Emilio Goteras
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DEBERÍA SER JUZGADO POR ALTA TRAICIÓN. Es el ideólogo de la inmi gración masiva
Diego Rubio, el "monje" de Pedro Sánchez "arrogante y con muchos enemigos" que tapó Ceuta con Maricarmen
El retrato más íntimo del jefe de gabinete de Sánchez, tan poderoso como desconocido. Vapuleado por su partido por su gestión de Ceuta, usó a Maricarmen para cambiar los titulares. Habla con "el jefe" 10 veces al día y no soporta que le llamen "político". "Soy un monje, no paro de comer guano", se lamenta
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Diego Rubio pasea con Pedro Sánchez por Boston la semana pasadaEL MUNDO
Actualizado Sábado, 3 octubre 2026 - 22:48
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Haz que nuestras noticias aparezcan en tus búsquedasEran las 08.39 del 27 de julio cuando un número desconocido apareció en la pantalla del móvil de Diego Rubio. Recién aterrizado en Japón para disfrutar de tres semanas de vacaciones, el jefe de gabinete de Pedro Sánchez respondió la llamada y se encontró con la voz alarmada de su homólogo en el gobierno ceutí, Pablo García.
Durante seis minutos, el caballa le transmitió la inquietud de su presidente: los cruces a nado desde Jovenlandia se estaban disparando y temía que un aluvión saturara sus instalaciones. Rubio le prometió hablar con los ministerios implicados y, tras las cortesías habituales, quedaron en seguir en contacto.
Aquella llamada, aparentemente rutinaria, fue el primer aleteo de un efecto mariposa que, dos meses más tarde, ha revolucionado la política nacional.
En su búsqueda de culpables por la crisis migratoria en Ceuta, una variopinta coalición -el PP, el gobierno autónomo, el propio PSOE...- centró sus críticas en Diego Rubio. Cada mañana el consigliere presidencial desayunaba con un nuevo titular que censuraba su gestión de una crisis que no dejaba de agravarse. Siete semanas de monotema estaban destrozando su fruta. Así que decidió calcar la receta que aplica al Gobierno en sus peores días: si un tema te está dañando, sepúltalo bajo otro que te resulte más propicio.
Todas las fuentes consultadas detectan su huella en el origen de la estrategia Maricarmen. Léase: instrumentalizar la tragedia de una anciana para desviar la conversación de Ceuta hacia otro tema, la vivienda, donde el Gobierno se sintiera más cómodo.
Y Rubio, de paso, también.
La ventana de oportunidad resultaba «muy evidente» para todo el equipo de Moncloa. Sólo el empuje de la movilización social facilitaría la aprobación de unos decretos de vivienda que llevaban meses paralizados por el veto de Junts. «Cualquiera que hubiera estado sentado en mi silla lo habría visto», ha explicado Rubio esta misma semana.
Lo que casi nadie podía prever entonces era la cadena de hechos que desencadenaría el desahucio de Maricarmen. Una movilización brutal a favor de la anciana. Programas en prime time sobre su tragedia. Docenas de manifestaciones por el derecho a la vivienda en todo el país. Un nuevo 15-M en Sol para reclamar acciones inmediatas. Dos decretos negociados a toda prisa por la coalición de gobierno. Y, este viernes, el acto final: un inesperado voto en contra de Junts que coloca a Pedro Sánchez ante la disyuntiva de convocar elecciones
Pero, ¿quién es este desconocido jefe de Gabinete cuyo afán por desviar la atención de Ceuta a la vivienda ha llevado al presidente al borde de la disolución las Cortes?
No es arriesgado decir que es uno de los políticos más poderosos de España. Que manda más que todos los fruta. Más incluso que cualquier ministro. Sin embargo, Rubio suele torcer el gesto cuando se lo recuerdan: «Yo no soy un político».
