La brecha de renta con Europa que no se cierra desde 1975
¿Cuánto ha ganado España en medio siglo de integración europea, democracia y fondos de cohesión? Según los datos que se manejan en el análisis económico, la respuesta incómoda es: en renta per cápita frente a la eurozona, prácticamente nada. La brecha entre la riqueza de cada español y la media comunitaria se sitúa en niveles equivalentes a los de mediados de los setenta, y los ejercicios de proyección colocan a países como Portugal o Polonia por delante en los próximos años. El titular que resume el malestar:
50 años perdidos.
La renta per cápita española no avanza desde 1995
El Instituto de Estudios Económicos lo dejó por escrito: la renta per cápita española no ha avanzado desde 1995 y la brecha respecto a la eurozona es la misma que hace casi tres décadas. La oficina económica de Moncloa ha reconocido que en los últimos años de gobierno socialista la brecha ha empeorado y la productividad se ha estancado. No es una opinión de tertulia: es un documento oficial que admite lo que el relato oficial niega.
La comparación con el franquismo es la que más duele. España cierra ejercicio con la misma brecha de PIB per cápita con la UE que había con Franco, según los análisis que se citan. La renta de los hogares se aleja cada vez más de la media europea. Y el crecimiento del número de ocupados no se traduce en un crecimiento equivalente del PIB: se trabaja más, se produce proporcionalmente menos.
¿Por qué la economía española crece sin converger con Europa?
La respuesta que emerge del análisis es doble. Primero, el modelo productivo: sin industria y con una dependencia creciente del turismo, la construcción y los servicios de bajo valor añadido, la productividad no despega. Segundo, la deuda. El estado de bienestar y los derechos sociales de los que se presume respecto a la época franquista están sustentados en deuda pública, no en crecimiento económico, según sostiene un participante. Cuando la deuda no pueda seguir creciendo, el argumento se desmorona.
El Gobierno reconoce que la economía española caería un 0,1% sin los fondos europeos, que aportan 2,5 puntos al PIB. Es decir: sin la transfusión externa, el crecimiento sería negativo. La dependencia de Bruselas es estructural.
Los dos momentos que rompieron la convergencia
Hay dos episodios que concentran el diagnóstico. El primero, la crisis de 2009: con el gobierno socialista de entonces, España cayó el doble o el triple que la media europea. No se supo reaccionar a tiempo. El segundo, la pandemia: el PIB español cayó el triple que en los demás países. En ambos casos, la respuesta institucional amplificó el golpe en lugar de amortiguarlo.
La entrada en la CEE primero y en la UE después también tiene su factura. Se cedió soberanía económica, se privatizaron a precio de saldo activos rentables —eléctricas, telecos, banca— y se aceptaron cuotas pesqueras y agrícolas que sacrificaron sectores enteros. Las reconversiones industriales dejaron aeropuertos vacíos y comarcas sin tejido productivo. No fue solo cosa de un partido: todas las élites del país querían jugar en esa liga.
El mercado laboral joven: la mayor precariedad en 60 años
Los jóvenes sufren la mayor precariedad e inestabilidad laboral de los últimos 60 años, según los análisis que se citan. Se habla de gobiernos que aplicaron un modelo deliberado para hacer estructural el paro juvenil. La edad de emancipación se dispara, la tasa de ahorro está por los suelos y el sueño de buena parte de una generación es aprobar una oposición. El consumo de tranquilizantes sitúa a España a la cabeza mundial, un dato que dice más del malestar social que cualquier encuesta.
La vivienda como termómetro del declive
El precio de la vivienda sigue subiendo con el argumento de la demanda. Pero la capacidad adquisitiva se ha desplomado. Hace cinco décadas, una familia con un solo sueldo pagaba un piso en pocos años, tenía coche, nevera, lavadora y vacaciones. Hoy, con dos sueldos, la vivienda se convierte en una hipoteca de por vida. La comparación no es nostalgia: es aritmética.
La deuda que sostiene el relato
Cada español nace ya arruinado, según el cálculo de la deuda pública per cápita. El Estado lleva años gastando por encima de lo que ingresa, y ese diferencial se cubre con deuda que se traslada a las generaciones futuras. Los derechos y servicios que se presentan como conquista frente a la dictadura se financian con cargo al futuro. Cuando el grifo de la deuda se cierre, la factura será política y social.
La política como industria extractiva
El CGPJ lleva desde 1985 secuestrado por los partidos, según denuncian los propios jueces. PSOE y ERC han acordado rebajar el delito de malversación en un movimiento que favorece a los líderes del procés. La corrupción no es un accidente: es sistémica. Y mientras tanto, el debate público se distrae con guerras culturales que no mueven un solo punto de PIB.
El decrecimiento como coartada oficial
El Gobierno ya vende el decrecimiento como un éxito. La ministra de Transición Ecológica defiende la bioeconomía y el decrecimiento mientras el país pierde posiciones en todos los rankings de renta. Es la cuadratura del círculo: convertir el estancamiento en virtud. Los países que nos superarán en PIB per cápita en los próximos años ya están identificados: de Portugal a Polonia. La convergencia se ha convertido en divergencia.
Y mientras, la respuesta oficial seguirá siendo que hemos frenado a la ultraderecha y tenemos más derechos. Más derechos, sí. Sobre el papel y sobre la deuda.