Trabajar después de las 22:00 y el riesgo para la salud mental
Trabajar a partir de las 22:00 horas conlleva riesgos para la salud mental. Es la tesis que se atribuye a Yolanda Díaz y que ha desatado una discusión encendida sobre los turnos nocturnos, la hostelería y el derecho a la desconexión. La afirmación, lanzada sin matices en un contexto de debate laboral, ha servido de chispa para que afloren posturas muy distintas: desde quienes exigen limitar por ley el trabajo nocturno a lo estrictamente esencial hasta quienes recuerdan que hay sectores enteros —sanidad, transporte, panadería, seguridad— que funcionan mientras la mayoría duerme.
El núcleo del planteamiento es sencillo: si trabajar de noche deteriora la salud mental, ¿por qué no prohibirlo o restringirlo? La propuesta, tal como se ha formulado, no distingue entre un bar de copas y una UCI. Y ahí empieza el problema.
¿Qué trabajos se hacen después de las 22:00?
La lista es larga y no admite discusión. Sanitarios, bomberos, policías, transportistas, panaderos, personal de limpieza, operarios de plantas químicas, taxistas, repartidores, trabajadores de lonjas y de servicios de emergencia. Todos ellos desarrollan su labor cuando la mayoría de la población duerme. La pregunta que sobrevuela el debate es si esa realidad debe considerarse un problema de salud pública o una simple fatalidad del sistema productivo.
Hay quien sostiene que
el trabajo nocturno es un destrozo para el cuerpo y que debería limitarse a lo esencial. «Currar de noche es lo peor para la salud, quita años de vida», resume una postura que gana peso en el discurso. Otros recuerdan que
la salud mental de los trabajadores de otros gremios también importa, no solo la de la hostelería, y que centrar el foco en un sector concreto resulta cuando menos sospechoso.
La hostelería como chivo expiatorio
El sector hostelero aparece en casi todas las intervenciones. Los bares de copas, se argumenta, no son un servicio esencial y podrían cerrar antes por el bien de quienes trabajan en ellos. La contrapartida es evidente: si cierran antes, se destruye empleo y se reduce la actividad económica de un sector que ya arrastra precariedad.
La propuesta de limitar horarios sin compensación económica suena, para muchos, a brindis al sol.
La discusión deriva entonces hacia terrenos más amplios. ¿Por qué no se habla de los madrugones? ¿Y de los turnos rotativos, que obligan a cambiar de horario cada semana?
Esos turnos son diez veces peores que trabajar de noche de forma estable, señala una intervención que pone el dedo en la llaga. La crítica de fondo es que el debate se ha centrado en un sector concreto —la hostelería— y ha ignorado realidades mucho más duras y extendidas.
El riesgo de la prohibición sin alternativas
Prohibir el trabajo nocturno sin más suena bien en un titular, pero choca con la realidad. Si nadie trabaja de noche, ¿quién atiende una urgencia médica a las tres de la mañana? ¿Quién conduce el autobús que lleva a los turnos de madrugada? ¿Quién hornea el pan que se vende a primera hora?
La sociedad funciona gracias a que hay personas que trabajan cuando otras duermen. Ignorarlo es negar la mayor.
La alternativa que se plantea no es prohibir, sino regular y compensar. Que el trabajo nocturno sea voluntario a partir de cierta edad, que las horas nocturnas estén mejor pagadas, que se minimicen los riesgos y se proteja la salud de quienes los asumen.
Hay quien pide que trabajar de noche a partir de los 50 sea voluntario, una medida que podría tener más recorrido que una prohibición general.
El trasfondo político y el ruido mediático
No todo el mundo se toma la propuesta en serio. Una parte del análisis sostiene que
la afirmación forma parte de una cortina de humo para desviar la atención de otros asuntos. «Solo está haciendo el papel de payasa útil», resume una intervención que apunta directamente a la estrategia de comunicación. La política, en este caso, se convierte en el elefante en la habitación.
Otros ven en el planteamiento una deriva más profunda: la pretensión de suprimir del debate público todo lo que implique esfuerzo, cansancio o frustración.
La crítica a esa corriente es dura: se acusa a quienes la defienden de no haber trabajado nunca en su vida y de desconocer por completo la realidad de los turnos. La descalificación personal, sin embargo, no ayuda a resolver el problema de fondo.
¿Qué pasa con la salud mental de verdad?
Más allá del ruido, hay un dato que conviene no perder de vista:
el trabajo nocturno tiene efectos documentados sobre la salud. Alteración del sueño, mayor riesgo cardiovascular, problemas metabólicos y, sí, también impacto sobre la salud mental. La evidencia científica respalda la preocupación, aunque no necesariamente la solución propuesta.
La cuestión es cómo se traduce esa evidencia en políticas concretas. ¿Se prohíbe? ¿Se compensa? ¿Se limita a determinados sectores?
El debate está lejos de cerrarse, y probablemente no se resolverá con una frase lapidaria en un mitin. Mientras tanto, millones de personas seguirán fichando cuando el reloj marque las diez de la noche. ¿Alguien se ha parado a preguntarles a ellos?