Dos torques ártabros de oro aparecen al arar una finca de Betanzos
El arado de una finca de Betanzos (A Coruña) sacó a la superficie, el pasado mes de mayo, un collar rígido de oro de la Edad del Hierro. Semanas antes del 24 de octubre de 2023, otra pasada por el mismo terreno dejó al descubierto la segunda pieza. Las dos acabaron en manos de Patrimonio de la Xunta de Galicia y las dos siguen alimentando la misma pregunta incómoda:
¿qué se le debe a quien encuentra un tesoro arando su propia tierra?Qué son los torques ártabros y por qué solo se conocen 24
Los torques son collares rígidos, abiertos por delante, y fueron una de las joyas más representativas de la Edad del Hierro (siglos IX-II a.C.). Los dos de Betanzos presentan las señas del tipo ártabro: remates en forma de pera o cebolla y decoración de hilos enrollados en los tercios laterales. La tipología es rara de narices:
solo se conocen 24 ejemplares.
El primero mide 147x143 mm, tiene 11 mm de diámetro en el aro central y pesa
390,3 gramos. Su unión entre aro y remates revela una pericia técnica inferior al resto de la serie, lo que apunta a una reparación antigua. El segundo, de 161x38 mm, 18 mm de diámetro y
365 gramos, presenta terminaciones distintas entre sí —una con forma de almendra— y un metal menos noble en el interior del aro, visible por las roturas y las zonas de abrasión.
Los análisis preliminares de Xosé Lois Armada y Carlos Otero, del Instituto de Ciencias del Patrimonio del CSIC, apuntan a un oro de pureza muy alta en la primera pieza. La segunda repite el patrón clásico: oro por fuera, aleación barata por dentro.
Puro marketing metalúrgico de hace 2.500 años.¿Se puede quedar el Estado las piezas sin pagar nada?
Aquí el hallazgo deja de ser arqueología y pasa a ser derecho civil. El
artículo 351 del Código Civil establece que el tesoro oculto pertenece al dueño del terreno, pero cuando el descubrimiento es casual y se produce en propiedad ajena o del Estado, la mitad corresponde al descubridor. Y remata: si los efectos son interesantes para las ciencias o las artes, el Estado puede adquirirlos por su justo precio.
Ese «justo precio» es el nudo de todo. Hay quien sostiene que la norma obliga a una
recompensa equivalente a la mitad de la tasación, cantidad que en ese caso habría que repartir además con el propietario del terreno. En la práctica, el hallazgo no ha salido de la esfera pública: las piezas están depositadas en el Museo Arqueológico e Histórico de San Antón.
El cálculo que corre por las mesas: 400 gramos a 60 euros el gramo
Con el oro donde está, la tentación de echar la cuenta es inmediata. Un cálculo que circula atribuye a cada pieza un valor material de
unos 24.000 euros, a razón de 60 euros el gramo, lo que dejaría cerca de 50.000 euros por el par. La cifra no es oficial ni tiene en cuenta el valor histórico, que es otra cosa.
A partir de ahí se abre la vía que nadie quiere nombrar en voz alta. Fundir oro es más difícil de lo que parece, pero tampoco hace falta: basta con martillear las piezas hasta convertirlas en láminas y llevarlas a cualquier establecimiento de compra de oro. El problema es que un torque ártabro vale mucho más como objeto singular que como metal, y eso exige contactos y compradores que no están en el escaparate.
La prospección que no encontró nada y el miedo a la expropiación
La Xunta encargó una prospección arqueológica y geofísica en la parcela para comprobar si quedaba algo más.
No apareció material ni niveles antiguos. Para el propietario, ese resultado es una bendición: si el terreno hubiera dado restos suficientes, habría quedado expuesto a una declaración de interés patrimonial y a los límites de uso que lleva aparejados.
Ese temor recorre buena parte del asunto. Cambiar el estatus de una finca cultivable por el de zona arqueológica puede costar más que cualquier recompensa, y la sensación de que el hallazgo solo trae disgustos explica por qué muchos optan por callar. También sobrevuela la sospecha sobre el destino final de lo recuperado: depósitos con control desigual, restauraciones que desdibujan la pieza y vitrinas donde el objeto deja de ser de nadie.
Un hallazgo resuelto y una cifra sin cerrar
El caso está resuelto sobre el papel: dos piezas en un museo, un propietario sin más noticias y una finca que sigue siendo finca. Lo que no cierra es el número. Nadie ha puesto sobre la mesa cuánto vale de verdad un torque ártabro, cuánto estaría dispuesto a pagar el Estado por él ni cuánto cuesta, en patrimonio perdido, no pagarlo.
Ahí sigue el arado, esperando la siguiente pasada.