El 120% de Ana Botín: una heredera da lecciones de mérito
Cuando una mujer se postula a un puesto, está cualificada al 120%; un hombre, al 50% de lo necesario. La frase la firma
Ana Patricia Botín, presidenta del Banco Santander, y no salió de una barra de bar: la soltó la heredera de una de las mayores fortunas del país, sentada en un sillón que antes ocupó su padre,
Emilio Botín. Y la reacción no se centró en el porcentaje. Se centró en quién tiene autoridad moral para decirlo.
Qué dijo Ana Patricia Botín y por qué genera tanto rechazo
La afirmación atribuye a las mujeres una cualificación muy superior a la de los hombres en el acceso al empleo. Es el tipo de frase que, en boca de una directiva sin apellido ilustre, habría pasado desapercibida o se habría leído como una crítica al sesgo de contratación. En boca de Botín, se leyó como otra cosa. Como el enésimo ejemplo de quien predica esfuerzo desde el palco.
El argumento más repetido no niega que exista un doble estándar. Al contrario: hay quien sostiene que el problema real es justo ese, que se exige más a las mujeres para reconocerles la mitad. Lo que se rechaza es que lo diga alguien que, según esa misma lógica,
debería ser el caso contrario. El personaje devora el mensaje.
¿Por qué se cuestiona su mérito para presidir el banco?
Porque al currículum le precede un apellido. El recorrido profesional de la presidenta del Santander arranca, para buena parte de la crítica, en el despacho de su padre. Su llegada a la cúpula no pasó por un proceso abierto de selección: pasó por una sucesión familiar. Ese es el punto que ha convertido una frase sobre contratación en una discusión sobre legitimidad.
Y ahí entran los números que manejan los críticos.
Según un cálculo que circula en el debate, desde que Ana Botín preside el banco el valor de la entidad se ha desplomado un 66% en bolsa, frente al 30% del IBEX en el mismo tramo. Otro cálculo que circula lo resume de forma más cruda: la acción pasó de los 7 euros a los 3,5. Su defensa se apoya en lo contrario, en que estaba sobradamente preparada y que el historial lo demuestra. Los dos relatos conviven sin reconciliarse.
La meritocracia como relato de las élites
El debate escaló cuando alguien trajo a colación el origen del concepto de privilegio blanco: una académica estadounidense de posición acomodada que enumeró sus ventajas sin caer en que muchas no venían del color de piel, sino de la cuenta corriente. El paralelismo se aplicó sin pudor al feminismo de despacho: la igualdad contada desde arriba, que confunde techo de cristal con escalera de servicio.
Ahí aparecen los ejemplos que han llenado el intercambio. Hay quien relata aulas de ingeniería donde los profesores se aprendían el nombre de las pocas alumnas y las tutorizaban mientras al resto les llamaban «eh, tú», y promociones donde había compañeros dispuestos a cargar con el trabajo pesado. El ajedrez como termómetro, según otro participante: un deporte puramente mental, sin ventaja física, y aun así sin presencia femenina en lo más alto del ránking. Nadie discute que existan desventajas. Se discute el diagnóstico y, sobre todo, el mensajero.
Del malestar al bolsillo: cuentas que se van
El disgusto no se quedó en palabras. En la conversación aparecen clientes dispuestos a cerrar su cuenta y llevarse el dinero a otra entidad, aun admitiendo que todas se parecen. También quien apunta que la política de contratación del propio banco contradice el discurso, y quien recuerda que la entidad arrastra una imagen pública discutida desde dentro mismo, según los relatos de empleados de larga trayectoria.
Curiosamente, la presidenta hizo su propia lectura del mercado.
Compró un millón de acciones del Santander, unos 3,6 millones de euros, justo cuando la cotización se hundía: un recordatorio de que hay gestos que no están al alcance del 99% que sí puede postularse a un puesto de trabajo.
Cierre y dato: con este historial, la reflexión sobre el 120% y el 50% deja una cifra incómoda. Si la cualificación se mide en resultados, la acción bajó a la mitad, según ese mismo cálculo. Y esa cuenta, sí, la puede hacer cualquiera.