Ochenta años de bases extranjeras: la soberanía en alquiler
Alemania mantiene tropas estadounidenses en su suelo ochenta años después del final de la Segunda Guerra Mundial. Japón, también. El discurso oficial dice que es protección; otra lectura, cada vez menos marginal, lo llama ocupación permanente. La diferencia no es semántica: es el precio en soberanía que paga cualquier país con guarnición extranjera.
La ocupación que se quedó a vivir
Las bases que se instalaron para “defender” a los derrotados de la URSS no se han movido. El argumento de que Alemania o Japón seguirían amenazados por Rusia y China resulta circular: quien los expone a esa amenaza es la propia arquitectura militar de EE.UU. En este análisis, la dependencia se paga en deuda política y en factura energética: durante años, Rusia suministró gas barato a la industria alemana, una relación que convenía a Berlín y no a Washington. Intervino entonces –según esta versión– una estrategia deliberada para romperla. El resultado: Alemania gana menos, la industria se resiente y la alianza obliga a seguir la línea del imperio.
El precio de haber vivido de prestado
El contrapunto es incómodo. Durante más de tres décadas, Europa y Japón se acostumbraron a no pagar defensa de verdad. De Gaulle lo intentó, se salió del tiesto. España, algún conato. Nadie construyó ejércitos ni servicios de inteligencia autónomos. Quien ahora se queja de que Washington cobra la factura olvida que nadie quiso asumir el coste de ser adulto. La pregunta que queda es si la solución es gastar más bajo el mismo paraguas o empezar a desplegar soberanía propia. Ochenta años después, lo único que no necesita actualizarse es el censo de bases: siguen ahí. La protección, en cambio, se ha convertido en un negocio con factura.