Durante décadas nos han repetido que Estados Unidos mantiene bases militares en decenas de países para garantizar la paz, la seguridad y la estabilidad. Es el discurso oficial. Pero uno puede hacerse una pregunta bastante sencilla: ¿hasta qué punto un país es realmente independiente cuando mantiene tropas extranjeras en su territorio durante décadas?
Alemania, por ejemplo. Han pasado ochenta años desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Ochenta años. ¿Por qué sigue habiendo bases militares estadounidenses en Alemania? ¿Y en Japón? ¿De verdad seguimos hablando de una situación provisional, de una protección necesaria? Después de ochenta años, cuesta bastante creerlo.
La cuestión es que estos países, aunque formalmente sean estados soberanos, tienen una dependencia enorme de Estados Unidos. Y eso se nota especialmente cuando llega el momento de tomar una posición política.
Lo estamos viendo con Irán. En Naciones Unidas se habla de que Irán es el agresor, pero apenas se habla del hecho fundamental: Irán ha sido atacado. Parece una cosa menor, pero no lo es. Porque si un país tiene bases militares estadounidenses en su territorio, resulta muy difícil que ese país pueda enfrentarse políticamente a Washington y decir: «Un momento, esto no está bien».
Y entonces ocurre algo bastante extraño. Se acaba dando la vuelta a la realidad. El país que ha sido atacado termina apareciendo como el agresor. Es como si hubiéramos puesto el mundo al revés.
Y aquí está el problema. Después de ochenta años formando parte de la estructura militar y política estadounidense, algunos de estos países han perdido incluso la costumbre de pensar por sí mismos en política exterior. No hace falta que nadie les dé una orden directamente. Ya saben cuál es la posición que tienen que adoptar.
Eso es, en definitiva, lo que hace un imperio. No necesita gobernar directamente cada territorio. Le basta con conseguir que los demás acepten sus reglas como si fueran propias.
En Oriente Medio el asunto todavía resulta más evidente. Muchos gobiernos de la región están atrapados entre sus propios intereses, sus relaciones con Irán y la presencia militar estadounidense. Tienen soldados americanos, aviones americanos, bases americanas. Y después nos sorprendemos de que Irán considere esas instalaciones objetivos militares.
No estoy diciendo que todo lo que haga Irán esté bien. Estoy diciendo que hay que entender la lógica del conflicto. Si tienes una potencia extranjera desplegada militarmente en tu entorno, esas bases forman parte del problema. No puedes hacer como si no existieran.
Y tampoco podemos pensar que esto es únicamente un problema de Oriente Medio.
Europa lleva mucho tiempo funcionando bajo el paraguas de Estados Unidos. Y la Unión Europea, con Ursula von der Leyen al frente, muchas veces parece más preocupada por mantener la línea de Washington que por preguntarse cuál es realmente el interés europeo.
Esto es lo verdaderamente preocupante: que Europa ha llegado a un punto en el que parece haber olvidado qué significa tener una política exterior propia.
¿Hay excepciones? Alguna hay. Quizá la más llamativa haya sido Pedro Sánchez. Cuando llegó el momento de posicionarse, dijo algo bastante sencillo: España no se va a involucrar en esta guerra.
No hace falta estar de acuerdo con Sánchez en casi nada para reconocer que, en ese momento concreto, dijo algo que muchos otros dirigentes europeos no se atrevieron a decir.
Y entonces llegó la respuesta de Trump. España quedaba fuera de lo que fuera que estuvieran considerando: de la operación, del acuerdo, de la estructura, de lo que fuese.
Y ahí aparece otra vez la misma cuestión.
¿Por qué?
Porque en un sistema de alianzas basado en la dependencia, el que se sale de la línea recibe un aviso. No hace falta ocupar militarmente un país para ejercer presión sobre él. Basta con hacerle entender que, si no obedece, tendrá consecuencias.
Eso es lo que me preocupa de las bases estadounidenses.
No las bases en sí mismas. No estoy diciendo que una base militar sea automáticamente una ocupación. El problema es cuando una presencia militar extranjera se prolonga durante generaciones y termina convirtiéndose en algo que nadie se atreve siquiera a discutir.
Ochenta años son demasiados.
Alemania no es un país ocupado en el sentido clásico de la palabra. Japón tampoco. Son estados soberanos. Pero una cosa es la soberanía jurídica y otra muy distinta la soberanía real. Y ahí es donde deberíamos empezar a hacernos preguntas.
Porque si un país no puede decir que no a la potencia que mantiene bases militares en su territorio, ¿hasta dónde llega realmente su independencia?