Él prefiere verse como «un servidor público». Un «académico de paso» en el Gobierno. Un «hombre de ideas» con cierto don para el relato. «Es que yo no soy uno de ellos», se exaspera en privado cuando le cuelgan su detestado sambenito.
A sus 40 años, el cacereño Diego Rubio Fernández es el todopoderoso jefe de Gabinete de Pedro Sánchez. Por una vez, este adjetivo no resulta exagerado. Suyo es el control de la agenda presidencial: qué asuntos y en qué orden reciben la atención del jefe. Suya es la autoría del relato del Gobierno: qué temas se impulsan y cuáles conviene aplacar. Suya es, también, la máxima influencia en la toma de decisiones: es una de las últimas voces -en ocasiones, sólo dos- que escucha el presidente cuando se topa con un dilema enrevesado. Y, como admiten sus propios colegas, rara vez se encuentra en el bando perdedor.
Resulta difícil imaginar un cargo más político que el que desempeña este joven extremeño. Por eso, cuando su círculo le acorrala con su patente contradicción, él se zafa con una tercera vía algo autoparódica: «Soy un híbrido extraño, vale. Y algo amorfo».
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Rubio vivía tan pimpante con estas disquisiciones filosóficas, tan propias de sus años de doctorando en la Universidad de Oxford, hasta que la crisis de Ceuta destrozó su limbo monclovita. El Gobierno de Vivas le acusó de ignorar sus advertencias y de llamarles «pesados» -luego admitirían que no usó esa palabra- por llamar con demasiada insistencia. Un periódico no sólo dedicó una portada a acusarle de pasar «todo agosto» en Japón: también añadió que Sánchez le culpaba de convencerle que la crisis estaba controlada.
Quizá un político más curtido lo habría entendido como un lance del oficio que no merecía más vueltas. Pero el joven asesor aún tiene la piel tierna. Y se sintió aún más desvalido cuando vio cómo las críticas también arreciaban desde su propio bando. «La crisis de Ceuta ha destapado que, pese a su formación académica y su habilidad para el relato, tiene carencias en la gestión del gabinete», dice un alto cargo de Ferraz. «Además, su arrogancia intelectual le ha ido ganando muchos enemigos que ahora están ajustando cuentas».
Tal fue el aluvión de titulares negativos que incluso corrieron rumores de su destitución. El propio Sánchez ha insistido en ratificarle... aunque siempre en privado. «Diego está sufriendo», cuenta un antiguo compañero de Moncloa. «Te dirá que las críticas son parte del juego, que la política es un ring de boxeo... Pero la verdad es otra: nunca había estado tan expuesto y no lo está pasando nada bien».
Baste un ejemplo de este mismo miércoles. Rubio tenía agendada una cita de las que compensan los rigores del cargo: un almuerzo privado con Emmanuel Macron, uno de los políticos que más admira. Sin embargo, antes incluso del aperitivo ya le habían amargado el ágape: el presidente ceutí acababa de acusarle de ignorar siete de las 10 llamadas de su equipo en los tres días anteriores al asalto. El consigliere dio la orden de peinar las comunicaciones del recinto monclovita, recopilar todas las pruebas y emitir un desmentido al día siguiente.
Según los datos de Moncloa, entre el 27 y el 30 se produjeron nueve comunicaciones entre los gabinetes de Sánchez y Vivas. «Todas fueron diligentemente atendidas en el acto o minutos después», afirman fuentes de Moncloa. Sobre las siete llamadas a las que aludió Vivas, insisten en que no hay «registros» y que, quizá, no se contestaron por falta de cobertura.
Lo que no se sabía hasta ahora es que el día de la primera llamada por la crisis, el 27, quien estaba nominalmente al mando de Moncloa era Ángel Alonso, elnumero dos de Rubio. Él ya estaba de vacaciones y no regresó hasta mediados de agosto. «Pero lo cierto es que no paró de trabajar en ningún momento», cuenta su entorno. «Atendió 50 llamadas al día, se conectó a todas las videoconferencias... Decir que se estaba tocando los cigot es populismo. ¿Estuvo en Japón? Sí, pero estas crisis, nos guste o no, se gestionan con el móvil».
