Bajar el alcohol a 0,2: un tercio de cerveza ya daría positivo
Un tercio de cerveza. Cien mililitros de vino. Una copa de vermú de 70 mililitros. Cualquiera de esas tres cantidades bastaría para que un conductor de entre 70 y 90 kilos alcance la nueva tasa de 0,2 gramos por litro de sangre que Interior propone rebajar desde los 0,5 actuales, según un cálculo del Real Automóvil Club de España recogido por la prensa. La consecuencia sería inmediata: la frontera entre beber y no beber al volante se estrecharía hasta desaparecer para la mayoría de conductores.
La medida ha abierto un frente que va mucho más allá de la seguridad vial. Hay quien la lee como una
prohibición encubierta: si se quiere prohibir, que se prohíba sin tapujos, sostiene un nutricionista citado en la prensa, que recuerda que otros países europeos ya han fijado la tasa en 0,0. El argumento contrario, expresado por otros participantes, es que un 0,0 frontal sería impopular y que el 0,2 permite mantener la ficción de que algo se puede beber.
Qué significa exactamente un 0,2 de alcohol en sangre
La cifra no es un umbral abstracto. Con la tasa actual de 0,5 gramos por litro —0,3 para conductores noveles— el margen equivale aproximadamente al doble de esas cantidades. Con el 0,2, el margen se reduce a la mitad y dejaría fuera de juego a cualquier comida con vino, a la caña del aperitivo y al vermú del domingo. La pregunta que sobrevuela el debate es si esa reducción responde a un problema real de siniestralidad o a una operación de imagen.
El director de la DGT, Pere Navarro, ha declarado que con los nuevos límites «no se podrá beber absolutamente nada» y ha pedido huir de las disquisiciones sobre cómo el sexo o la edad afectan a los niveles de alcohol. También ha señalado que no cree que la reducción entre en vigor este año. La propia autoridad reconocería, en otras palabras, que el 0,2 funcionaría en la práctica como un 0,0.
El seguro, las multas y el negocio de la norma
La primera consecuencia económica que señalan algunos participantes no está en la sanción, sino en la póliza. Con una caña de más, cualquier percance dejaría al conductor en una posición vulnerable frente a su aseguradora, que podría lavarse las manos y no cubrir el siniestro, sostienen. El argumento se repite: aunque el culpable sea el otro, el positivo por alcohol convertiría al conductor en responsable económico de por vida. Es el efecto disuasorio que no aparece en las estadísticas oficiales.
La segunda consecuencia que se apunta es recaudatoria. La sospecha de que la rebaja busca multiplicar las multas sobre una base de conductores mucho mayor recorre buena parte del análisis. El sistema de sanciones, se argumenta, es lo menos progresista que existe: mil euros son calderilla para un futbolista y una ruina para un trabajador. Si el umbral baja y la multa se mantiene, el número de infractores potenciales se dispararía sin que nadie haya tocado el importe.
Alcohol, drogas y el doble rasero de los controles
La comparación con otras sustancias aparece pronto. Con las drogas, el criterio es la presencia, no la afectación: da igual haber esnifado una cantidad mínima o seis gramos, o haberse fumado un porro o veinte. Basta con que el test dé positivo. Si ese criterio se aplicara al alcohol, la coherencia exigiría el 0,0 y no un 0,2 de compromiso. Quien defiende el nuevo límite lo presenta como un paso hacia esa coherencia; quien lo critica, como una forma de contentar a todos sin contentar a nadie.
El reverso de ese argumento es incómodo: si se hicieran controles sistemáticos de ansiolíticos, benzodiacepinas y antidepresivos, una parte muy relevante de los conductores perdería el derecho a conducir, según sostiene un participante. La pregunta de fondo es por qué el alcohol concentra la vigilancia mientras otras sustancias que también afectan a los reflejos circulan sin control.
El transporte público que no llega y el coche como castigo
La norma choca con una realidad que no depende de la voluntad del conductor. En muchas ciudades, un trayecto de quince minutos en coche se convierte en una hora en autobús por las frecuencias y los recorridos, según la experiencia que relata un participante. De noche, la alternativa es el taxi, que no da abasto. Sin una red de transporte público a la altura, la prohibición efectiva del alcohol al volante se traduciría en menos vida social, más aislamiento y más presión sobre quien vive lejos del centro.
La queja de fondo no es solo sobre el alcohol. Es sobre la sensación de que conducir se ha convertido en una actividad de riesgo jurídico permanente: mil sanciones posibles, límites que se estrechan, controles que se multiplican y una administración que trata al conductor como sospechoso habitual. La pregunta que queda sin respuesta es hasta dónde se puede apretar antes de que el coche deje de ser un instrumento de libertad y se convierta en una carga.
El punto exacto donde el análisis se atasca es este: nadie discute que el alcohol afecta a la conducción, pero hay quien sostiene que no está demostrado que un 0,2 sea más seguro que un 0,5 en términos de siniestralidad real. La norma avanza igual. Y con ella, la sospecha de que el objetivo no era la carretera.