Málaga pulveriza su récord de diciembre por 4,9 grados
La temperatura más alta jamás medida en España en un mes de diciembre no llegó a los 30 grados. El termómetro del Centro Meteorológico de Málaga marcó
29,9 °C a las 14:20 horas, un récord de temperatura en diciembre que deja el registro anterior de ese observatorio, 24,5 °C, a casi cinco grados de distancia. El episodio se atribuye a una masa cálida y al
terral, y el meteorólogo Scott Duncan lo resumió como una
jornada histórica: el día de diciembre más caluroso nunca observado en España.
El dato dio la vuelta al mundo y arrastró las dos reacciones de siempre. Unos lo leen como confirmación de la tendencia global. Otros buscan el asterisco. La discusión se ordena en tres frentes: cuánto vale una serie histórica corta, cuánto pesa la memoria de cada cual y si un gas que representa el
0,04% de la atmósfera puede cargar con la culpa de todo.
¿Cuánto pesa una muestra que empieza «desde que hay registros»?
«Desde que hay registros» es la fórmula que más suspicacias levanta. La pregunta se plantea en términos aritméticos: ¿desde qué año?, ¿cuántos son esos años frente a la edad del planeta?, ¿permite esa muestra emitir un juicio con rigor científico? Con ese punto de partida, una corriente del análisis concluye que el récord es demagogia pura y que la validez del estudio es cero.
Del otro lado está la lectura de la propia Aemet, que subraya la magnitud del salto: batir un récord por 4,9 grados es mucho menos probable sin el cambio climático observado a escala global y también en España. No es lo mismo mejorar una marca por dos décimas que por casi cinco grados, y ahí es donde el dato deja de ser anecdótico.
El tercer argumento, menos intuitivo, cuestiona la herramienta. Se sostiene que no existe una serie planetaria de 150 años con precisión de décimas de grado, y que lo que hay son modelos que integran datos inciertos, incompletos e inconsistentes. Con esa base se afirma que no hay datos suficientes para descartar la variación aleatoria, ni para atribuir el fenómeno principalmente al hombre. El que pide más años y el que pide comparar el observatorio con el conjunto no se mueven ni un milímetro.
Nocheviejas en manga corta: la anécdota contra la serie
La resistencia al récord tiene un arma que no necesita modelos: la memoria. En Málaga hubo una Nochevieja de 1994 con
24 °C, y los años posteriores se comportaron de forma parecida. Más de una Nochevieja, y más de dos, se han pasado en la Malagueta con tragos en la arena y manga corta hace ya veinte años. Hay quien recuerda Diciembres cálidos en Asturias con la ventana abierta en Nochebuena, y quien ha cenado al fresco en Valencia en pleno invierno.
La memoria juega también en la dirección contraria. Otros recuerdan inviernos duros y lluviosos, charcos helados en febrero, nevadas cada diez o quince años y un noviembre en que el río Pisuerga se heló lo suficiente como para caminar unos metros sobre él. De ahí sale la hipótesis más repetida: que el clima tienda a ser más cálido no impide que vuelvan inviernos fríos, porque la cosa va por ciclos de cinco a siete años y depende del anticiclón, de La Niña y de El Niño.
Sobre todo eso planea un aviso que comparten los dos bandos: la anécdota no es la norma. Convertir un diciembre suave de hace treinta años en prueba de que nada cambia tiene el mismo problema metodológico que convertir una tarde de 29,9 grados en un juicio final.
El 0,04% de CO2 y el vapor de agua: el argumento que vuelve cada diciembre
El frente más veterano es físico. Hay quien sostiene que el CO2 supone el
0,04% de la masa de la atmósfera y que el efecto invernadero del vapor de agua es cien veces superior, de modo que resulta difícil concederle al primero el mando del termostato. Se añade que el CO2 es un gas beneficioso —por debajo del 0,02% las plantas mueren— y que más calor y más humedad se traducen en más masa vegetal. De ahí a imaginar a Rusia o Kazajistán produciendo grano como Argentina hay un paso que algunos dan sin sonrojo.
Otra derivada del mismo razonamiento: si suben las temperaturas, se evaporará más agua, la atmósfera retendrá más humedad y lloverá más. ¿Por qué casi nadie habla de esa consecuencia? La réplica habitual es que una época cálida coincidiendo con el óptimo romano o el medieval no dice nada sobre la velocidad del cambio actual, y que un gas necesario para las plantas no es inocuo por exceso. El pulso sigue igual de abierto.
Aparece incluso la sospecha de que los récords se inflan: se afirma que en algunas zonas se han anunciado máximas de 47 °C cuando el termómetro local no habría pasado de 43 °C. No hay en el material ninguna verificación de esa acusación, que circula como opinión sin respaldo. Para cerrar el capítulo se propone una prueba de andar por casa: acercarse a un puerto con referencia de nivel. La cota cero de la altitud en España se fijó en Alicante hace
170 años y, según ese argumento, el nivel del mar no se ha movido desde entonces.
De la factura eléctrica a las emisiones de China
Cualquier récord acaba en el mismo sitio: la caja. La secuencia descrita con sorna es calor, apocalipsis climático, prohibición, impuestos y más impuestos, con la sospecha de que quien más insiste en la emergencia no renuncia a nada cuando le toca apretarse el cinturón. La comparación recurrente mira a China: se pregunta por qué el esfuerzo recae en el contribuyente español y no en quien concentra las emisiones.
También se critica el escaparate de las cumbres del clima, con delegaciones que llegan a la COP28 invocando cero emisiones mientras el despliegue aéreo va por otro camino. Y una última ironía, la más económica de todas: el récord de temperatura es portada de primera plana mientras el máximo histórico de deuda pública no merece ni un titular.
El 12 de diciembre quedó fijado en 29,9 °C. En Marbella, ese mismo día, se comía en la terraza con 17 grados y fresco. En Oviedo, 9 grados y lluvia. La serie dice una cosa, la memoria de cada cual dice otra y la factura espera al final de cualquier respuesta. ¿Cuántos diciembres como este hacen falta para que el asterisco desaparezca?