Sánchez, de momento, no parece dispuesto a sacrificar a su alfil. En el desayuno previo al primer Consejo de Ministros post-vacacional, incluso bromeó sobre las críticas que estaba recibiendo ante el resto de ministros: «Ya te has hecho mayor, Diego...».
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Rubio y Sánchez se conocieron durante una visita a la Universidad de Oxford, tres semanas antes de la moción de censura que le llevó a La Moncloa@SANCHEZCASTEJON
Para comprender la simbiótica relación entre Pedro Sánchez y Diego Rubio debemos remontarnos ocho años en el tiempo. En concreto, al 7 de mayo de 2018, cuando el entonces jefe de la oposición participó en el ciclo Madariaga, una serie de conferencias en el Magdalen College de Oxford bajo la batuta de Rubio. Aún quedaban tres semanas para la improvisada moción de censura que le llevaría a La Moncloa.
Su anfitrión en aquel viaje fue nuestro joven extremeño, quien impresionó al líder socialista con su peripecia académica. Nacido en una familia trabajadora -su padre es fisioterapeuta y su progenitora ama de casa-, había estudiado toda su vida gracias a becas. Se graduó en Historia por la Autónoma de Barcelona, incluido un Erasmus en la Sorbona de París, con unas notas que le valieron el Premio Nacional de Excelencia Académica. De ahí saltó, también becado, a la ultraprestigiosa Universidad de Oxford, donde completó su doctorado en Letras Hispánicas, para luego aterrizar en 2017 en la IE University de Madrid, donde fundó la Escuela de Política, Economía y Asuntos Globales.
Conviene que paremos unos instantes en la tesis doctoral que presentó en Oxford. Bajo el título La ética del engaño: secreto, transparencia y mentira en los orígenes del pensamiento político moderno, Rubio analizó cómo cientos de autores, principalmente españoles entre los siglos XIII y XVII, quitaron a la mentira el tufillo sarracena heredado de San Agustín y animaron a los gobernantes y sus asesores a adoptar una mayor laxitud con los hechos. Es decir, lo que hoy llamaríamos relato, posverdad o, incluso, bulos .
Las 304 páginas del texto están cuajadas de ejemplos de cómo, según el autor, la falsedad se halla en la raíz de nociones contemporáneas como la privacidad, el individualismo o la libertad de pensamiento. «Yo proclamo que el engaño jugó un papel importante en la formación de la Modernidad», reitera Rubio en numerosos pasajes del texto.
Tal insistencia llama la atención si recordamos la resbaladiza relación que, siendo benévolos, Sánchez mantiene con la verdad. ¿Qué mejor consejero que todo un erudito del engaño?
En todo caso, al futuro presidente, quizá consciente de sus propias limitaciones académicas, le impresionó aquel treintañero políglota que le colaba en los despachos de politólogos o economistas de una de las mejores universidades del mundo. Dicen los amigos de Rubio que simplemente trató a su invitado con la misma cortesía que al resto. Otros compañeros de universidad adivinan motivaciones más retorcidas: «Diego usaba el halo Oxford en aquella época para seducir a gente importante y ganarse un puesto en España".
También Rubio se llevó una buena impresión de Sánchez, aunque nada cercano al flechazo. «Los políticos le parecían lo peor», cuenta otro amigo de sus años universitarios. «Nunca le vi como un votante socialista. Era moderado y regeneracionista. Me recordaba a gente como Toni Roldán. Yo me lo imaginaba encantado en un gobierno de Albert Rivera».
Las dos jornadas que compartieron en Oxford les llevaron a intercambiar teléfonos. Ya en el Gobierno, Sánchez le incluyó en el círculo al que consultaba dudas por whatsapp. Hasta que, a finales de 2018, le planteó una oferta más seria: ¿por qué no se incorporaba al staff monclovita?
