El examen que pide elegir a quién salvar de un desastre nuclear
Un refugio con cinco plazas, una lista de candidatos y una pregunta para chavales de 17 y 18 años: a quién dejas entrar. El clásico dilema del bote salvavidas ha aterrizado en un material de Psicología de 2º de bachillerato y ha abierto una discusión que va bastante más allá del aula.
El problema no es solo a quién salvas. Es
cómo está redactada la lista: un ingeniero, una violinista, un profesor de árabe, una niña con síndrome de Down, una filósofa, una novicia, una trabajadora sexual, un embajador y una persona con esquizofrenia, entre otros. Cada candidato llega con su oficio y con una etiqueta pegada, y eso ya orienta la respuesta antes de que el alumno piense.
Qué pide exactamente la prueba de psicología
El escenario es de manual: tras un desastre nuclear, solo tu refugio tiene plazas libres y hay que decidir quién sobrevive. La respuesta que, según quienes han difundido el cuestionario, se da por buena en clase tampoco es neutral: el ingeniero por sus conocimientos técnicos, la violinista para amenizar el encierro, el profesor de árabe para enseñar su idioma, la
niña con síndrome de Down por su «inteligencia y bondad» y la filósofa por su saber.
No consta que sea un examen oficial con nota. Podría ser una prueba de clase, un ejercicio para debatir o una tarea para casa, y la corrección depende del profesor. Ese detalle no ha frenado nada: la conversación sigue activa y acumulando respuestas.
El refugio, de bote salvavidas a Mad Max
El dilema de pocas plazas y muchos candidatos es un clásico de la ética. Lo que cambia aquí es el envoltorio. Ya no se discute el deber moral, sino la supervivencia pura: quién sabe construir, quién sabe alimentar al grupo, quién puede tener hijos. Cuando el marco es la catástrofe, hasta el más humanista empieza a hacer cuentas y a ordenar la lista por utilidad.
De fondo late una idea que nadie explicita: que en un escenario límite el valor de una vida se mide por lo que aporta. Y ahí el test deja de ser Psicología y se convierte en algo parecido a un tratado de recursos humanos.
La respuesta «correcta» y la acusación de adoctrinamiento
Puesta en negro sobre blanco, la solución que se da por válida huele a manual de urbanidad más que a test de Psicología.
Hay quien sostiene que la única respuesta racional sería clasista y que escribirla en un examen da miedo, porque no se sabe qué corrector va a leerla. Se argumenta que el ejercicio no mide conocimientos, sino la habilidad del alumno para adivinar qué opina el profesor.
La sospecha es vieja y conocida: si no hay respuesta objetiva, la nota premia el alineamiento con el docente. Y hay quien añade que no existe una única combinación de respuesta defendible con los datos del enunciado.
La fertilidad, convertida en el corazón del dilema
Buena parte de la discusión abandona la psicología y se transforma en aritmética demográfica. El razonamiento más repetido: para repoblar hacen falta al menos dos hombres y dos mujeres fértiles, porque con menos los descendientes acabarían emparejándose entre ellos y el grupo se apagaría. A partir de ahí, la lista se reordena por edad y capacidad reproductiva, y los oficios pasan a segundo plano.
Es un giro incómodo. El test se presenta como Psicología, pero discute tasas de fertilidad, grados de parentesco y cuántos individuos soporta una población fundadora. La elección deja de ser un dilema moral y se convierte en un problema de gestión; y quien lo dice sin adornos no suele quedar bien.
Cuando el criterio pasa de la profesión a la genética
El terreno más resbaladizo llega cuando alguien decide filtrar candidatos por su salud mental o sus genes. Hay quien descarta salvar a personas con esquizofrenia o con síndrome de Down para no cargar el refugio con dependientes. No faltan réplicas: se recuerda que las personas con síndrome de Down
sí pueden tener hijos.
Es la parte del debate que peor envejece. Un ejercicio que se vende como dilema ético termina alumbrando respuestas que seleccionan vidas según su supuesta carga genética, y que casi nadie firmaría con su nombre.
¿Mide el test conocimientos o los prejuicios del alumno?
Frente a la búsqueda de la respuesta correcta, asoma otra lectura: que no hay ninguna, y que el test lo que hace es retratar al que responde. La pregunta que descoloca el ejercicio entero es simple:
¿por qué tengo que seleccionar solo a cinco personas? Quien la formula sostiene que el objetivo real es observar el sesgo del alumno, no evaluar una decisión técnica.
Si esa es la intención, el ejercicio funciona como un espejo y no como un temario. El problema es que un espejo también pone nota a quien lo mira.
El humor como vía de escape
No todo es angustia moral. Una parte de las respuestas opta por el chiste: quedarse solo en el refugio para no compartir oxígeno ni provisiones, meter a quien mejor compañía prometa o dejar fuera a casi todos por comodidad. El sarcasmo no resuelve el dilema, pero delata la incomodidad que produce tener que resolverlo.
Ese registro convive con el análisis serio sin estorbarse. Es, a fin de cuentas, la manera más humana de responder a una pregunta que no tiene buena respuesta.
Con las plazas contadas, ninguna combinación deja contento a nadie. Cualquier elección arrincona a alguien que quizá era imprescindible, y los criterios disponibles —utilidad, fertilidad, salud— chocan entre sí sin remedio. Al final la pregunta no es a quién salvarías tú. Es qué dice de quien manda responder un ejercicio así, y de quien lo responde.