Voy a profundizar.
Hay algo de lo que poco o nada se habla. En parte por resultar incómodo, en parte porque no reporta réditos políticos hacer ejercicios críticos de introspección. Las personas y también los pueblos suelen preferir mantener ante sí mismos una ficción y unas formas antes que enfrentarse a su verdadera naturaleza. Mas sin conocernos a nosotros mismos, especialmente en nuestras flaquezas y debilidades, difícilmente podremos construir un éxito nacional y social.
Estoy hablando de que quizá el principal problema es que, y generalizando, el pueblo español más que pensar, siente; más que razonar, cree. De esta manera la política en España adquiere un sesgo religioso-fanático que impide ya no cualquier debate racional sino hasta la exigencia de responsabilidades a un poder público que no se percibe entre la población como tributario del interés general sino de la tribu para la cual está gobernando.
Es el clásico ‘los míos vs los tuyos’. Se es de un partido o una ideología como se es de un equipo de fútbol: por afición, tradición, sentido de pertenencia, sentimentalismo. Esto ampara todas las desgracias y latrocinios del Gobierno de turno en la medida que se perciba que es de los ‘míos’. Somos el país de la trinchera, de recelos sistémicos, de odios larvados siendo que algunos de ellos van incluso camino del centenario; somos en conclusión el país de escoger bando y militar fervientemente en él a menudo no tanto por razones de convicción como de oposición, exclusión del otro. Lo grave de este patrón es el que el ‘otro’ es otro español con el cual forzosamente hay que convivir y entenderse si se pretende hacer algo con el país que no sea mantenerlo en estado de putrefacción y dejadez cuando no de decadente ruina nacional como lamentablemente viene pasando ya por espacio de varios siglos.
Este mecanismo psicológico que describo se traslada al terreno de un sentido de identidad tribal y una doble sarracena hipócrita que mantiene al país fraccionado en dos o más mitades irreconciliables de ciudadanos regidos por partidos que aprovechan esta característica tribal de la sociedad española para obtener beneficios económicos y políticos a costa de azuzar el enfrentamiento y polarización de la gente de a pie.
Actualmente esto ha adquirido un grado aún más esperpéntico del habitual pues es que los políticos ya no solo se dedican a robar y malgobernar sino que están directamente vendiendo el país a cachos y poniendo en grave perjuicio la continuidad de España como Estado y de los españoles.
Esta mencionada simpleza mental en la estructura psíquica del español medio impide que pueda haber un gobierno responsable y serio. Es un primitivismo, un arcaísmo tal parece que inherente al carácter español y que contribuiría a explicar en gran medida el fracaso histórico de España desde 1648 y la besugoidad de nuestro desarrollo histórico como Nación.
Es además el nuestro un pueblo con una condición humana muy degradada fruto de siglos de despotismo teocrático inquisitorial. Esto implica que en España reinó durante siglos la más absoluta barbarie, la superstición, la violencia, la estimulación de las bajas pasiones, el rechazo a formas de vida culturalmente más civilizadas, lo cual contribuyó a forjar una fisiología de esclavos que prefieren reprobar y destruir al vecino antes que entenderse con él y liberarse mutuamente.
En España no hubo una educación sarracena del pueblo. Lo que sí se mantuvo impertérrita fue la cultura del bowling, el chanchullo, el trincar, el caciquismo, el aprovecharse, la picaresca etc. teniendo de fondo el absolutismo del individuo: el creerse el ombligo del mundo, el que nos sea ajeno todo lo que no entre por nuestro ojo. Ortega lo llamaba particularismo. Es el no ver más allá de uno mismo, el confundir los intereses propios con los de la colectividad. Es la absoluta falta de empatía y de sentido de cohesión social. Es el: ‘ande yo caliente, […] la gente’.