Catorce navidades cenando solo frente a las luces del vecino
¿Qué hace alguien que vive solo cuando la Navidad se le echa encima con poco más de una semana de margen? Las actividades de su ciudad están pensadas para niños. Los de su edad andan en pareja o con hijos, así que el plan conjunto acaba en un parque infantil. Las comidas familiares son
dos o tres, siempre los mismos comensales y escaso repertorio de conversación. No hay nieve, esquiar queda descartado. El material deportivo se compró en verano y no apetece gastar ni en ropa. El resultado llega puntual cada diciembre: ganas de que aparezca el
día 7.
El patrón no es nuevo. Se repite, con variaciones de detalle, en cada ciclo navideño, y siempre con el mismo vecino de enfrente: el balcón iluminado.
¿Por qué la Navidad pesa más a quien vive solo?
La explicación más repetida tiene tres patas. Primero, el calendario se llena de actividades infantiles y deja fuera a quien no tiene hijos. Segundo, la red social se contrae: a partir de cierta edad, los planes del grupo pasan por la pareja o por los niños. Tercero, la casa vacía se queda sin relato con el que justificar la celebración.
Hay quien sostiene que la solución es de manual: rodearse de gente, apuntarse a lo que haya y, si la vida que se tiene no gusta,
cambio radical y ayuda profesional. Suena razonable y suena a receta que ignora lo evidente: la soledad no deseada no se arregla con agenda. En la otra orilla aparece el argumento más incómodo, el de que cada año que pase será peor porque el círculo se estrecha solo. Nadie ha demostrado lo segundo, pero explica por qué estas fechas generan más conversación que casi cualquier otra del calendario.
«La Navidad está dedicada a niños de 0 a 11 años»
El diagnóstico más extendido entre quienes no tienen descendencia es que la Navidad se ha convertido en una celebración alrededor de la infancia. La formulación más tajante que circula: la fiesta está dedicada a niños
de 0 a 11 años y, superada esa franja, lo que queda es consumismo e infantilismo social.
Quien tiene sobrinos lo cuenta al revés. Junta a la familia en Nochebuena y Nochevieja, vive la ilusión de los pequeños y lo describe como lo mejor que se tiene, «el apoyo que vas a tener en el futuro». Pero tener hijos tampoco vacuna contra el desánimo: hay quien este año ha enterrado a un familiar y afronta las celebraciones sin ganas, y quien describe la paternidad como una forma de vivir
no egoísta, dedicada al bienestar de otros. Es decir, el problema no es la mesa, es lo que se pone encima de ella.
Consumismo, postureo y una cuenta atrás que arranca el 25
La acusación de mercantilización es unánime, incluso entre quienes disfrutan. «La Navidad molaba cuando la gente la celebraba de corazón», resume una de las posturas, que añade que ahora es una festividad descristianizada y mercantilizada. Otra la sitúa como pura operación comercial: todo impostado para sacar cuartos, con los carros del supermercado llenos y los precios de la hostelería por las nubes.
En paralelo circula una tesis menos melancólica y bastante más útil: la Navidad como
ecuador del frío. El 25 de diciembre marca el punto en que los días empiezan a alargarse y arranca la cuenta atrás hacia la primavera, la playa y las fallas de marzo. Bajo ese prisma, las fiestas son un agujero negro anual del que se sale por el otro lado. También aparece, atribuida y sin cifras que la respalden, la idea de que en estas fechas se multiplica el consumo de ansiolíticos y antidepresivos. El origen pagano —Saturnales, Sol Invicto, el solsticio de invierno— completa el cuadro: mil años de discusión sobre qué se celebra realmente.
Del chat de realidad virtual al voluntariado: los planes que se proponen
Las alternativas que se lanzan van del consejo barato a la propuesta con sentido. Un set de realidad virtual para entrar en un chat con avatares y filtro de voz. Salir de madrugada, porque en estas fechas la gente está más abierta a conocer desconocidos. Irse a Punta Cana. Caminar
40 kilómetros de montaña hasta las tres de la mañana, sin más compañía que el eco de los propios pasos, y comprobar que la tontería se va con el frío.
Dos ideas se repiten con más fundamento: las cenas de la comunidad para gente que está sola —existen, aunque no se anuncien— y el voluntariado, que además desemboca en celebraciones propias. Y una advertencia previa a todo lo anterior: céntrate primero en saber vivir solo; quejarse es el paso dos. El detalle completo de esos planes, con nombres y formatos, es lo que se queda quien no lee la conversación entera.
Cenar solo por elección: garrafón, masificación y precios
Existe una corriente que da la vuelta al problema: Nochebuena y Nochevieja son las mejores noches para quedarse en casa. Garrafón, precios desorbitados, masificación, gente que no sale en todo el año y no sabe beber, altercados por tonterías y riesgo en la carretera. El resto del año queda para socializar. Bajo ese prisma, el aislamiento navideño deja de ser una condena y pasa a ser una ventaja táctica.
El consuelo inverso lo aporta quien llama a sus amigos casados para comprobar que ellos están peor. Y sobre todo lo demás, una observación de manual: cuando se era joven no se entendía la vida de los mayores y se daba por hecho que uno no llegaría a los treinta; después resulta que todo está en la cabeza. Casi lo único a lo que se viene aquí, dicen, es a dominarla.
El día 7 llegará, como cada año. Y entonces el drama será otro: que toque volver a la oficina.