El PP llama «fango» a Alvise y el voto deja de tener dueño
Hay una frase que resume mejor que ningún análisis el estado de ánimo de una parte de la clase política española: los votos «le quitan votos a todo el mundo». La soltó una dirigente del PP en un plató de La Sexta, en el contexto de la irrupción de Alvise Pérez en el tablero electoral, y el eco fue inmediato. Porque en esa formulación hay una premisa que no se sostiene: que los votos pertenecen a alguien antes de que el ciudadano los deposite.
El mensaje inicial del asunto es un tuit que resume el ataque: el PP habría usado como ariete contra Alvise a una figura con
33 años cobrando de la política que, según esa pieza, se pasaba las horas jugando al Candy Crush en el Congreso. El remate del tuit —«se os acabó la fiesta»— marca el tono de una conversación que va mucho más allá del rifirrafe televisivo.
Qué ha pasado con Alvise Pérez y el PP en La Sexta
El episodio central es un ataque televisado. En el contexto de las elecciones europeas, el PP habría desplegado en La Sexta una ofensiva contra Alvise Pérez a través de una persona que, según el tuit que abre el asunto, acumula
33 años de nómina pública. La expresión «le quita votos a todo el mundo» se convirtió en el detonante: hay quien la interpreta como un lapsus revelador y quien la lee como la confesión de que la partitocracia considera el censo un patrimonio propio.
La reacción no se hizo esperar. Una parte de los participantes sostiene que el ataque ha sido un error de cálculo: si Alvise es el «asustaviejas» de los cuatro que aún ven la tele, dicen, no se entiende la necesidad de dedicarle minutos. Otra corriente apunta justo lo contrario: que la televisión pública y las privadas le están haciendo publicidad gratuita al presentarlo como el enemigo a batir.
El resultado, en cualquier caso, es un efecto llamada. El ataque ha servido para que gente que no lo conocía se pregunte por qué molesta tanto.
El voto no es propiedad de ningún partido
La frase «le quita votos a todo el mundo» ha generado un consenso inesperado entre perfiles que no comparten nada más. Hay quien lo formula con sorna: primera noticia de que los votos pertenecen a alguien en concreto. La idea de que existe un stock de sufragios que los partidos administran y que un recién llegado viene a robar es, para muchos, la radiografía perfecta de cómo se entiende la democracia desde dentro de la maquinaria.
El argumento de fondo es más serio de lo que parece. Si el voto fuera un bien que se reparte entre formaciones, la irrupción de un outsider no sería una amenaza al sistema, sino una señal de que el sistema no representaba a una parte del electorado. La «transversalidad» que se atribuye a Alvise —capaz de rascar en todos los caladeros— se lee desde esa óptica como una anomalía que incomoda.
Hay quien va más lejos y sostiene que no existe un voto más antisistema que el suyo. Y hay quien responde que eso es precisamente lo que el sistema necesita: un canal de descontento que no pase por las estructuras tradicionales.
Quién financia a Alvise y por qué importa
La pregunta que sobrevuela toda la conversación es la del dinero. Un eurodiputado no se sostiene solo con carisma: hay que pagar campañas, desplazamientos y estructura. La hipótesis más repetida entre los escépticos es que detrás de Alvise hay padrinos poderosos, porque —argumentan— no es plausible que un independiente se meta en este jaleo por iniciativa propia y sobreviva al escrutinio.
Las dos teorías que circulan son incompatibles entre sí. La primera apunta a que el impulso vendría de sectores del propio Gobierno, interesados en desgastar a la derecha. La segunda, que algún sector del poder económico español estaría financiándole para limpiar el terreno. Ninguna de las dos se sostiene con pruebas en el material disponible.
Frente a eso, hay un cálculo más pedestre: en Telegram acumula medio millón de seguidores. Si solo un
10% le diera un euro al mes, las cuentas salen. La financiación por microdonaciones es un modelo que ya ha funcionado en otros países y que desmonta la necesidad de un padrino.
El partido de Alvise y sus dos eurodiputados fantasma
Una de las preguntas más incómodas que se han planteado es qué hay del resto de la candidatura. Alvise no va solo a Bruselas: tiene una lista. Y de los otros dos eurodiputados que le acompañan se sabe poco. ¿Qué opinan de las nuevas trabas a la pesca? ¿De la multa a Hungría por su política migratoria? ¿De los tapones de plástico de las botellas?
La cuestión no es menor. Un eurodiputado tiene que votar cientos de expedientes al año, muchos de ellos técnicos y sin épica. La crítica que se le lanza desde algunos sectores es que el proyecto es un vehículo personalista sin estructura detrás. La respuesta que se da desde el otro lado es que precisamente esa falta de aparato es lo que le hace inmune a las dinámicas de la casta.
El número dos de la lista, según se apunta, es una persona con posiciones antivacunas durante la pandemia. Ese dato, que en el contexto de la política española tiene un coste electoral evidente, se usa como argumento para desactivar el fenómeno.
El sistema como mafia y la desconfianza como punto de partida
Hay un sustrato más profundo que explica por qué este asunto engancha. Una parte de los participantes describe el sistema como una red de intereses —«mafia de pederastas y masones ladrones» es la formulación literal que aparece— y concluye que votar a Alvise es la única forma de romperla. Es una hipótesis sin respaldo probatorio, pero revela el grado de desafección.
El perfil del votante de Alvise no es el de un militante clásico. Es alguien que ha visto pasar gobiernos de distinto signo y que no percibe diferencia sustancial en la gestión. La frase «la democracia es un juego en el que siempre pierdes da igual lo que hagas» resume esa postura. Para esa persona, el voto a Alvise no es una apuesta de gobierno: es una pedrada al cristal.
La contraposición es la de quienes sostienen que Alvise es un actor más del teatrillo, un canalizador del descontento que termina neutralizándolo. Se le acusa de haber desviado protestas —los tractores a Madrid, la manifestación de Ferraz— hacia lugares donde no molestaran. Es la tesis de la disidencia controlada, muy extendida y sin verificar.
La entrevista que el PP no quería
El punto de inflexión del asunto llega con una entrevista. Según se relata, en ella Alvise habría sacado a relucir
20 sentencias de tribunales que condenan a medios por informaciones falsas, desmontando así la acusación de propagar bulos. El relato que se hace es de victoria: los entrevistadores habrían perdido el control y el entrevistado habría salido reforzado.
Ese episodio ha cambiado el tono de la conversación. Si antes el eje era si Alvise es un bluff, ahora el eje es si atacarle es contraproducente. Hay quien sostiene que el PP se ha disparado en el pie al darle notoriedad. Y hay quien mantiene que el tiempo pondrá a cada uno en su sitio.
La predicción con reservas que se puede hacer es esta: si Alvise aguanta el escrutinio de Bruselas y su grupo parlamentario no se descompone, el fenómeno tendrá recorrido. Si se queda en gesto, se diluirá. Nadie en la conversación se atreve a firmar el pronóstico.