Del aire de las gasolineras al perejil: la lista de lo que ya se paga
Hay un euro que duele más que cualquier otro. No es el del café, ni el del pan. Es el de la máquina de hinchar las ruedas. Un manómetro Paco, una manguera al lado para pegarle un manguerazo al coche y aire gratis: eso era la gasolinera antes. Ahora el cacharro informático que regula la presión de las ruedas delanteras y traseras pide moneda, y hay quien calcula que una máquina de esas, que habrá costado como mucho 1.000 euros, se amortiza el primer mes. A partir de ahí, todo beneficio.
El asunto no es nuevo, pero la lista crece. Y crece en una dirección incómoda: lo que se presentaba como servicio básico aparece ahora como producto de pago, y lo que se vendía como avance —reciclar, digitalizar, desregular— acaba teniendo un precio que antes no existía.
Las bolsas del supermercado y el envase que ya pagabas dos veces
La bolsa de plástico del supermercado es el ejemplo canónico. Era gratis, ahora se cobra, y el discurso oficial lo justifica por ecología. El problema es que el mismo patrón se repite en el vidrio: antes pagabas el envase y, si lo devolvías, te devolvían el dinero. Ahora pagas el envase, lo devuelves al contenedor, y no te dan ni las gracias. El material se funde y se vuelve a fabricar, y a eso se le llama reciclaje. Hay quien recuerda haber visitado de niño fábricas de embotellado donde las botellas se limpiaban, se desinfectaban, se rellenaban y volvían a la rueda. Aquello era logística inversa sin subvención.
El perejil merece párrafo aparte. Se pide en la frutería, se pide en el bar, y ya no siempre es gratis. Lo mismo el vaso de agua del grifo, que empieza a tener coste en algunos establecimientos. Son cantidades ridículas, y precisamente por eso funcionan: nadie discute un céntimo, pero el céntimo se cobra millones de veces.
Aparcar, reciclar y sacar basura: la tasa que llega sin ruido
Aparcar en la calle era gratis. En muchas ciudades ya no, y en algunas se ha estrenado la tasa de recogida de basuras, que hasta hace poco iba dentro del recibo del agua o directamente no existía. El argumento municipal es que el servicio cuesta dinero; el contraargumento es que ya se pagaba vía impuestos y que ahora se paga dos veces. En el caso del agua, hay quien señala que en ciertas zonas la factura incluye conceptos que antes venían juntos y que la han convertido en una de las más caras del país.
El patrón se repite en la banca. Tener una cuenta corriente era gratis; ahora muchas entidades cobran comisiones de mantenimiento a quien no domicilia nómina, y hay quien cifra el golpe en 20 euros al mes. La respuesta de una parte de la clientela es volver al efectivo: si me cobras por guardar mi dinero, lo guardo yo. La tarjeta de débito, que no la de crédito, también ha entrado en el catálogo de productos con cuota en algunas entidades, y eso empuja a mirar alternativas sin oficina física, con la incomodidad que eso supone para quien quiere a alguien al otro lado del mostrador.
Equipaje, comida a bordo y YouTube sin anuncios
El transporte aéreo ha convertido en extra lo que era parte del billete. La maleta de mano, que cabía en el precio, ahora se factura aparte en muchas tarifas. La comida a bordo, que se servía sin preguntar, se ha convertido en menú de pago o ha desaparecido. El resultado es un precio base más bajo y un precio final más alto, con la ventaja psicológica de que el anuncio enseña solo el primero.
El entretenimiento sigue la misma lógica. Ver la televisión en el hospital era gratis; ahora la pantalla pide tarjeta. YouTube sin anuncios es una suscripción. Los periódicos digitales, que nacieron abiertos, han levantado muros. El espacio de almacenamiento en la nube, que era grande o ilimitado, se ha vuelto un recurso medido. Y en 2020 y 2021, respirar sin tapabocas en según qué espacios tuvo multa: el aire, literalmente, tuvo precio.
Lo que no se cobra en dinero se cobra en datos
Hay una tesis que recorre toda la conversación: lo que en teoría es gratis ya se paga por otro lado, en forma de publicidad, de llamadas comerciales o de cesión de datos. El servicio no desaparece, cambia de moneda. Y esa moneda no se ve en la cuenta corriente, lo que la hace más difícil de discutir.
En paralelo, hay quien sostiene que la lista es en realidad más larga y que la pregunta correcta no es qué era gratis, sino qué queda siéndolo. Vivir, opinar, pescar, tener un perro, correr una maratón popular, separarse: todo eso ha pasado a tener un coste explícito o implícito. Algunos de esos ejemplos son discutibles, y otros son directamente una exageración, pero la dirección del vector no admite mucha duda.
El cierre lo da el dato que descoloca: en algunos sitios el aire de la gasolinera sigue siendo gratis, pero la máquina está averiada cada dos semanas. El servicio no se ha eliminado. Se ha degradado hasta que pagar parezca una mejora.