El vídeo de Zelenski en tacones y látex y la polémica sobre su figura
Un vídeo antiguo de Volodímir Zelenski con tacones y látex, de su etapa televisiva, circula en un debate de foro y sirve para reabrir una discusión que no va de calzado. Va de quién es el presidente ucraniano, de quién le votó y de por qué buena parte de Occidente le ha convertido en símbolo. El material de fondo es conocido: un hombre que llevaba dos décadas haciendo reír en televisión y que pasó, sin escalas, a gobernar un país en guerra.
Qué muestra el vídeo de Zelenski en tacones y látex
El fragmento corresponde a un sketch de humor, uno más de la carrera de un cómico que en Ucrania era, según quienes lo siguieron allí,
el más famoso del país. La reacción se parte en dos de forma casi automática. Para unos es la prueba definitiva de que Occidente ha encumbrado a un cómico sin experiencia política. Para otros, es un profesional del espectáculo haciendo su trabajo antes de que la política le cayera encima.
Lo llamativo no es el atuendo. Es que un número de humor siga funcionando, años después, como argumento político. Cuando la imagen de un presidente se construye tanto desde el escenario como desde el despacho, cualquier fotograma antiguo vale como munición. Y este, además, es gratis.
De cómico famoso a presidente de 45 millones de habitantes
La trayectoria que describe el material es bastante más interesante que el chiste. Quien llegó a la presidencia ucraniana no había gobernado antes ni un ayuntamiento, ni una comunidad de vecinos. Su actividad profesional, durante toda su vida anterior, fue la televisión. Y aun así ganó unas elecciones en un país de
45 millones de personas, el de mayor conflicto del entorno occidental.
Hay una escena que resume el fenómeno: en
2015, mucho antes de la política, su cara ya estaba por todas partes en Ucrania y sus programas eran de los más vistos. Era popular sin ser candidato. Cuando dio el salto, una parte del electorado desconfiaba de él por lo contrario de lo que se le reprocha hoy: se temía que pudiera ser prorruso. El tiempo, y la invasión, zanjaron esa duda.
La comparación que más se repite es doméstica: «Imaginaos tener a José Mota de presidente si Marruecos invadiera Canarias». El símil tiene gracia y trampa a partes iguales. La gracia es evidente. La trampa, que Mota no lleva veinte años siendo la cara más popular de su país en un territorio en disputa permanente.
«Mezcláis las cosas»: la invasión frente al sketch
Aquí es donde la conversación se rompe. Una parte responde al vídeo con un reproche frontal: mezclar los tacones con la guerra es manipular. El argumento es que, mientras un país
35 veces más pequeño que su vecino es invadido y bombardeado, lo único que algunos extraen del personaje es un número de humor.
El reproche tiene un fundamento parcial. El vídeo no explica nada de lo que ocurre sobre el terreno: ni el avance de las tropas, ni el desplazamiento de civiles, ni las negociaciones. Tampoco la política de apoyo militar occidental. Sirve para reír, para indignarse o para deslegitimar. Nada más.
Y ahí asoma el otro flanco, el del relato. Hay quien sostiene que la admiración occidental por Zelenski es puro marketing, que es un
títere manejable al estilo de otros líderes jóvenes de la escena internacional, útil mientras dure la función. Enfrente, el argumento contrario es más simple: si es un títere, lo es de un país que se defiende, no de uno que invade.
Títere, héroe o las dos cosas a la vez
Las dos etiquetas conviven sin molestarse. Una corriente lo describe como producto fabricado por intereses externos. Otra lo sitúa al nivel de los grandes nombres de la historia ucraniana, con calles y plazas a su nombre en el futuro. Entre medias queda una mayoría que no necesita héroes ni marionetas: le basta con un presidente que no se ha ido.
Ese es, quizá, el dato que descoloca a propios y a ajenos. Antes del conflicto, la conversación sobre él era otra: si sería capaz, si estaría a la altura, si su pasado le pasaría factura. Después, la pregunta cambió de sitio. Ya no se discute si sabe gobernar, sino si sobrevivirá para contarlo.
Alejandro Magno, los emperadores romanos y la ley de Mahoma
La discusión también se escapa hacia la historia antigua, y ahí ya no hay quien la siga. Se recuerda que Alejandro Magno no hacía estas exhibiciones públicas, o que era
un poco piratón según otra versión, y se salta a Augusto, Calígula y Nerón como ejemplo de que Roma ya premió a sus depravados. El paralelismo no se sostiene por ningún lado, pero da color.
También se cuela el anecdotario de siempre sobre costumbres antiguas, con la conclusión de que la Historia la reescriben los ganadores. Aplicado a un vídeo de tacones, el razonamiento queda desproporcionado. Aplicado a cómo se fabrica la figura de un líder en guerra, quizá no tanto.
La conversación termina donde suelen terminar estas cosas: con la pieza retirada de la vista y con nadie capaz de decir qué demuestra en realidad. Un presidente con pasado de cómico convertido en rostro de una resistencia, y un público que sigue discutiendo si eso es un mérito o una señal de alarma. El vídeo no resuelve ninguna de las dos cosas.