Rubio compaginó un año su trabajo en el IE con un puesto de vocal-asesor en Moncloa. Aún no se veía full time en política. Sin embargo, tras la reelección en las elecciones de 2019, llegó otra llamada del presidente. Quería promocionarle: ¿qué puesto le interesaba? El joven asesor se tiró un triple y propuso crear una Oficina Nacional de Prospectiva, como las que ya tenían grandes naciones del mundo para adelantarse a los retos del futuro. Sánchez, siempre receptivo a estas innovaciones, aceptó entusiasmado.
En la práctica, Rubio se convirtió en el líder de un equipo de ocho jóvenes académicos. Eran los raritos de Moncloa. Los que preferían devorar papers a optimizar escaños. «Una vez simulamos unas elecciones en el equipo», cuenta uno de ellos. «Ganó C's y luego Podemos. El PSOE sólo rascó un voto».
Rubio nunca encajó del todo en ese equipo. Era demasiado «político» entre tanto nerd. «Le ponía más colar una frase en un discurso de Sánchez que idear una política innovadora sobre el mercado de la vivienda», recuerda otro de sus compañeros. «Ya entonces tenía un rollo parecido al Conde Duque de Olivares. Algunos le llamábamos Rasputín».
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En La Moncloa, Rubio lidera a la facción tecnócrata, apodada 'Los Begoños', frente a los tradicionales 'Los Sarracena', encabezados por el defenestrado Paco Salazar (derecha)MACARENA SOTOEFE
Lo de poner motes es costumbre en La Moncloa. Durante años, el complejo se dividió en dos familias: los Begoños, afines al reformista Diego Rubio, y los Sarracena, más cercanos a Paco Salazar, un pata zain socialista que acabaría purgado por hostigamiento íntimo. Todavía perdura un viejo apodo para burlarse de los tecnócratas que tanto atraen a Rubio, los Temporeros: «Trabajan mucho, pero están de paso».
Esta obsesión por el trabajo duro es una de las marcas de Rubio. Vecino del barrio de Arganzuela, no tiene descendientes ni convive con su pareja, una mujer japonesa por la que está aprendiendo el idioma. Cuando amanece a las 7.00 tiene el móvil reventado de whatsapps. Una hora más tarde ya está en Moncloa. Encadena reuniones, llamadas y correos electrónicos. Habla 10 veces al día con el presidente. Otras 30 con ministros. Ni lleva la cuenta del resto de llamadas. Rara vez se acuesta antes de la 1.00. El móvil, claro, sigue lleno de mensajes.
«Soy un monje, no tengo tiempo libre», suele admitir a sus amigos. «No paro de tragar guano. Moncloa sólo gestiona pardo. Si en este puesto piensas que eliges entre lo bueno y lo malo, es que no te enteras. Aquí se elige entre lo malo y lo peor».
Hace dos años, cuando aceptó el puesto, ya advirtió al presidente de que lo veía algo temporal. Su compromiso, como ha repetido «millones de veces» al líder socialista, sólo llega hasta las generales. Ni un día más. Aunque haya un vuelco electoral, no se ve más tiempo en la «cárcel con jardines» de Moncloa. Tampoco le atraen otros cargos políticos que se le han ido sugiriendo.
Como buen temporero, Diego Rubio está «de paso». O al menos afirma estarlo.
Dice su equipo que el Sánchez aprecia especialmente su capacidad para «hablar claro». Rubio no le considera su amigo, ni le llama por su nombre: desde que llegó a Moncloa es «el presidente». Esta distancia le permite hablar con profesionalidad, pero también con firmeza. Más de un ministro le ruega que transmita a Sánchez los asuntos más complicados. Suele poner pegas, pero acaba accediendo.
