La cena de empresa, entre el cubierto gratis y los casi 40 euros
La cena de Navidad de empresa ha dejado de ser una fiesta y se ha convertido en una factura. Y no siempre la paga la empresa. Hay compañías que cubren el cubierto —valorado por encima de los 50 euros en algún caso— y aun así encuentran plantilla que no pisa el restaurante. En al menos una, un trabajador pone casi 40 euros de su bolsillo para sentarse con gente que no ha elegido. La conclusión se repite: cuanto más obligatoria se presenta la cena, menos ganas hay de ir.
Hay incluso quien acumula
siete comidas y cenas prenavideñas en una sola temporada, con estrategia de contención incluida: vino blanco, agua en el momento culminante y nada de copas. El resto del éxito consiste en aguantar.
¿Cuánto cuesta de verdad ir a la cena de empresa?
Ir no siempre es gratis, y esa es la clave que cambia la ecuación. Donde la empresa paga menú y barra libre, el coste se traslada íntegro al día siguiente. Donde no lo paga, la broma ronda los
40 euros por cabeza según el relato de un forero, una cifra que pesa más si el mes siguiente llega cargado de gastos.
La alternativa doméstica —cenar lo que apetece, poner una película y no rendir cuentas a nadie— es la que eligen varios de los participantes en el hilo.
Hay una asimetría que explica la mitad del enfado: el mismo acto que unos financian de su bolsillo, otros lo tienen cubierto con menús que superan los
50 euros y barra libre. Cuando el beneficio es idéntico pero el coste no, la conversación se envenena.
La estrategia del relámpago: croquetas, dos cervezas y bomba de humo
El manual del asistente veterano cabe en cuatro pasos. Presentarse a las 10:00 si el formato es de pie con catering. Comer croquetas, gambas y jamón mientras se charla de fútbol con el jefe y con quien cae bien, que siempre son pocos. Beber de la barra libre sin pasarse. Y a las
23:30 o las 00:00, cuando la mayoría ya va por la tercera copa, desaparecer sin despedirse.
Es una coreografía calculada: quedar bien, cenar gratis y reírse un rato del espectáculo. Hay quien lo describe como ver un documental sobre el ser humano trepando. Otra variante más fina consiste en hacer la retirada por separado, en grupos pequeños, para que no se note el vacío, y continuar la noche de cañas con el grupo selecto, ese que sí se reúne el resto del año.
En el extremo opuesto está la abstención total.
Quince años sin pisar un evento extralaboral y cuatro o cinco sin acudir a una cena familiar. Cuando la convocatoria la organiza la empresa, excusa inventada; cuando la organizan los compañeros, silencio y no ir. Sin dramas.
¿Sirve la cena para hacer contactos con el jefe?
Ahí está el argumento oficial de toda la vida: la cena es networking disfrazado de celebración. El contraargumento es demoledor y cada vez más popular. Se resume en que al trabajo se va a trabajar, no a pelearse ni a hacer amigos, y que cuando suena la campana no hay nada más que hablar con colegas, ni cenas, ni cervezas, ni nada.
Entre esos dos polos aparece un matiz intermedio. Reunir por obligación a gente que no se reúne voluntariamente el resto del año es un ejercicio de hipocresía, sostienen unos. Pero eso no debe arrastrar a quien simplemente quiere quedar con los suyos. El problema no es la cena, es la imposición. De ahí que muchos defiendan que la solución sea que cada cual vaya si le apetece, y que no se le critique si no va.
En ese punto, un participante resume una salida: los funcionarios de carrera lo tienen resuelto. No van, no dan explicaciones y a nadie le importa. La plaza fija como expresión máxima de libertad social.
El riesgo que se abre en la mesa
En el hilo también aparecen despidos citados por algunos participantes, sin relación con la propia cena: en una empresa, cinco personas un mes antes; en otra, alguien sostiene que alrededor del 10% de la plantilla se fue a la calle tras cerrarse el ejercicio. Y hay relatos de una fiesta que acabó con un empleado joven bebiendo de más y cayéndose por las escaleras del hotel donde se celebraba el evento.
A eso se añade el clásico lío de medianoche, del que circulan versiones de todo tipo y ninguna comprobable, y la sospecha, sostenida por algún participante, de que la cena sirve para que la gente suelte confidencias pasada la tercera copa.
Quién se queda en casa y con quién
La abstención tiene perfiles. Están los que han roto con todo lo relacionado con la Navidad y consideran esos días fechas normales, sobre todo desde que faltan los abuelos. Están los que se han quedado en casa el día de Nochevieja y describen el descubrimiento como maravilloso: cena, película y a dormir. Y están los que aprovechan cualquier reunión para escaquearse con la excusa sanitaria, todavía vigente en algunas conversaciones.
Lo que se repite en el hilo es que la cena de empresa se vive como una prueba de resistencia. El que va, quiere irse. El que no va, ya no se justifica. Aunque la tradición tiene una capacidad de resistencia que conviene no subestimar.