La dolarización de Milei choca con el ministro heredado de Macri
¿Puede dimitir alguien que todavía no ha tomado posesión del cargo? La paradoja abre el primer capítulo económico del nuevo gobierno argentino. El nombre señalado para pilotar la
dolarización, la medida estrella de Javier Milei, no llegó a sentarse en el ministerio de Economía, que acabó en manos de un dirigente reciclado de la etapa de Mauricio Macri. El Banco Central, mientras, sigue sin las reservas necesarias para canjear pesos por dólares.
Esa mezcla —promesa radical, ejecutor moderado y caja vacía— define el arranque. El asunto va camino de convertirse en la discusión sobre si el país puede dolarizarse o, más modestamente, sobre si alguien puede dimitir de un puesto que nunca ocupó.
Un ministro de Economía que viene del macrismo
El primer choque es de nombres. La cartera económica quedó para un perfil que ya había ocupado puestos relevantes durante el gobierno de
Mauricio Macri, un detalle que chirría con el discurso de la motosierra y del ajuste a la casta política. A ese dirigente se le asocia además con la gestión de los fondos del préstamo del FMI de aquella etapa, un episodio que, según se sostiene, habría terminado con su salida del cargo.
La incomodidad no es menor. Milei prometió que la fiesta la pagarían los políticos y que las fortunas depositadas fuera volverían al país. Una parte del análisis sostiene que ese relato se desinfla: el ajuste acabará recayendo sobre la población y no sobre quienes lo anunciaron. Otro matiz importante para entender al personaje: no es un economista de la escuela de Chicago al uso, sino un
anarcocapitalista declarado; quien sí respondería a ese molde ortodoxo sería la vicepresidenta.
¿Por qué la dolarización no depende solo de un decreto?
Porque hace falta algo más que voluntad política. Aunque el Ejecutivo quisiera, la dolarización necesitaría aprobación parlamentaria y no hay mayoría suficiente para sacarla adelante. Y aunque la hubiera, el banco emisor carece de reservas en divisas, que son justamente las que permitirían a los tenedores de pesos canjearlos por dólares.
A eso se suma el coste humano del experimento: no se puede dejar de pagar a los jubilados ni a los parados de un día para otro. Milei dejó claro en su primera entrevista que de momento no retiraría los subsidios, porque hacerlo significaría que la población pasaría hambre. La concesión revela a un gobernante que calcula el margen de actuación, no a un iluminado que improvisa.
La trinidad imposible y el fantasma de Soros
La clave está en un principio elemental. Un país no puede sostener a la vez un tipo de cambio fijo, libre movimiento de capitales y política monetaria propia: hay que elegir dos de los tres. Ese trilema explica por qué la mayoría de las 200 monedas del mundo flotan y se devalúan por arbitraje entre divisas. El dólar sigue siendo el patrón: concentra cerca del
60% de las reservas mundiales y entre el 80% y el 90% de las transacciones.
La historia da un aviso. Cuando George Soros atacó la libra, reventó al Banco de Inglaterra y le forzó el paso de un tipo fijo a uno fluctuante. Hay economías que esquivan el problema con ingeniería: China mantiene dos yuanes, uno interno devaluado alrededor del 2% para contener rentas y precios, y otro offshore que flota y sirve para comprar y vender.
Tres experimentos fallidos y una inflación del 300%
El recorrido argentino pesa. La teoría cuantitativa del dinero ya se probó bajo la dictadura con Martínez de Hoz, en un plan de 1978 que acabó en endeudamiento brutal y en manos del FMI. Después llegó la convertibilidad, y con ella el estallido de 2001 y el default. Más cerca, 2019 dejó un default técnico bajo el gobierno de Macri que casi nadie quiso llamar por su nombre.
El punto de partida actual es duro:
300% de inflación, un 10% del PIB en Leliqs, un 15% de déficit y 15.000 millones pendientes con el FMI, con la pobreza en torno al 40% y subiendo. En paralelo, el país produce alimento para 500 millones de personas mientras su población ronda los 40 millones. Ahí está la paradoja que repiten quienes defienden que el problema no es financiero sino de motor productivo.
Qué queda del ajuste a la casta
Sobre la mesa hay un recorte equivalente al 15% del PIB. Y una intuición que recorre el análisis: que Milei irá aprendiendo a usar los poderes del Estado porque los necesitará para que nada se vaya del todo al garete, y que un sueño liberal puede acabar en realismo estatalista sin planificarlo.
Queda por ver si el ministro heredado ejecuta el programa o lo frena. Porque quien promete dolarizar sin reservas, recorta sin mayoría y se rodea del equipo del ajuste anterior tiene dos opciones: o guarda un plan secreto, o solo tiene un discurso.