8.000 millones de humanos caben en un cubo de 1 km de lado
Ocho mil millones de personas metidas en un cubo de un kilómetro de lado. Bien apretadas, en uno de 600 metros. La cifra suena a provocación de barra de bar, pero aguanta la aritmética: a 75 kilos por cabeza y una densidad similar a la del agua, el volumen del conjunto ronda el kilómetro cúbico, algo menos. La comparación lleva más de cuatro años circulando y el resultado es siempre el mismo:
el espacio nunca fue el problema.
Cuánto ocupa de verdad el cuerpo humano
Un cubo de un kilómetro de lado alberga
mil millones de metros cúbicos. Para que quepan ocho mil millones de personas habría que meter ocho por cada metro cúbico, una densidad que deja de ser un ejercicio de estilo y pasa a ser un problema de ergonomía. Otra forma de verlo: a razón de 1,7 metros de altura por individuo, la humanidad entera apiñada ocupa unos
24,25 kilómetros cuadrados de superficie.
Las comparaciones no acaban ahí. Comprimida hasta los límites de una estrella de neutrones, la materia está esencialmente vacía y la humanidad cabría en un terrón de azúcar. Metida en un agujero negro, el conjunto se quedaría en
milímetro y medio. Y hay una tercera imagen, más doméstica: una esfera de 500 metros de radio rodando alrededor de la Tierra como un satélite. Bonito y absurdo a partes iguales.
El agua, las calorías y la basura que el cubo no enseña
Aquí es donde la cuenta bonita se rompe. Cada uno de esos ocho mil millones necesita agua potable al día, calorías y una logística que lleve lo uno y lo otro hasta su boca. Súmese vivienda, saneamiento, residuos, desplazamientos y, ya puestos, vacaciones. El resumen más gráfico de la objeción:
el mayor cubo de basura jamás visto. El volumen de un cuerpo es estático; su metabolismo, no.
Una cosa es que miles de millones de humanos quepan en un edificio y otra, muy distinta, que miles de millones puedan vivir en el planeta. La distinción parece obvia, pero es la que se salta casi todo el mundo cuando hace la cuenta del cubo.
La parcela real: 138 x 138 metros por persona
Los
149 millones de kilómetros cuadrados de superficie terrestre —sin contar los mares— divididos entre ocho mil millones de personas dan una parcela de 138 por 138 metros por cabeza. Agrupando en familias de cuatro, 264 por 264 metros. Descontando desiertos, montañas, reservas naturales, carreteras e infraestructuras, la cifra que se maneja como realista baja a 186 por 186 metros por familia, unas
tres hectáreas. Una variante más conservadora coloca a cada persona en un metro cuadrado y deja un cuadrado de 90 por 90 kilómetros sobre el mapa. Sobre el planisferio, una nimiedad.
Recursos, decrecimiento y el acaparamiento que nadie mide
La conclusión del cubo se usa como arma arrojadiza contra el relato de la escasez. Si el problema no es el espacio, tampoco debería serlo la materia. El argumento dominante sostiene que
hay recursos de sobra para una vida digna y tecnología para la sostenibilidad, y que lo que falta es otra cosa: el acaparamiento. La referencia más repetida es el reparto de Pareto:
240 millones de personas consumen como los otros 7.760 millones juntos.
El matiz llega al comparar modelos de vida. Llevar el patrón de consumo de una economía emergente media es perfectamente compatible con el planeta, según este análisis; extender el patrón estadounidense o el de las monarquías del Golfo a toda la humanidad, no. Y de fondo, la cuestión energética: durante dos décadas las señales políticas contra los combustibles fósiles han frenado inversión, prospecciones y renovación de refinerías, con el resultado de tensiones de oferta que luego se atribuyen a la escasez natural.
Malthus vuelve a la mesa, con matices
El giro malthusiano aparece en cuanto se habla de territorio. Una parte del análisis sostiene que el problema no es el consumo sino la natalidad, y defiende incentivos para limitar los nacimientos por pareja. Es una corriente que se cuela en la conversación con más frecuencia de la que admite el discurso oficial, aunque choca de frente con quien recuerda que
la abundancia no se reparte, se acumula.
En el otro extremo, la huella humana sobre el ecosistema tiene ejemplos difíciles de discutir. La tasa de extinción del Antropoceno, la desaparición de la gran fauna poco después de la llegada humana a Australia, Madagascar o América, y el caso de la Isla de Pascua, donde se taló hasta el último árbol, funcionan como avisos. También el bisonte o el lince ibérico.
La réplica es que el ser humano no inventó la depredación: las plagas de langostas y los parásitos han arrasado poblaciones enteras sin intervención humana. Y un dato descoloca a los dos bandos: hoy hay más superficie boscosa en Europa que en la Edad Media, con muchísima menos población.
Al final, el cubo queda resuelto y el resto no. Caben, sí. La discusión se atasca justo donde empieza lo interesante: en cuántos somos, cuánto gastamos y quién decide el reparto. Eso no lo arregla una arista de 600 metros.