De nombrar la gloria al triunfo: la increíble historia de la palabra ‘éxito’
Lo que la historia de exitus enseña es que las palabras no son contenedores pasivos
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Pocas palabras ilustran tan bien como exitus sobre los imprevisibles caminos del lenguaje. En latín significaba
salida, la puerta por la que se abandona un lugar, el final de un proceso, y también el desenlace de una existencia, es decir, la gloria. Fue una voz sin especial pedigrí, funcional y precisa, que cualquier romano usaba para hablar de la salida del foro, del fin de una batalla o del fin de una vida. Lo asombroso es que realizó uno de los viajes más prodigiosos que se pueden imaginar.
Encontramos el origen en el verbo
latino exire, compuesto por el prefijo
ex- ("fuera de", "desde") y el verbo
ire ("ir"). De
exire se formó el sustantivo
exitus, -us,
de la cuarta declinación, que designaba la acción o el resultado de salir: una salida, un desenlace, un fin. En los textos clásicos el sustantivo aparece con frecuencia en contextos graves. Cicerón lo usó para referirse al final de la vida; Tito Livio para el desenlace de las batallas; Séneca para la gloria como salida definitiva de los males del mundo. En el
latín tardío y cristiano adquirió también el sentido de
tránsito o
paso al más allá que reforzó su carga fúnebre.
En su paso por el
latín vulgar cambió de lugar el acento. Pasó de la artículación esdrújula /
éxire/, a la llana /
exíre/, que es la palabra que se fue modificando con los cambios que introdujeron los hablantes de las distintas lenguas romances. Ese traslado de acento fue habitual en las palabras latinas esdrújulas.
En castellano medieval el verbo popular derivado fue exir, hoy desusado, pero presente en el Cantar de Mío Cid. En
francés antiguo se tansformó en
issir. En
italiano uscire (antes
escire) y en
catalán eixir.
Pero ocurrió algo frecuente también con muchas otras palabras, y es que entró también a través del
latín escrito como palabra culta con un significado fue fiel al original,
salida,
desenlace,
resultado de algo. Los textos medievales y del Siglo de Oro usan
éxito en frases como
tuvo buen éxito o
tuvo mal éxito, donde la palabra equivale simplemente a
resultado, sin la carga positiva que tiene hoy.
El giro se produjo a lo largo de los siglos XVII y XVIII, cuando el buen éxito empezó a abreviarse en éxito a secas, por un proceso llamado especialización semántica. Si la palabra siempre iba acompañada de
bueno, poco a poco el adjetivo se hizo innecesario porque el sustantivo lo absorbió. Para el siglo XIX,
éxito en
español ya significaba
resultado favorable,
triunfo,
logro. La salida se había convertido en victoria. El
portugués êxito y el
catalán èxit compartieron, tal vez por el estrecho contacto, ese sentido de triunfo o logro.
Mientras éxito entraba por la puerta culta de la escritura, exitus tomaba el camino popular del latín vulgar y daba lugar a ejido, una de las palabras más castizas de nuestra lengua. La evolución fonética es regular: del
latín vulgar
exītus al
castellano antiguo
exido, y de ahí a
ejido por el cambio de la
x palatal medieval al sonido velar moderno. El significado es perfectamente coherente con su etimología. Así fue como dio nombre al terreno comunal situado a la salida del pueblo, donde los vecinos reunían su ganado. Hoy también ha dado lugar al nombre de una ciudad, El Ejido, construida en el terreno comunal situado a la salida del pueblo almeriense de Dalías.
En México, el ejido adquirió una dimensión jurídica de enorme alcance al convertirse, con la Revolución, en la forma de propiedad social de la tierra. De ahí
ejidal y
ejidatario. El
gallego conserva la forma
eixido. Y en el habla popular de Andalucía sobrevive la contracción de
el más
ejido en
lejío, con el artículo soldado al sustantivo y la pérdida de la
-d- intervocálica. Pero su producción no se queda ahí. La tercera gran derivación es la más narrativa:
forajido. La palabra es una contracción de la expresión medieval
fora exido, literalmente
ansioso afuera, que designaba al delincuente expulsado del pueblo o fugitivo fuera de los límites de la comunidad. El
forajido era, etimológicamente, el que había
ansioso del espacio protegido de la ley. Lo que une a
éxito,
ejido y
forajido es precisamente la idea originaria de salida, el triunfo como salida favorable, el ejido como terreno a la salida del pueblo, el forajido como el que salió del amparo de la comunidad. Tres mundos distintos construidos sobre la misma imagen latina.
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