Biden, «cadáver político» tras el debate que desató el pánico demócrata
La escena quedó grabada: una mujer guiando del brazo a un hombre mayor fuera del escenario mientras este responde con balbuceos a las preguntas. El debate presidencial entre Joe Biden y Donald Trump no fue una contienda: fue, para buena parte del análisis posterior, el acta de defunción política del candidato demócrata a la reelección. «De vida no lo sé, pero como candidato demócrata a la reelección es desde el debate de anoche oficialmente un cadáver político», resume la tesis que abrió la discusión. Los demócratas, añade, entraron en
modo pánico.
La primera consecuencia que se extrajo del cara a cara no fue sobre el ganador, sino sobre el perdedor. Y el perdedor, según el consenso que se fue formando, no era Trump.
¿Por qué se interpretó el debate como un sacrificio de Biden?
La tesis más repetida sostiene que los demócratas no improvisaron nada. «Los demócratas han sacrificado a su líder, el recambio está en marcha, todos los medios ya le dan por amortizado», plantea una de las intervenciones más desarrolladas. El argumento es de lógica de calendario: un debate a tantos meses de las elecciones solo tiene sentido si el objetivo es desgastar a tu propio candidato para justificar su sustitución. Si no es así, la conclusión que se deja caer es que el partido está peor de la cabeza que su propio presidente.
Hay una segunda lectura, menos conspirativa y más operativa: el debate sirvió para apuntalar a Trump frente al electorado. Biden ya se caía solo de la lista por su estado, y el cara a cara lo único que hizo fue hacerlo público en prime time. La pregunta que quedó flotando no era si Biden debía retirarse, sino quién ocuparía su lugar. Y ahí el diagnóstico era pesimista: «si ponen a la Kemala el resultado va a ser todavía peor».
El estado físico y mental del presidente: lo que se vio y lo que se interpretó
El material del debate es especialmente duro con la imagen del presidente. Se describe a una primera dama felicitándolo «como a un niño de parvulario» por ser capaz de contestar entre balbuceos a todas las preguntas. Se habla de un hombre que lee lo que le escriben en los prompter de izquierda y derecha mientras le aplauden, y se remata: «en su cabeza no hay nadie al mando ya».
No todo el mundo compró el relato del desastre absoluto. Una voz discrepante apunta que vio un rato del debate y que Biden no estuvo tan mal: «ni se ha cagado encima ni se ha roto la cadera ni se ha ido a oler niños». La discrepancia, sin embargo, quedó en minoría frente al coro que describía un deterioro evidente.
La crítica más incómoda no fue contra Biden, sino contra quienes lo sostuvieron. «Lo increíble es que los medios generalistas hayan estado encubriendo y arropando al títere todo este tiempo», se sostiene, antes de añadir que las tijeras y el corte de hilos llegaron «cuando el fraude se ha destapado totalmente». La pregunta implícita es por qué se tardó tanto en decir en voz alta lo que ahora dicen todos.
El factor económico: recesión, guerra y el coste de sostener el relato
El asunto no se leyó solo en clave electoral. Varias intervenciones conectan la debilidad del candidato con el ciclo económico. La hipótesis que se maneja es que se avecina una recesión en Estados Unidos y Europa, y que el partido en el poder prefiere que la crisis se la coma otro. «O quieren perder, o hay gente (los que verdaderamente mandan) no quieren dar la cara», se plantea.
El vínculo con Ucrania aparece de forma recurrente. Se argumenta que Europa está harta de la guerra y que eso pasará factura a los gobiernos que la sostienen. La predicción más repetida es que Trump forzará a Ucrania a firmar una paz en la que Rusia conservará todo lo que ya tiene. La conclusión que se extrae es que el candidato demócrata es, en el mejor de los casos, una pieza prescindible en un tablero donde las decisiones se toman en otro sitio.
La lectura sobre el control real del poder es la más cínica del conjunto. «¿Tú de verdad crees que Obama o Clinton tomaban las decisiones? ¿O que es Pedro Sánchez, o Rajoy, quien decidía algo?», se pregunta, para concluir que el presidente es arcilla maleable en manos de intereses que no aparecen en las papeletas.
El recambio: de la hipótesis Kamala a la sombra de Clinton
El debate sobre el sustituto derivó pronto hacia terrenos más especulativos. La vicepresidenta Kamala Harris aparece como la opción natural, pero con el pronóstico de que su candidatura sería aún más débil. Otra línea sugiere que el recambio podría ser una figura con más recorrido, y menciona a Hillary Clinton como posible candidata de revancha frente a Trump.
En ese contexto se introdujo un elemento que nadie esperaba: la liberación de Julian Assange. La hipótesis que se lanza es que su salida podría estar relacionada con los correos que Wikileaks desencriptó y que, según esta versión, probaban la creación del ISIS con financiación saudí y catarí. «De ser así, qué conveniente y oportuno todo», se apunta. La conexión entre ambos hechos no pasa de sospecha, pero sirve para alimentar la sensación de que el calendario político se está moviendo por motivos que no se explican en televisión.
La tesis de fondo: nada de esto es una elección
La corriente más escéptica va más allá del candidato. «No sé cómo os seguís tragando el tema de las elecciones. Da igual lo que ocurra, os da pánico creer que todo es una pantomima», se plantea. La respuesta desde el otro lado es economicista: lo que desde fuera parece teatro, desde dentro son ríos de dinero público cambiando de manos hacia el sector privado, y el ciudadano solo lo ve si está atento a quién, cómo y con qué pretexto se le está robando.
El paralelismo histórico que se traza es con Franklin D. Roosevelt: un mandatario deteriorado que cumplió la tarea encomendada antes de morir, y que dejó tras de sí un reguero de consecuencias que no pagó su país. La conclusión que se extrae es que los procesos electorales funcionan como una coreografía donde el votante elige el decorado, no la obra.
El último dato que descoloca no viene de un analista, sino de una imagen: la primera dama felicitando al presidente de la supuesta nación más poderosa del planeta por haber sido capaz de contestar a todas las preguntas de un debate. Todo bien, supongo.