Una mujer es quien se siente mujer: la respuesta que no define nada
Una llamada al teléfono de atención del Ministerio de Igualdad. Al otro lado, una voz institucional. La pregunta es la más sencilla que admite un diccionario —
qué es una mujer— y la respuesta, repartida en tres entregas, dejó al medio que la formuló
sin palabras. La definición que trascendió arrastra el vicio clásico de los manuales malos: explica el término con el propio término. Una mujer es, según esa respuesta, una persona que se siente mujer.
El episodio lo difundió
E-Noticies en tres mensajes encadenados. Habría quedado en anécdota con retintín si la pregunta no estuviera ya legislada y convertida en munición electoral. Lo llamativo no es que la administración conteste con una tautología. Lo llamativo es que cualquier otra respuesta la obliga a elegir entre el diccionario y su propia ley.
Qué es una mujer según el diccionario
El Diccionario de la lengua española mantiene
cuatro acepciones. La primera y más citada: «persona del sexo femenino». La segunda añade la edad adulta. La tercera entra en terreno resbaladizo: mujer que tiene las cualidades consideradas femeninas por excelencia, con el ejemplo «¡Esa sí que es una mujer!». La cuarta es doméstica: esposa o pareja femenina habitual.
Ninguna de las cuatro habla de sentirse nada. Ahí está la grieta. Quien defiende la definición biológica se apoya en la acepción primera y da el asunto por cerrado; quien defiende la identidad sentida sostiene que el diccionario no es un tribunal. Entre ambos, la administración ha elegido una tercera vía que no es vía: repetir la pregunta disfrazándola de respuesta.
Argumento circular es la expresión que se usa para describirlo.
Qué es una mujer para la ley española
Según se lee en el hilo, para la ley española una mujer es un
régimen jurídico registral. La Ley 4/2023, de 28 de febrero, permite modificar la mención registral del sexo mediante solicitud del interesado, y fija un plazo máximo de resolución de
cuatro meses. Ni ovarios, ni cromosomas, ni útero: un expediente.
De ahí sale el argumento más incómodo, el que aparece formulado de mil maneras distintas: si la condición de mujer depende de una inscripción administrativa, entonces no es una realidad natural, sino una categoría legal que se puede solicitar y obtener. Quien lo plantea así no suele discutir los derechos de nadie; discute que una definición oficial se construya sobre un trámite.
Cromosomas XX y XY: por qué se repite tanto este argumento
La respuesta más extendida a la pregunta del Ministerio cabe en dos líneas:
XX es mujer, XY es hombre. Es la versión divulgativa de la biología, corta, verificable y difícil de discutir en la conversación cotidiana, y por eso funciona como titular.
El matiz lo pone la propia biología. Existen combinaciones cromosómicas —XXY, XYY, XXX— y cuadros de hermafroditismo que escapan al par binario. Una parte del análisis cifra esas anomalías en
uno de cada 2.000 o 5.000 individuos y recuerda que suelen cursar con esterilidad, ya que con un número impar de cromosomas es raro producir gametos viables. De ahí se extrae la conclusión de que la excepción existe, pero es estadísticamente irrelevante para organizar vestuarios, deporte o censos. Y ahí se atasca la conversación.
¿Por qué la Comisión Europea tampoco define el término?
Porque sale más barato no hacerlo. Según una información recogida entre las respuestas y atribuida a una publicación digital, la comisaria de Igualdad de la UE se negó a definir «mujer» tras una solicitud formal, y tampoco se pronunció sobre la participación de hombres en competiciones de mujeres.
Conviene ser precisos: no hay en el material una negativa oficial transcrita, ni una fecha, ni un documento. Lo que hay es la constatación de que, cuando la pregunta se formula por escrito, la respuesta institucional se desvía hacia el empoderamiento, el borrado o la estadística. Cualquier cosa menos una definición.
El coste de una pregunta sin cerrar
Una parte de las opiniones se detiene en lo económico, aunque sea de refilón: nuevas subdirecciones para dar respuesta a la pregunta. Otra corriente va más al fondo y sostiene que el problema no es el dinero, sino la falta de criterio propio de una población que espera a que le digan qué pensar. Es una tesis dura y, como todas las tesis duras, imposible de demostrar con una encuesta.
Lo comprobable es el efecto práctico: en el hilo, la pregunta por la definición de mujer funciona ya como prueba de lealtad. Quien responde con el diccionario queda señalado; quien responde con la ley, también; quien responde como el Ministerio, simplemente no responde.
El registro concede cuatro meses para cambiar de régimen jurídico. El diccionario no concede ni un día para cambiar de acepción. Entre esas dos velocidades, quien descuelga el teléfono tiene una respuesta imposible: la que da no define, y la que definiría no se puede decir.