Los tres reactores de Chernóbil siguen necesitando luz para enfriarse
Hay una paradoja que desmonta cualquier imagen previa de Chernóbil: la central que dejó de generar electricidad hace años sigue necesitando que alguien se la suministre. Los técnicos de la red ucraniana no se atreven a acercarse a reparar los tendidos que la alimentan porque los combates continúan en la zona. Dentro, la plantilla acumula
trece días sin relevo. Agua y comida aguantan; los turnos, no. Y sin corriente exterior, el sistema de refrigeración del núcleo deja de funcionar.
El reactor cuatro es el que quedó sepultado tras el accidente de 1986. Los otros tres —el uno, el dos y el tres—
siguieron produciendo hasta el año 2000 y todavía se enfrían para poder desmantelarlos. Ese proceso consume energía. Cuando el suministro exterior falla, entran en juego los generadores diésel de emergencia: según el cálculo que circula en el hilo, autonomía para un par de días. Después, el combustible gastado empieza a calentarse. No hay una explosión inmediata, pero la cuenta atrás arranca.
Por qué una central apagada necesita electricidad
La intuición dice que un reactor parado es un reactor inerte. No funciona así. El combustible usado, incluso después de años fuera del ciclo, sigue desprendiendo calor y se guarda en piscinas que hay que mantener frías. Esa refrigeración depende de un aporte eléctrico continuo, igual que en cualquier central de su época una vez desconectada de la red.
De ahí el aviso ucraniano sobre una posible fuga radiactiva si no se restablece la corriente. Y de ahí que el argumento más repetido —«los reactores no están activos, luego no hay peligro»— se quede a medias. Precisamente porque no están activos necesitan que alguien les lleve la energía que antes generaban ellos mismos. Los dos hechos conviven: no hay reacción en cadena y sí hay material que se calienta.
¿Sirve de algo comprar yodo en la farmacia?
Sirve, pero no como se cree. El yodo no bloquea la radiación ni protege de ella: lo único que hace es
saturar la tiroides para que deje de captar el yodo radiactivo procedente del ambiente. Es un bloqueo tiroideo, no un escudo.
El problema está en la dosis. El yodo que se vende para pacientes con problemas de tiroides o para embarazadas se mide en microgramos. En una emergencia se necesitan varios miligramos. Un solo miligramo equivale a mil microgramos, de modo que harían falta
cientos de esas pastillas para acercarse a la dosis de protección. La pastilla adecuada existe, pero no es la misma que hay en la estantería.
El pulso por la gravedad del corte
Aquí el relato se parte en dos. El Gobierno ucraniano alertó de una posible fuga radiactiva si no se restauraba el suministro. El Organismo Internacional de Energía Atómica, dependiente del sistema de Naciones Unidas, rebajó esa lectura: consideró que no existe un impacto crítico para la seguridad en ese momento, entre otras cosas porque los reactores no están en funcionamiento.
Con esos mimbres, la controversia es inevitable. Hay quien lee en el aviso ucraniano una operación para elevar la gravedad del episodio. Enfrente pesa el detalle técnico: que los reactores estén parados no elimina la necesidad de refrigerar el combustible gastado. Unos miran el titular; otros, la física.
El sarcófago cubre el reactor, no el problema
La confusión de fondo es vieja. El sarcófago se levantó sobre el reactor cuatro, el que quedó al descubierto en 1986, no sobre el complejo entero. Los reactores uno, dos y tres quedaron fuera de esa estructura y mantuvieron su actividad hasta 2000. Ahora están en fase de desmantelamiento, con el combustible usado aún caliente y a expensas de un suministro que puede cortarse.
De todo el ruido del episodio, un dato se sostiene sobre los demás: la planta necesitaba corriente externa para refrigerar y la corriente dependía de unos tendidos a los que nadie podía acercarse. Trece días de plantilla encerrada y un par de días de diésel no son un guion de película. Son una cuenta corriente de energía que se agota.