria responde que sí: jornada partida, incorporación de 1º y 2º de la ESO —lo que en su día fueron 7º y 8º de EGB— a esos centros en lugar del instituto, y el propósito declarado de extender el modelo a los colegios que ya existen. El argumento oficial es «proteger» a los menores. El argumento real, según se lee entre líneas, es otro: retener al alumnado dos años más bajo un claustro de maestros antes de soltarlo en secundaria.
La medida toca tres cosas a la vez y ninguna es menor: el horario, la etapa educativa y la organización de los centros. En Madrid se mezclan ahí competencias autonómicas plenas sobre aspectos organizativos con un currículum que viene fijado por ley orgánica estatal y que la comunidad no puede reescribir, solo ampliar. Es decir, se puede mover al alumno de edificio, pero no cambiar lo que aprende.
Qué cambia exactamente con la vuelta de la EGB en Madrid
El núcleo del plan es sencillo de enunciar y complicado de ejecutar. Los nuevos colegios de infantil y primaria nacen con jornada partida, mañana y tarde. A ellos se incorporan los dos primeros cursos de la ESO, de modo que el alumno no cambia de centro a los 12 años. La intención confesada es replicar el esquema en los centros ya existentes, lo que multiplica el alcance.
Hay un detalle que se pierde en el titular y que cambia el cálculo: la jornada partida obliga a comer en el centro a cientos de niños que antes volvían a casa. Pasar de 50 o 100 comensales a más de 400 no es un ajuste administrativo. Exige duplicar instalaciones de comedor y plantilla de monitores, y eso se traduce en una factura mensual para las familias que, según un cálculo que circula en el hilo, ronda los 150 o 200 euros por hijo entre comedor y guardería de mediodía. A eso se suman las extraescolares y, en muchos casos, el profesor particular. El ahorro de conciliación que algunos celebran lo pagan otros.
Jornada partida frente a jornada continua: el pulso que nadie gana
Aquí el asunto deja de ser pedagógico y se convierte en un choque de modelos de vida. Un bloque defiende la jornada continua porque el niño descansa más, come en casa, tiene tiempo libre, puede hacer deporte o estudiar sin llegar reventado a las cinco de la tarde. El otro bloque responde que millones de españoles trabajan a jornada partida y no entienden por qué el sistema educativo debería ser una excepción, ni por qué un crío de 11 años tendría que levantarse a las siete y comer a las tres de la tarde para que un colectivo mantenga su horario privilegiado.
La ironía es que la jornada partida ya existe de facto para muchas familias: las que pagan comedor y extraescolares para no recoger al niño a mediodía. El cambio no crea esa realidad, la institucionaliza. Y de paso la factura, que antes era voluntaria, pasa a ser estructural.
El nivel educativo: la LOGSE, la EGB y el libro de texto que se encoge
El hilo deriva rápido hacia el terreno de siempre: si la EGB funcionaba y la ESO nunca ha funcionado. La comparación se apoya en un dato doméstico y difícil de rebatir: los libros de texto de hace dos cursos se usaban después como material de repaso, porque el contenido se había ido diluyendo curso a curso. Quien estudió con los manuales de un hermano mayor sabe de qué se habla.
La tesis dominante es que la LOGSE abrió la puerta a meter a todos hasta los 16 en el aula, y que para que nadie suspendiera se bajó el listón. El resultado, según esta lectura, es un sistema que titula a gente sin base, con faltas de ortografía que antes costaban puntos y hoy no penalizan ni en un trabajo de fin de máster. La contrarréplica es que la sociedad de la EGB no era esta: menos alumnado, menos diversidad en el aula, más presión social para estudiar o ponerse a trabajar. Comparar ambos mundos sin ese contexto es trampa.
El argumento incómodo: separar al que no sigue el ritmo
Debajo del debate pedagógico hay uno más duro que casi nadie quiere poner por escrito. Si los dos primeros cursos de la ESO se quedan en el colegio, el alumno conflictivo o repetidor se queda también. Y el que llega a secundaria lo hace ya filtrado. Hay quien lo dice sin rodeos: la medida sirve para que los que no siguen el ritmo no contaminen las aulas del instituto, y para que a los 16 salgan al mercado laboral sin haber pasado por la ESO.
Ese razonamiento choca con la realidad económica: la educación es obligatoria hasta los 16 y a esa edad prácticamente nadie trabaja. Antes, a los 14, el que no valía para estudiar se ponía a trabajar y cubría la demanda de mano de obra que hoy falta en hostelería y oficios. Ahora se queda en el sistema hasta los 16 y, en muchos casos, hasta los 18 o 20, en diversificación o en ciclos que no siempre colocan.
Quién paga la factura de la conciliación
La medida se vende como una ayuda a las familias que trabajan. Y es verdad que hay padres que necesitan dejar al niño a las ocho y recogerlo a las cinco, y que la jornada partida les resuelve la vida. También es verdad que ese servicio no es gratis: comedor, monitores, extraescolares y actividades de relleno salen del bolsillo de quien los usa, y el que no los usa los acaba pagando igual porque el horario ya no le deja alternativa.
El reverso es el grupo de padres que sí tiene tiempo o abuelos y que pierde la opción de tener al hijo en casa a mediodía. La jornada continua no era un privilegio de profesores; era también la libertad de organizar la tarde del niño como cada familia quisiera. Con el modelo nuevo, esa libertad se estrecha.
Al final, la pregunta no es si la EGB era mejor. La pregunta es si se puede reconstruir un sistema educativo de hace cuarenta años en una sociedad que ya no se le parece en nada, con la misma jornada, el mismo alumnado y la mitad de la autoridad. Se puede intentar. Lo que no se puede es llamarlo protección y pasar la factura a los padres.