Muere Pepe Seijo, la voz de la SER en Lugo, a los 57 años
Pepe Seijo murió con el micrófono aún caliente. El periodista gallego de la Cadena SER y corresponsal de EL PAÍS en Lugo, de 57 años, había emitido su último boletín a las 7.20 de la mañana y tenía que volver a entrar en directo a las 7.50. No llegó. Sus compañeros lo encontraron sin vida en el estudio de la emisora de la plaza de Santo Domingo después de que no emitiera el informativo de las 8.20 y no contestara al teléfono. Se cree que se sintió mal mientras locutaba: emitió un corte de voz y no llegó a despedirse de los oyentes. La noticia, publicada por
EL PAÍS, desató en pocas horas un rosario de reacciones que mezclan el duelo con la sospecha.
Seijo no era un nombre cualquiera en la profesión. Nacido en Bilbao y criado en Euskadi, empezó en la radio en los años noventa y en 2011 tomó el relevo de su mentor, el legendario Arcadio Silvosa, como corresponsal del periódico en Lugo. Llegó a la redacción de la rúa Nova con carpeta, camisa planchada y aire de
latin lover, y se encontró una ciudad en llamas: Lugo era entonces el epicentro informativo del momento por la cantidad de frentes judiciales sobre tramas corruptas abiertos. Ese trabajo de corresponsal de guerra lo desempeñó, según quienes lo trataron, mejor que nadie.
Quién era Pepe Seijo y por qué su muerte conmocionó a la profesión
El propio diario lo describió como un periodista «de estirpe, de los de raza, de la vieja escuela». De los que preguntan y repreguntan. De los que disfrutan con el oficio de contar. Su lema en la línea de teléfono que heredó de Silvosa —cuando este dejó la radio por la política local, «harto de las presiones» de los políticos— fue durante un tiempo «yo, mi, me, conmigo». Una ironía que se reveló falsa de inmediato: el compañero más generoso, el de las llamadas a medianoche con titulares en exclusiva, el que mandaba noticias sin parar y luego ni se acordaba de facturar sus colaboraciones.
Su frase definitiva fue otra: «Diciéndole a la gente lo que le pasa a la gente». La última noticia que cubrió para el periódico fue el accidente mortal en un paso a nivel de Lugo el pasado 12 de julio. Tenía 57 años y llevaba solo siete meses sin su padre en el oficio: Silvosa murió el 9 de enero.
El debate sobre la repentinitis y las muertes súbitas
La muerte de Seijo cayó sobre una conversación que ya venía rodando. En el material recopilado aparece un término recurrente:
repentinitis. La etiqueta sirve para agrupar fallecimientos súbitos de personas que, en teoría, no estaban en el tramo final de su vida. «Se está muriendo gente, cosa que antes nunca había pasado», resume una de las intervenciones, con retranca. Otra lo lleva al terreno demográfico: «Las repentinitis son ya diarias. Y eso que los abuelos se morían de cáncer ya aburríos».
Hay quien va más allá y sostiene que el fenómeno tiene un efecto colateral en las cuentas públicas. «Otra pensión que se ha ahorrado la seguridad social», ironiza un mensaje. «A este paso terminan con el déficit antes de que se cumpla el plazo de la agenda 2030». El argumento, repetido en varias formas, apunta a que los fallecimientos de personas a las que les quedaba poco para jubilarse alivian la presión sobre el sistema. Es una tesis que circula sin verificación y que el propio material no respalda con datos.
Vacunas, clima y otras explicaciones que circulan sin prueba
Otra corriente de opinión vincula estos fallecimientos con las vacunas. «Estarán nerviosos los otros vacunados de la SER», se lee. «Los vacunetis deben sentir un sudor frío cada vez que sale una de estas noticias». La afirmación no está respaldada por ninguna evidencia en el material: son opiniones atribuidas a participantes, no hechos probados. Lo mismo ocurre con la hipótesis climática: «Otro muerto por ola de calor… maldito cambio climático», dice un mensaje en tono irónico.
El escepticismo también se dirige contra el propio medio. «Decid al que ha escrito el artículo que le saque la lengua del culo al muerto. Da vergüenza ajena», espeta una intervención. Otra apunta a la precariedad técnica: «Pues sí que está mal la SER para que el que lee la noticia haga de técnico de sonido también. Antes siempre había un técnico y un locutor, a la hora que fuese». La observación conecta con el detalle de que Seijo estaba solo en el estudio cuando se sintió mal.
El factor laboral: emisoras sin técnico y periodistas solos en el estudio
El hallazgo del cuerpo por parte de los propios compañeros, que acudieron a la emisora al notar su ausencia, apunta a una realidad de las radios locales: plantillas mínimas y turnos madrugadores sin apoyo técnico. Seijo emitió a las 7.20, tenía previsto volver a las 7.50 y no llegó al informativo de las 8.20. Entre esos tres hitos hay media hora larga en la que nadie lo echó en falta hasta que el silencio en antena se hizo imposible de ignorar.
La discusión derivó hacia el desgaste de la profesión. «Era un periodista de estirpe, de los de raza, de la vieja escuela», repite el obituario. La respuesta de un mensaje es seca: «Seguro. DEP». Otro remata: «Si todo esto que escribe el juntaletras fuera verdad, simplemente no hubiera tenido esta muerte». La sospecha de que el elogio póstumo es excesivo recorre buena parte de las réplicas.
Qué se sabe del estado del asunto
A la fecha de esta discusión, lo único confirmado es que Seijo fue hallado sin vida en el estudio de Radio Lugo y que se cree que se sintió mal mientras locutaba el informativo de las 7.20. No hay causa oficial de muerte ni informe forense en el material. Las hipótesis que circulan —vacunas, clima, colapso del sistema público— son opiniones de participantes sin respaldo documental.
Lo que sí queda es un patrón que el propio diario subraya: la muerte de Silvosa en enero y la de Seijo siete meses después, ambos en el mismo puesto, ambos en la misma ciudad. Dos periodistas «de raza» que se fueron con las botas puestas. La predicción, con todas las reservas, es que la conversación sobre las muertes súbitas seguirá creciendo mientras no haya datos oficiales que la aterricen. Y que la próxima vez que una emisora local amanezca en silencio, nadie se sorprenderá.