Ferraz: 21 noches de protesta y una denuncia por el claxon
Veintiuna noches seguidas de concentración ante la sede del PSOE en la calle Ferraz. La tradición ya no se discute: se cumple. Lo que sí se discute es el método. En la última jornada, la iluminación navideña seguía encendida y la Policía Municipal de Madrid practicó algunas detenciones, lo que para una parte de los concentrados es señal de que la cosa duele. Para otra, es simple gestión del ruido.
El episodio más comentado no fue una carga policial ni un discurso. Fue una denuncia por tocar el claxon. El razonamiento jurídico que circula es impecable: la Ley de Seguridad Vial regula el uso del claxon y, en circunstancias normales, casi nadie denuncia por eso. En el contexto de una protesta política, la denuncia se convierte en herramienta. Hay quien lo califica de pasarse de frenada y quien recuerda que la Policía Municipal de Madrid depende del Ayuntamiento, con Almeida en el punto de mira de los más críticos.
El eje económico del descontento
Debajo del ruido de los cláxones hay una discusión económica que va mucho más allá de Ferraz. El argumento central: el
poder adquisitivo se ha perdido con el euro y la culpa no es de un solo gobierno. «Poder adquisitivo hemos perdido todos con el euro, eso es innegable», resume una intervención que marca el tono de la parte más templada. La respuesta desde el otro lado es una cifra: un sueldo que sube un 8% mientras los precios se disparan un 200% no es un buen negocio, según un cálculo que circula en el hilo.
La demografía entra en la ecuación con un cálculo incómodo. Si hace treinta años la tarta española se repartía entre 40 millones de habitantes y ahora entre casi 50 millones, el resultado es aritmético: menos para cada uno. La conclusión que se extrae en algunos mensajes es que la llegada de mano de obra extranjera ha servido para mantener costes laborales de tercer mundo. Es una tesis que se lanza sin matices y que convive con otra igual de dura: los jóvenes españoles no quieren hacer según qué trabajos y alguien tiene que hacerlos.
Bruselas, el PSOE y la agenda que empobrece
La discusión escala cuando aparece Bruselas. Hay quien sostiene que el gasto público, el déficit, la deuda y las políticas de agenda 2030 son decisiones del Gobierno de España, y que Bruselas se limita a permitirlas y financiarlas porque le interesa destruir y empobrecer la sociedad tanto como al Ejecutivo. La conclusión que se repite: en España no hay ni un 20% de población que viva bien y se está universalizando la pobreza. Los jóvenes no pueden ni soñar con la vida que tuvieron sus padres.
El contrapunto llega desde quien defiende al Gobierno como el único que se preocupa por los que más lo necesitan. La discusión se encona y deriva en insultos que no aportan nada al análisis. Lo relevante es la brecha: unos ven una agenda ideológica que empobrece, otros ven un reparto que por fin mira a los de abajo. En medio, un dato que nadie discute: el poder adquisitivo ha caído.
Irlanda como espejo y el eco internacional
La comparación con Irlanda recorre el hilo. Allí, tras el apuñalamiento de varios niños, se quemaron calles y se apedrearon policías, según relatan algunos mensajes. Aquí, según la lectura más dura, se abrazan a imanes y solo salen a rezar rosarios los que llaman cristofachas. La bandera irlandesa apareció en la manifestación como símbolo de un despertar europeo que algunos quieren importar.
El apoyo internacional también tiene nombre. Un eurodiputado búlgaro, Angel Dzhambazki, apoyó públicamente el Noviembre Nacional con un mensaje en Bruselas: si Sánchez procede con la amnistía, será considerado traidor. La idea que se lanza es que el movimiento necesita legitimación internacional y aliados lejos de las fronteras españolas.
¿Qué se cuece en los márgenes de la protesta?
Las detenciones en domicilios tienen una lectura policial que se filtra: se hacen para asustar porque quieren cortar esto ya. La denuncia por el claxon, el control de identificaciones a los que pasan en coche y la presencia de la Policía Municipal dibujan un dispositivo que algunos leen como golpe de Estado y otros como orden público de manual. La anécdota la pone quien recuerda que lo único que se va a conseguir es un resfriado.
El cierre no llega. Mañana más, se despide alguien. Y la pregunta sigue en el aire: cuando la protesta cumple veintiuna noches, ¿el desgaste lo paga el Gobierno o lo pagan los que siguen allí de pie?