Abogado del Estado en dos años: 464 temas y diez kilos menos
Álvaro Melón aprobó la oposición a Abogado del Estado a la primera, con el número uno de su promoción y en dos años y tres meses. El 2 de septiembre de 2020 empezaba a prepararla en Foz; el 2 de diciembre de 2022 ya era funcionario con 25 años. Entre medias, un temario de
464 temas de todas las áreas jurídicas, cinco pruebas eliminatorias y dos casos prácticos de diez horas cada uno. «En los nueve meses de exámenes perdí diez kilos», contaba él mismo. La noticia, publicada en octubre de 2024, desató un debate que va mucho más allá del expediente académico: ¿es esta la meritocracia que España vende o la reproducción de una casta?
Qué exige la oposición a Abogado del Estado
La magnitud del temario es la primera barrera.
464 temas superan en más de cien unidades a la carrera judicial (328) y a la notarial (348). No es recomendable verlos juntos desde el principio: «Se aconseja ir imprimiendo los temas poco a poco, porque si los ves todos juntos posiblemente no sigas», explicaba Melón. Él se impuso un objetivo: «Que no pudiese caerme ningún tema, incluso los que no me gustaban».
Las pruebas no son menos exigentes. Cinco partes eliminatorias: dos exámenes orales de siete temas cada uno elegidos por sorteo, con 65 minutos de exposición; una prueba doble de idiomas (inglés o francés obligatorio, otra lengua de la UE voluntaria); y dos casos prácticos de diez horas de duración máxima. «No suele sobrar ni un minuto», decía. «Tienes una tensión tan grande que te permite mantener el tirón». Entre el primer examen y el último transcurren
nueve meses.
El tiempo medio para sacar esta plaza no baja de los cinco años. Melón lo logró en dos años y tres meses. Su receta no tiene misterio: «La oposición no solo se aprueba el día del examen, sino desde el primer día que te pones a estudiar hasta el último». Añade disciplina mental, tranquilidad y capacidad de mantener la calma. Y una confesión: «Entre semana salía a correr al terminar de estudiar. Hice muchos kilómetros y no he vuelto a correr desde entonces».
El padre también era Abogado del Estado
Melón habla siete idiomas, estudió el doble grado de Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad Autónoma de Madrid y obtuvo
30 matrículas de honor de 40 posibles. Su padre es Abogado del Estado, pero él rechazó que le preparara: «La preparación exige mucha objetividad y las relaciones familiares pueden nublarla. Un padre puede ser demasiado bueno o malo en estas situaciones». Contaba con tres preparadores, uno en Logroño y dos en Pamplona, y unas cuatro semanas de vacaciones repartidas al año.
Ese detalle —el padre en el mismo cuerpo, los tres preparadores— es el que encendió la mecha. Hay quien sostiene que estas oposiciones son el último reducto de igualdad: el tribunal no sabe quién eres, solo lo que cantas. Otros replican que la igualdad formal no compensa la desigualdad de origen: en una casa donde no faltan libros, idiomas, estancias en el extranjero y un modelo profesional a seguir, el punto de partida no es el mismo que el de quien ayuda a su padre a descargar material de obra por las mañanas.
El coste económico es otro frente. Un preparador para Abogacía del Estado ronda los
150 euros al mes; para notarías, la tradición es no cobrar. Pero hay quien cifra el desembolso total de una oposición de este calibre —varios preparadores, años sin ingresos, desplazamientos— en decenas de miles de euros. La pregunta que sobrevuela es incómoda: ¿cuántos brillantes se quedan fuera no por falta de capacidad, sino de soporte familiar?
¿Hay enchufe en una oposición estatal de este nivel?
No. O al menos no en el sentido vulgar del término. En una oposición estatal de este nivel —Abogados del Estado, jueces, notarios, registradores, inspectores de Hacienda— el enchufe no existe como tal: el opositor se enfrenta a un tribunal que le escucha cantar temas sorteados. Otra cosa es el ecosistema que rodea a esa prueba. Hay preparadores que se venden con el argumento de que conocen a los examinadores y que el tribunal sabrá quién les prepara. Eso no compra la plaza, pero compra información, método y contactos.
La sospecha de fondo no es que alguien apruebe sin saber. Es que el sistema premia a quienes ya venían de casa con el camino trazado. Y que después, una vez dentro, la puerta giratoria hacia el sector privado está abierta: excedencias para fichar por grandes despachos o por la banca, con los contactos y el conocimiento de la Administración bajo el brazo.
La España que estudia oposiciones mientras el país debate
El caso de Melón coincide con una corriente de fondo que recorre los foros económicos: la sensación de que el talento joven español tiene dos salidas, emigrar o meterse a funcionario. Mientras se multiplican las noticias sobre procesos selectivos con cientos de candidatos para pocas plazas, la oposición de élite se presenta como el último refugio de estabilidad. No es casualidad que este tipo de historias generen tanta conversación: tocan la fibra de la meritocracia en un país donde el ascensor social funciona a pedales.
El detalle que descoloca no es que Melón aprobara con un expediente brillante. Es que, con 464 temas, cinco pruebas eliminatorias y dos casos prácticos de diez horas, el sistema siga produciendo titulares de superación individual en lugar de preguntarse cuántos como él se quedaron por el camino por no tener tres preparadores, un padre en el cuerpo y dos años de sopa boba.