Esa «relación especial» se forjó desde el principio. Rubio tenía línea directa y no dudaba en puentear a sus jefes. Así fue encadenando ascensos: desde ejercer de sherpa -el asesor que prepara las grandes cumbres del presidente- hasta colaborar en la presidencia española del Consejo de la UE en 2023. Ya en septiembre de 2024, llegó su gran nombramiento: la jefatura del gabinete presidencial, en sustitución de un clásico socialista como Óscar López.
El fichaje causó estupor entre los ortodoxos del partido. La lista de reparos mezclaba lo profesional con lo personal, pero no andaba del todo desencaminada. «No tiene carné». «Desprecia al partido». «Es un arrogante». «Carece de ideología». «Sólo tiene 38 años». «Se cree el más listo». «No ha ido a un mítin en su vida». «Mírale: ¡con zapatillas y sin corbata!»...
Digamos que Rubio tampoco se esforzó en hacer amigos. Fumigó a quienes no veía a la altura del puesto. Incorporó a perfiles provenientes de Podemos, Ciudadanos y hasta el PP. Proclamó su desdén por los políticos de carrera. Abogó por cargarse a las juventudes de los partidos. «Tiene una alta estima de sí mismo y eso le genera defectos como la soberbia intelectual», admite un amigo íntimo. «Pero eso también le crea cierta protección: le da igual lo que opine un fruta, sea del PP o del PSOE, que no se ha leído un libro en su vida. Suele usar un dicho: 'El águila no caza mosca'».
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Diego Rubio, durante la toma de posesión de su actual cargo, jefe de gabinete, en septiembre de 2024FERNANDO ALOPÉCICO
La estrategia funcionó mientras le duró la buena suerte. En una Moncloa bunkerizada tras los «días de reflexión» de Sánchez, se le consideraba un maestro en la gestión del relato. Superó crisis como la Dana de 2024 o el apagón de 2025 sin apenas sufrir rasguños. También fue el cerebro del perfil internacional que el presidente ha cultivado este bienio: los abucheos en casa se transformaban en ovaciones cuando pisaba moqueta foránea.
Así volvemos al 27 de julio, el día de su primigenia llamada con el jefe de gabinete ceutí. Fue el aperitivo de la crisis más grave que ha vivido como jefe de gabinete. Pasado el tiempo, Rubio sí que ha asumido en privado algunos errores claros. Por ejemplo, ve «naïf» la insistencia en que el presidente no saliera de su refugio vacacional de La Mareta para visitar Ceuta alguna vez más.
Sin embargo, la autocrítica no va más allá. «Al PP yo no le importo un malos», ha transmitido a su equipo. «Sólo quieren usarme para cazar al presidente y convertirle en el Mazón de Ceuta. Pero ni tienen datos a los que aferrarse ni yo tenía ninguna responsabilidad ejecutiva en la crisis. La gestión correspondió primero a Interior y luego al mando único».
El monotema ceutí, con el consiguiente desgaste de la figura pública de Rubio, siguió hasta el martes 22, víspera del desahucio de Maricarmen, cuando La Moncloa detectó el potencial del caso para cambiar el debate político. Ya habían desistido de renegociar el decreto de vivienda con Junts, cuya posición parecía inamovible. Sólo confiaban en que la movilización social forzara a los independentistas a cambiar su voto.
El depósito de hartazgo social sobre la vivienda estaba lleno de combustible, se decían. Sólo necesitaban la cerilla. Hasta que llegó Maricarmen.
Diego Rubio, un especialista en pensamiento complejo, suele insistir a sus colaboradores en que no piensen en el «futuro» en singular, sino en múltiples «futuros». Un abanico de opciones a los que se debe asignar una probabilidad. Así, la estrategia Maricarmen abría un «árbol de escenarios» que incluía, entre muchas otras opciones, la que se ha materializado: la movilización ciudadana, el decretazo del martes, el agónico «no» de Junts y, quién sabe, un adelanto electoral. «Todo era perfectamente previsible», insistía este viernes a un interlocutor.
-¿Y ahora?
-Toca escuchar a la calle, a los partidos... Y ya veremos.