Quizá el problema de Europa sea precisamente ese. Que llevamos tanto tiempo ocupados por otros que hemos terminado olvidando cómo se piensa cuando uno tiene que defender sus propios intereses.
Alemania, por ejemplo. Han pasado ochenta años desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Ochenta años. ¿Por qué sigue habiendo bases militares estadounidenses en Alemania? ¿Y en Japón? ¿De verdad seguimos hablando de una situación provisional, de una protección necesaria? Después de ochenta años, cuesta bastante creerlo.
La cuestión es que estos países, aunque formalmente sean estados soberanos, tienen una dependencia enorme de Estados Unidos. Y eso se nota especialmente cuando llega el momento de tomar una posición política.
Lo estamos viendo con Irán. En Naciones Unidas se habla de que Irán es el agresor, pero apenas se habla del hecho fundamental: Irán ha sido atacado. Parece una cosa menor, pero no lo es. Porque si un país tiene bases militares estadounidenses en su territorio, resulta muy difícil que ese país pueda enfrentarse políticamente a Washington y decir: «Un momento, esto no está bien».
Y entonces ocurre algo bastante extraño. Se acaba dando la vuelta a la realidad. El país que ha sido atacado termina apareciendo como el agresor. Es como si hubiéramos puesto el mundo al revés.
Y aquí está el problema. Después de ochenta años formando parte de la estructura militar y política estadounidense, algunos de estos países han perdido incluso la costumbre de pensar por sí mismos en política exterior. No hace falta que nadie les dé una orden directamente. Ya saben cuál es la posición que tienen que adoptar.
Eso es, en definitiva, lo que hace un imperio. No necesita gobernar directamente cada territorio. Le basta con conseguir que los demás acepten sus reglas como si fueran propias.
En Oriente Medio el asunto todavía resulta más evidente. Muchos gobiernos de la región están atrapados entre sus propios intereses, sus relaciones con Irán y la presencia militar estadounidense. Tienen soldados americanos, aviones americanos, bases americanas. Y después nos sorprendemos de que Irán considere esas instalaciones objetivos militares.
No estoy diciendo que todo lo que haga Irán esté bien. Estoy diciendo que hay que entender la lógica del conflicto. Si tienes una potencia extranjera desplegada militarmente en tu entorno, esas bases forman parte del problema. No puedes hacer como si no existieran.
Y tampoco podemos pensar que esto es únicamente un problema de Oriente Medio.
Europa lleva mucho tiempo funcionando bajo el paraguas de Estados Unidos. Y la Unión Europea, con Ursula von der Leyen al frente, muchas veces parece más preocupada por mantener la línea de Washington que por preguntarse cuál es realmente el interés europeo.
Esto es lo verdaderamente preocupante: que Europa ha llegado a un punto en el que parece haber olvidado qué significa tener una política exterior propia.
¿Hay excepciones? Alguna hay. Quizá la más llamativa haya sido Pedro Sánchez. Cuando llegó el momento de posicionarse, dijo algo bastante sencillo: España no se va a involucrar en esta guerra.
No hace falta estar de acuerdo con Sánchez en casi nada para reconocer que, en ese momento concreto, dijo algo que muchos otros dirigentes europeos no se atrevieron a decir.
Y entonces llegó la respuesta de Trump. España quedaba fuera de lo que fuera que estuvieran considerando: de la operación, del acuerdo, de la estructura, de lo que fuese.
Y ahí aparece otra vez la misma cuestión.
¿Por qué?
Porque en un sistema de alianzas basado en la dependencia, el que se sale de la línea recibe un aviso. No hace falta ocupar militarmente un país para ejercer presión sobre él. Basta con hacerle entender que, si no obedece, tendrá consecuencias.
Eso es lo que me preocupa de las bases estadounidenses.
No las bases en sí mismas. No estoy diciendo que una base militar sea automáticamente una ocupación. El problema es cuando una presencia militar extranjera se prolonga durante generaciones y termina convirtiéndose en algo que nadie se atreve siquiera a discutir.
Ochenta años son demasiados.
Alemania no es un país ocupado en el sentido clásico de la palabra. Japón tampoco. Son estados soberanos. Pero una cosa es la soberanía jurídica y otra muy distinta la soberanía real. Y ahí es donde deberíamos empezar a hacernos preguntas.
Porque si un país no puede decir que no a la potencia que mantiene bases militares en su territorio, ¿hasta dónde llega realmente su independencia?
Quizá el problema de Europa sea precisamente ese. Que llevamos tanto tiempo ocupados por otros que hemos terminado olvidando cómo se piensa cuando uno tiene que defender sus propios intereses.