Test de paternidad: la desconfianza que pide certificado
El intercambio de bebés que la sanidad pública de La Rioja reconoció hace dos décadas —calificado como «error humano» que no se pudo atribuir a nadie, según la responsable autonómica de salud, Sara Alba— dejó flotando una idea incómoda: el sistema falla y no siempre hay culpable. A partir de ahí, la pregunta que recorre este asunto es menos romántica de lo que aparenta. ¿Basta la confianza en la
pareja o conviene tener un resultado por escrito? Hay quien lo tiene claro, y no precisamente por sospecha.
Detrás de la duda hay tres cosas muy terrenales: el coste de criar a un hijo que no es biológicamente propio, la protección legal de la filiación y una tecnología de ADN que ya está al alcance del ciudadano. La
prueba de paternidad dejó de ser una escena de culebrón para convertirse en una decisión de gestión.
¿Se puede hacer una prueba de paternidad sin consentimiento?
En España la investigación de la paternidad está amparada por la Constitución. El
artículo 39.2 establece que «la ley posibilitará la investigación de la paternidad», un precepto que, según se señaló en el debate, nació para que los hombres no se escurrieran de sus obligaciones, no para que las exigieran. Con los años, la tecnología invirtió el sentido de la norma: quien hoy duda puede confirmar o descartar por vías que entonces ni existían.
Ese es el nudo jurídico. La ley protege al hijo con independencia de su filiación y ofrece cauces para reclamarla, pero no convierte la certeza biológica en un derecho automático del padre.
El grupo sanguíneo como primera criba
Antes de pagar un test de ADN, muchos echan mano de algo más barato: el grupo sanguíneo. La lógica AB0 es sencilla. Una persona hereda un gen de cada progenitor. El
0 es recesivo frente a A y B, así que si tú eres 0 y el niño sale AB, la aritmética no falla: no puedes ser su padre biológico. Se apunta que las cartillas de control del embarazo incluían antes casillas para el grupo de la madre y del padre, y que la casilla paterna desapareció con el tiempo.
El hematólogo aficionado hace aquí su agosto: la combinación de grupos permite descartar, casi nunca confirmar. Para dar el visto bueno hay que ir al ADN.
Cuánto cuesta criar al hijo de otro
El argumento que arrastra el asunto al terreno puramente económico es el gasto. Criar a un hijo son años de colegio, ropa, sanidad, logística y horas de vida que no vuelven. Quien sospecha que ese esfuerzo va a sostener el material genético de un tercero no lo plantea como un drama moral, sino como una estafa con
recibo.
De ahí surgen las propuestas más duras: test obligatorio al nacer, reclamación de manutención, reparación del daño. Y de ahí también las objeciones: si el vínculo ya está construido, ¿de verdad un papel lo rompe?
Confianza frente a certeza: las dos corrientes
Una parte sostiene que exigir un test sin motivo envenena la relación, y que quien necesita certificar la fidelidad ya tiene un problema mayor. La otra responde que la confianza no es un blindaje, sino una apuesta, y que hay
errores de etiquetado en los hospitales y sorpresas que afloran años después.
En medio queda un dato que incomoda: la duda casi nunca nace del aire. Nace de parecidos que no cuadran, de fechas que bailan o de un grupo sanguíneo que no encaja. Con estos mimbres, la pregunta no es si uno debería desconfiar, sino cuánto le cuesta no haberlo hecho antes.